viernes, 15 de julio de 2016

Keiko sí va - crónica de odio

Decía mi amigo el matador que hay gente a la que de pequeños no los dejaron tener mascota, y cuando tienen hijos les ponen a esos infelices los nombres que hubieran querido ponerles a sus mascotas jamás habidas. Legiones de estos casos llenan los registros civiles peruanos del Reniec (vea en el enlace los casos de Gokú, Chuck Norris y otros haciendo clic aquí).  Nuestra historia es una de aquellas

Cuando Eulogio y Martina López vieron a la bebé rolliza, achinadita y sonriente que les traía la enfermera no lo pensaron demasiado, su nombre sería Keiko. Corría entonces el año de 1994, y sus padres declarados fujimoristas, creyeron que ese nombre quizá le depararía un buen futuro a su hija, a imitación de la hija del entonces Presidente de la República, una joven de generosas carnes que acababa de asumir el rol de Primera Dama ante la salida de su —según dijo luego a los medios de comunicación— chamuscada y humeante madre.

Nada presagiaba entonces, que veintidós años después, estudiando educación en La Cantuta, Keiko López se sintiera incómoda cada vez que sus compañeros, seguidores del grupo NO a Keiko, activistas políticos del Fujimori nunca más, evitaran hablar de sus proyectos políticos delante de ella, que la vieran como una espía, o que acaso, en la más extraña de las compasiones, evitaran hablar de política para no ofender su militancia fujimorista.

Nadie odiaba más el nombre de Keiko que ella, no lo odiaba por fines políticos, no odiaba a su portadora original, lo odiaba porque le negaba su propia personalidad, porque sentía que al verla no veían sino a un remedo de la otra Keiko, la hacía invisible. Así fue como día a día, lacia, aún rolliza y achinadita, Keiko López detestaba cada día más ese nombre que la había acosado en la escuela, en la academia Aduni y que la acosaba ahora en el medio universitario.

Grande fue su desgracia cuando se torció el pie antes de la primera marcha del Keiko no va. Entonces sintió que se hizo más agudo el silencio, que la campaña la aislaba, la sumía en la soledad más absoluta. En vano compartía con demencia todos los mensajes de Keiko no va que se colgaban, las imágenes del Panfleto, los memes más osados, la ausencia de “likes” le decía que sus amigos la habían bloqueado, que acaso la ignoraban hasta en las redes sociales por su nombrecito. Desesperada, les dijo a sus padres entre llantos que le habían jodido la vida ¡jo-di-do la vi-da! Al ponerle ese nombre, que no era un nombre que era una chapa, una burla, el nombre de un gato o un hámster, pero no de una hija.

Mientras sollozaba, su padre le puso una mano en el hombro.

—No llores, hijita —le dijo el hombre conmovido— ¿Y si en vez de ir en contra, te unes a los seguidores de Keiko?, no odies a Keiko…

Keiko dejó de oír, solo escuchaba una multitud de voces en su mente, voces que hablaban de ella, que cuchicheaban y la acosaban una y otra vez. Quiso decirle a su padre que no odiaba a Keiko, que odiaba el no poder decir No a Keiko, que odiaba su nombre que la convertía en la nada, pero se quedó callada.

Esa tarde Keiko hizo una breve siesta. Soñó que una multitud de fujimoristas la cargaba en hombros. Martha Chávez levantaba la Constitución del 93 a su lado, Luisa María Cuculiza arengaba a desaparecer a alguien, el congresista Aguinaga le sonreía, la enfermera de Fujimori, aguja en mano, ofrecía inyectar una buena  dosis de viagra a cualquier adulto mayor, y todo era alegría. Todos vitoreaban la libertad del expresidente prisionero en la base naval.

Al despertar, aterrada, se cambió de ropa, salió a la calle y subió a un microbús. Bajó unas cuadras antes de su destino porque el chofer decidió cambiar d ruta. No le importaba, caminó a paso firme. Pronto oyó el ruido de voces y bombos, música alegre y bullanguera. Un aire de complicidad entró a sus pulmones, estaba en la Plaza San Martín. Se acercó a un grupo de chicas que cantaban contra las esterilizaciones forzadas mientras tocaban tambores, era la batucada, allí, anónima y sin que nadie supiera su nombre Keiko empezó a cantar a viva voz el himno que siempre había querido cantar:

¡Keiko no va!, ¡Keiko no va!

Mientras cantaba, unas lágrimas de felicidad corrían por sus mejillas, en ese instante era libre.

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Foto de La República

martes, 25 de agosto de 2015

Tacu Tacu-receta

El tacu-tacu y la chicha de jora

Hace unos años trabajé para un cocinero que preparaba un tacu-tacu exquisito. Con mi amigo John quisimos aprender su secreto, pero el hombre no quería mostrarnos qué era. Cada vez que iba a preparar el potaje nos enviaba a traerle cosas con el fin de que no viéramos. Turnándonos pudimos reconstruir su receta y aquí, a sugerencia de mi buena amiga Madelein, la comparto:

Ingredientes

4 tazas de arroz cocido, del día anterior si fuese posible
½ kilo de frijoles canarios cocidos hasta estar suaves    
2 cucharadas de ajo molido
½ cebolla picada
1 taza de chicha de jora
1 taza de caldo de pollo
Culantro picado al gusto
Aceite de oliva al gusto
Aceite vegetal al gusto
Sal
6 cucharadas de ají amarillo sin picante

Preparación

Ya cocidos los frijoles, licuar la mitad y reservar. En una olla grande vierta un chorrito de aceite vegetal y cocine a fuego muy bajo la cebolla picada. Cuando la cebolla de torne transparente agréguele el ajo, y un instante después la pasta de ají amarillo. Desglase con la taza de chicha de jora, deje hervir por unos segundos para que se evapore el alcohol y agregue los frijoles, el caldo de pollo y el arroz. En este punto es importante que recuerde que debe mezclar continuamente hasta que todo se integre en una pasta homogénea y casi compacta, la cual, al pasar usted el cucharón, vea que no se junta, sino que queda, digámoslo así, como si Moisés hubiera separado las aguas del Mar Rojo. Antes de apagar el fuego agregue un poco de culantro picado para darle aroma a la preparación, mueva enérgicamente y listo.

Una vez que esté lista esta preparación comienza lo bueno, la parte artística. En una sartén antiadherente, de teflón, roca volcánica o lo que  usted guste, eche un chorrito de aceite de oliva, hágalo calentar y agregue por turnos porciones de la mezcla tacu-tacu. Hágala dorar por ambos lados para que haga su característica “costra” (de ser posible saltee la mezcla para que quede pareja) y listo, a servir.

Puede acompañar con huevo frito, plátano frito y una salsa criolla.  

lunes, 10 de agosto de 2015

Literatura - Cinco autores que te pueden cambiar la vida

Como todas las listas esta es muy particular, pero surge a raíz de una pregunta que me hizo mi buen amigo Juan José. ¿Qué autores crees que cambiaron tu forma de ver el mundo? Sin más, aquí van:

1 Antoine de Saint-Exupéry 

Famoso por esa diminuta obra maestra llamada El principito, el aviador francés Antoine de Saint –Exupéry es el pretexto inicial para meternos al mundo de la literatura y la ficción. Difícil imaginar que alguien lo lea y piense en no buscar algo más que leer para llenar su vida de una necesaria cuota de ficción.


2 Edgar Allan Poe

Si tuviera que hacer una lista de gente que luego de leer a Poe empezó a tratar de imaginar un mundo misterioso, me quedaría sin tiempo. Desde su traductor y seguidor Julio Cortázar pasando por una amplia cantidad de anónimos y famosos seguidores, definitivamente los lectores de Poe cambian su vida.


3 Albert Camus

Si De Saint-Exupéry nos había metido en el mundo de la ficción, con Camus nos damos cuenta del sinsentido de la vida. Que uno se meta por los pasillos de El extranjero, que lea El mito de Sísifo o que sufra lo avatares de la cuarentena en La peste nos cambia la vida definitivamente. ¿Por qué no hablo del absurdo de Sartre o de Eugenio Ionesco? Difícil que alguien que empieza con estos géneros soporte una sesión de Sartre.


4 Henry Miller

Una leída al Trópico de capricornio lo manda a uno a un universo más crudo, a un mundo en el que una monja puede ser la suma sacerdotisa de la masturbación, un mundo definitivamente diferente, sin eufemismos. ¿Cómo ver nuestro entorno igual luego de leer al genial Miller?


5 José María Arguedas

Desde nuestro propio país Arguedas nos acerca al mundo del mestizaje peruano de una manera que no nos habían dicho en la cara pelada. Al leer en sus páginas podemos ver de una manera diferente no solo a nuestro país, sino a nosotros mismos como un producto en construcción con muchas sangres. Definitivamente, si su mensaje cala en ti, te cambia la vida.


Nota necesaria

La lista subjetiva, tiene además otra razón de ser. Es una lista inicial, de autores que te pueden cambiar la vida, no de unos que lees cuando tu vida ya ha sido cambiada. Con toda justicia alguien puede preguntarse por qué no incluyo aquí a, por ejemplo, Lovecraft, Poe, Eugenio Ionesco, Nabokov o Bukowski. Simplemente porque me parece que alguien que empieza a acercarse a estos mundos lo haga a través de Poe y no de Lovecraft. De la misma manera La náusea o La cantante calva pueden ser obras un poco densas —prejuicio mío— para un lector no iniciado, a diferencia de El extranjero. Como digo es una lista mezquina porque deja a autores referenciales como Cervantes u Homero; a autores fundamentales en su género como Samuel Beckett, Ciro Alegría o Scorza; o a autores infantiles y actuales que introducen a muchos al mundo de la lectura, como Joan Rowling, a quien, aunque yo no la lea, es claro que millones leen.

Una pregunta queda suelta para la reflexión y conversación con la almohada. ¿Qué autores le cambiaron la vida a usted, amable lector?



lunes, 3 de agosto de 2015

Por qué no me tomo fotos de estudio - Enajenada crónica fotográfica

Huachano y descendiente directo de los constructores de Caral, este Viejocaminante tuvo la ocurrencia, impuesta por alguien a quien estima mucho, de acudir a un estudio fotográfico para una sesión de fotos “profesional”, No puedo seguir sin decir, ante todo, que presenté un reclamo disfrazado de pataleta, arguyendo que era más barato tomarse una foto y que, por supuesto, con las cámaras actuales puede uno tomarse un centenar de fotografías y escoger la que mejor le parezca para imprimirla o llevarla a imprimir a un lugar especializado por cincuenta céntimos. Mi interlocutora desestimó mi propuesta y dijo que no podía compararse la calidad del fotógrafo —lo que bien visto ponía en entredicho la calidad de mis artes con la camarita— y que, su mejor amiga hacía cada cierto tiempo una sesión de esas con resultados maravillosos.
Destruido mi ego fotográfico (ya era claro que no era Robert Whitaker o Herman Schwarz), fui a la sesión fotográfica. Nada del otro mundo, una chiquilla con una cámara mejor que la mía y seguramente con mejores conocimientos. Pasó la sesión, unas situaciones clisé y listo, a escoger las mejores fotos. Lo curioso vino al día siguiente, cuando hubo que recoger las fotos.
Allí, enfrente de mí, estaba un tipo fornido, sin lunares en la cara medio blancón y de ojos verdes que abrazaba a una chica que bien podría haber sido modelo de pasarela.
—¿Pero quién es ese tipo? —pregunté intrigado y a sabiendas de la respuesta.
—Es usted —respondió muy alegre la fotógrafa y editora—, le pusimos un poco de Photoshop, muy poquito para ocultar las líneas de expresión y perfilar un poco las cosas.
Era verdad, ese era yo, pero entre las imperfecciones que le habían quitado, estaban todas aquellas cosas que me caracterizan, o sea, no había lunares, panza ni ojos marrones, nada. El apolíneo pata de la foto podría ser descendiente más de Carlomagno que de los constructores de Caral, y era claro que para mi interlocutora una mejora de edición era blanquearse, quitarse un poco lo indio —que dicho sea de paso, ella ostentaba tanto como yo— y lucir esbelto como un adonis griego. Traté de que se me restituyeran algunos cambios, cosa que la chica hizo a partir de una matriz no sin protestar, como pensando que nunca faltaba algún idiota —o sea yo— que no comprendiera el arte, y me retiré de ahí dispuesto a no volver a pisar un sitio de esos.
Como sea, una lección me quedó de todo eso, si quieres medir los estándares de alienación de la gente, una buena forma es ir a tomarse fotos de estudio.

lunes, 8 de junio de 2015

Un dinosaurio en San Marcos

Fragmento

Faculta de Economía vista desde Ciencias Sociales
Largas filas de estudiantes, cuatro tanquetas y varias cuadrillas de militares habían sido durante mucho tiempo su último recuerdo de San Marcos. Tantos años después, en un universo ajeno, Julio camina como si fuera un alma en pena que estuviera recorriendo sus pasos. Mentalmente había recorrido esos mismos lugares innumerables veces. Respira el aire húmedo que suele haber en la Ciudad Universitaria. Los alumnos caminan apurados enfrente de él. Chiquillos risueños que podrían ser sus hijos. Detiene su mirada en la explanada de Derecho. Muchos autos estacionados, camionetas de doble cabina, vehículos modernos. Cuando lo detuvieron en ese mismo sitio todo era distinto. Apenas había un viejo auto amarillo estacionado.
Desorientado, le resulta difícil adecuarse a esa nueva faceta de San Marcos.
Avanza por la acera hasta que ve la Facultad de Ciencias Sociales. Distintas imágenes vienen a su mente al verla después de tanto tiempo. Estaba mirando hacia los jardines de la facultad, quizá hacia la facultad de Economía, cuando se le acercaron el Maestro Marx y Oswaldo. Julio Yupanqui retrocedió un paso para saludarlos. Oswaldo también era de la base noventa, pero a diferencia de Julio, quien era de la escuela de Historia, aquel había ingresado a Antropología. Se conocían de saludo, hola compañero, chau compañero. No eran demasiado íntimos. Al Maestro Marx nunca le había hablado, solo lo conocía porque en una clase intervino durante cerca de diez minutos durante los cuales citó cada cinco segundos al «maestro Marx», razón por la cual desde ese día se le conoció con aquel mote. Nadie se lo decía directamente, nunca más lo vieron en las clases, pero paseaba por ahí y los alumnos comentaban que ahí estaba el Maestro Marx, sin que él mismo supiera que así le decían.
—Compañero —Oswaldo dio un paso adelante y le tendió la mano invitándolo a cruzar un apretón de manos—. ¿Por qué tan silencioso? ¿En qué piensa, compañero?
El Maestro Marx no se acercó. Se ubicó al lado de Oswaldo, apoyó los codos en la baranda y se dedicó a mirar hacia otro lado, como si con él no fuera la cosa.
—En nada, compañero —Julio se cruzó de brazos—, estoy esperando la hora de la cena para ir a Cangallo en el burro.
—Compañero, tenía una pregunta —Oswaldo se enserió—. ¿Cuál es su línea?
Julio Yupanqui se sumió en un silencio de desconcierto. Se preguntó para sus adentros qué era eso de la línea.
—¿Mi línea?
—Sí, compañero, su línea.
Algo impaciente el Maestro Marx se incorporó a la conversación, su voz era ronca, y tenía un acento que Julio no pudo identificar. El Maestro Marx le dijo que lo habían escuchado hablar en las clases. Era claro que Julio tenía una idea clara respecto de la realidad nacional. Oswaldo comentó que quizá la había aprendido en la academia preuniversitaria, eso no importaba mucho, lo que querían saber era cuál línea seguía. Su línea ideológica, compañero, agregó el Maestro Marx.
Julio les contó que él se preparó en su casa para el examen de admisión. No entró a academia alguna, pero había conocido un poco de la realidad nacional, los derechos de los trabajadores y la explotación, hablando con su tío Ricardo. Había sido hacia 1980, cuando el tío había entrado a trabajar en El Diario de Marka. No era periodista, pero su partido, Trinchera Roja, lo había asignado a hacer las veces de fotógrafo, cosa que se apuró a hacer. Entonces Julio, que aún era muy pequeño, había salido a pasear con el tío.
—Tío —Julio dejó de asomarse por la ventana del ómnibus que lo llevaba al Centro de Lima—, ¿por qué en estos barrios pitucos vive puro gringo?
En verdad había querido preguntarle al tío por qué los tipos de cabello claro y piel blanca eran pitucos y los cholos, como ellos, gente pobre. Quería saber si era posible que ellos, los gringos, tuvieran mayor capacidad mental, si acaso ellos eran inferiores, pero no se atrevió a formular su interrogante.
—Sobrino —dijo el tío poniéndole una mano sobre el hombro y hablándole en voz baja como para que nadie más oyera—. Ese es el resultado de la explotación, de siglos de prejuicio. ¿Recuerdas todo lo que te han enseñado en el colegio sobre la Independencia, los héroes y todo eso?
—Sí, claro, tío —Julio respondió apurado—, lo recuerdo.
—Ya, sobrino —el tío señaló hacia afuera—, todo eso no es sino una mentira. La verdad es que este país lo hicieron los españoles americanos, los gringos que tú dices. Nosotros, los hijos de los incas, nunca participamos, siempre nos excluyeron, ellos se repartieron el dinero. Prueba de eso es que luego de la Independencia todavía seguía pagándose el tributo indígena, maquillado con el nombre de Contribuciones Indígenas, el movimiento proletario lucha por reivindicarnos. Por eso soy izquierdista.
Julio meditó unos instantes. A ciencia cierta esa era su única línea.
—¿Compañero, no le gustaría venir a un grupo de estudios que tenemos? —el Maestro Marx hablaba con firmeza—. Vamos a presentar unas obras de teatro, teatro del pueblo y para el pueblo.
El tío Ricardo añadió que otra de las mentiras que se enseñaban en las escuelas era que los hombres del pueblo eran temerosos, tontos y traicioneros y que tan poco inteligentes eran, que Pizarro, con un grupito de españoles, había destruido a todo un imperio de indios asustadizos sin su inca.
—Hasta dicen, sobrino —el tío movió la cabeza de un lado a otro en señal de negación—, que Atahualpa era el único alto. Cuando yo estaba en la academia, preparándome para San Marcos, aprendí que eso era mentira. Ese fue un invento de los españoles. Para justificar sus robos. Decían que muerto el inca la gente no sabía qué hacer. Éramos brutos, pues y ellos debían tomarnos a su cargo. ¿No has visto los ejemplos que ponen en los libros del colegio como aportes de la conquista? 
Julio repasó en su mente los ejemplos que ponían los libros escolares: el idioma, la escritura, la religión, la rueda. El tío le dijo que el mundo prehispánico había funcionado bien sin esas cosas y entonces él no entendía cuál era el bendito aporte.
—Los incas eran socialistas, sobrino —el tío asintió—, socialismo agrícola, pero socialismo, por eso no había pobres en el imperio, y por eso los españoles y oligarcas nos han mentido diciendo que éramos inútiles sin ellos.
     
—Claro, compañeros —Julio sonrió— me encantaría asistir. Díganme dónde será la función e iré.
—Será mañana a las seis de la tarde en el auditorio de Letras, es el aula Uno A —el Maestro Marx le mostró la palma de la mano en señal de despedida—. Trate de llegar temprano, compañero. Contamos con su presencia.
—Allí estaré —Julio se despidió de ellos y caminó en dirección al estadio.
¿Quiénes eran ellos?, ¿sobre qué terreno estaba caminando? Julio dio una vuelta por los alrededores del estadio caminando lentamente. Había viento y empezaba a hacer frío. Miró las parejas sobre las bancas y a un grupo de estudiantes que jugaba fútbol en la cancha. Avanzó con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. El morral artesanal colgado del hombro derecho. A su mente vino una frase que había leído en algún lugar. «Las masas hacen la historia». ¿Qué quería decir aquello? ¿Acaso tenía miedo?
Dio una vuelta más, se dirigió a la puerta de la avenida Venezuela y tomó un ómnibus que lo llevó a su casa.


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La fotografía es cortesía de esta página: San Marcos en los 80. Ahí mismo figuran los créditos del fotógrafo


sábado, 9 de mayo de 2015

El video, el examen y la nota

—¡Esa tía es una MILF!

Apenas acababa de hablar Juancho, cuando sus amigos prorrumpieron en ruidosas muestras de aprobación.

Felipe dijo que sí, que la modelo se había movido como una licuadora, y Fernán aseguró que con uno de esos movimientos les podía romper la cintura dejándolos lisiados y revolcándose en el suelo, “como cuando te cae un pelotazo, claro”. Juancho dijo que él había visto la versión extensa, como de una hora en la que la modelo había mostrado que era una profesional. Uno a uno sus amigos dijeron que ellos también. Felipe agregó que había otra versión, una de pocos minutos.

—Esa es un virus —rugió Juancho—, yo creo que tú no lo has visto, causa.

Cuando el profesor entró se hizo el silencio. Ese día había examen de gramática. Teniendo la hoja enfrente de sí, Juancho sintió que estaban hablándole en un idioma desconocido. Se dijo a sí mismo que cómo iba a saber qué cuernos era una perífrasis verbal, y si no sabía eso muchos menos podría dar ejemplo de las modales y aspectuales.

Levantó la cara y vio a sus amigos, se notaban tan confundidos como él. Recordó una frase que siempre le decían: deberías estudiar más. Hablando consigo mismo murmuró una frase conocida: La suerte está echada.

Volvió a mirar el papel. Iba a desaprobar, pero se sentía contento, al menos sus amigos no sospechaban que él tampoco había visto el video de la modelo. 
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Nota necesaria
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia...
Deberías estudiar más es un ejemplo de perífrasis verbal  modal, y la suerte está echada es un ejemplo de perífrasis verbal aspectual

miércoles, 22 de abril de 2015

¿Fantasmas en Jesús María? - La iglesia San Antonio de Padua

Esta historia se relaciona con una experiencia personal que tuve hace unos años, cuando acompañaba a la familia a la misa en la iglesia San Antonio de Padua, y que se reafirmó con algo que me contó mi hermano hace poco.

Por lo general hay algo curioso en las historias de fantasmas, siempre fue un amigo el que lo vio, o el amigo de un amigo, o un anónimo lejano el que vio al espectro, y uno se pregunta qué le pasaría si tuviera esa experiencia.

Frontis de la iglesia, cortesía de su blog
Mi experiencia es algo peculiar y no categórica, eh. Para empezar, un día estaba yo a un lado de las filas de bancas, a la izquierda, cuando un monje franciscano (todos los monjes son franciscanos ahí) se detuvo junto a mí. La verdad es que lo vi con el rabillo del ojo, y como suele vérseles por ahí,  no le presté atención. En cuestión de a lo mucho un segundo quise ver si era el monje era un conocido mío, y para sorpresa no había nadie cerca de mí, el monje sencillamente había desaparecido. La historia se presta, claro, a miles de posibilidades, ilusión óptica, demencia temporal o lo que fuere, no lo niego. El asunto fue que conversando luego con un buen amigo, que entonces asistía a dicha iglesia, él me comentó que alguna gente ha tenido esa sensación de ver al monje.

Pero si la historia del monje es cuando menos llamativa, me cuentan que hace poco uno de los músicos del coro vio allí mismo en el templo, que estaba vacío, a un amigo suyo que esperaba con su guitarra. Lo curioso es que el tipo de la guitarra ha fallecido hace dos años, por lo que el que recién llegaba puso pies en polvorosa.

¿Leyendas urbanas?, ¿pura casualidad?, ¿ilusión óptica? Quizá, si tiene dudas dese una vuelta por el templo de la avenida San Felipe en Jesús María, de paso que oye misa, quizá descubre que el trasfondo detrás de estas experiencias paranormales. 

viernes, 10 de abril de 2015

Con nombre de batalla

I

Sola y de pie en la diminuta habitación ella enciende la luz blanca. «Adriana», su voz aflautada se pierde en un susurro mientras observa su imagen de cuerpo entero reflejada en el espejo grande de la pared. Retrocede un paso y estira una pierna hacia adelante para verse mejor. «Adriana, el público te espera», el nuevo susurro se pierde en el aire y ella desliza un dedo por sobre el frío vidrio como acariciando el rostro reflejado. Con ambas manos se arregla el peinado desordenado, aplanando en el acto los mechones encaprichados en hacer su voluntad. Contempla su faz, se maquilla apurada y luego, muy tranquila, termina de acomodarse la ropa.
—Adriana Malatesta —pronuncia el nombre, ahora sí con fuerza, y sonríe ligeramente, el vaho de sus palabras antes de disiparse empaña el vidrio—, vaya que tienes nombre de puta, hija.
Con ágiles trazos vuelve a darles color a sus labios, encendiéndolos de un intenso rojo carmesí. En un instante sus mejillas relucen coloridas y sus párpados se ocultan bajo precisas líneas azulinas.
Lanza un beso volado hacia el espejo. Recuerda aquella vez en la que su madre la llevó a la peluquería. Se ve a sí misma muy pequeña, el cabello largo, crespo y atado en dos curiosas colitas, camina a pasos menudos, lleva un vestido blanco, medias cubanitas blancas y zapatitos de charol, se ve también sentada en un salón de color verde agua repleto de señoras mayores y encopetadas que la pellizcan mientras le dicen que es la niña más bella que jamás han visto y juegan a adivinarle el futuro, a leerle la mano para asegurarle que al crecer tendrá el mundo a sus pies, algunas le envían besos volados, sonríen mostrando en el ínterin sus dientes disparejos. Más allá otras señoras, con las cabezas metidas en artefactos semejantes a cascos espaciales, dejan salir sus ojos unos instantes y se unen al corro lisonjero: «A ver, a ver», y saludan a su madre. «¿Es tu hija, Rosa?» y le hacen sonrisas falsas dándole coba: «Pero si pareces una muñequita». «Vas a ser una gran abogada como tu madre», «Eres preciosa, niña», y vuelven luego a cuchichear entre ellas, terminando por introducir sus cabezas en los aparejos y sumergirse en las revistas de modas que hojean con avidez.
La sirena de un patrullero suena a lo lejos y desde la discoteca del primer piso llega el eco de carcajadas, gritos y música estridente. Adriana mastica ruidosamente un chicle, reventando de cuando en cuando algún globito de aire de esos que su prima Alejandra le enseñó a hacer para molestar a la profesora de inglés. Eso fue antes de que crecieran y fueran a alojarse en La Molina, en el departamento grande de Santa Patricia, con el enorme bar y el balcón de vidrio que daba al parque aquel donde a Rodolfo le gustaba salir a correr en las mañanas.
Se acomoda un poco más la rebelde cabellera, aplica algo de perfume en el cuello, en las muñecas y sobre la ropa anterior. Alguien llama a la puerta de madera con dos golpes secos.
—Adriana —una voz ronca resuena desde el pasillo—, apúrate, es tu turno.
Apaga la luz blanca y la habitación entera se sume en un sinfín de formas sinuosas de tonos anaranjados apenas iluminados por una lámpara ubicada al lado de la cama.
—La función, amiga —da una última mirada a su reflejo y hace un chasquido con los dedos—, debe continuar.
Abre la puerta y baja las escaleras dirigiéndose hacia el salón iluminado y ruidoso. Un fuerte hedor a cerveza, tabaco y sudor se entremezcla en el aire, ella mira sus uñas pintadas y avanza al sonar las primeras notas de With or without you de U2.
«Con ustedes, la única, la incomparable, la bomba sexy, Adriana Malatesta». Las puertas se abren y, ante un fuerte fulgor, ella dibuja su mejor sonrisa, como respuesta se deja oír el rugir del público.

jueves, 9 de abril de 2015

Flor sin retoño (bolero) acordes



Compositor: Rubén Fuentes
Intro
//BbFA7  - Dm//

Dm                      A7
Sembré una flor sin interés
                                              Dm
yo la sembré para ver si era formal 
               D7                              Gm
a los tres días que la dejé de regar 
                               Dm                A7        Dm  E/F/F#  
al volver ya estaba seca, ya no quiso retoñar 
Gm                         Dm             A7         Dm
al volver ya estaba seca, ya no quiso retoñar 

A7                                                    Dm
Yo la regaba con agua que cae del cielo 
         A7                                      Dm
y la regaba con lágrimas de mis ojos 
                        D7                                     Gm
mis amigos me dijeron ya no riegues esa flor 
                           Dm               A7             Dm  E/F/F#  
esa flor ya no retoña tiene muerto el corazón 
Gm                         Dm             A7         Dm
esa flor ya no retoña tiene muerto el corazón 

Repetir intro
//Bb – F – A7  - Dm//


A7                                                    Dm
Yo la regaba con agua que cae del cielo 
         A7                                      Dm
y la regaba con lágrimas de mis ojos 
                        D7                                     Gm
mis amigos me dijeron ya no riegues esa flor 
                           Dm                 A7        Dm  E/F/F#  
esa flor ya no retoña tiene muerto el corazón 
Gm                         Dm             A7         Dm
esa flor ya no retoña tiene muerto el corazón.

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Nuevamente, invitado por mi buen amigo Jc, el "Negro Agüero", me puse a sacar una versión de este tema: Flor sin retoño, que hizo famoso Pedro Infante y que desde aquí le comparto a quien le interese tocarla

miércoles, 8 de abril de 2015

Más allá del túnel - cuento

Autor: Antero Guillermo Robles Cruz

Cuando Roberto llegó al bar Concordia, ya departían ahí sus amigos Manuel, Alfredo y Nicolás. Lo vieron caminar apurado al mostrador, la mirada perdida en el suelo, y pedir unos cigarrillos. Como era evidente que o los había visto, así que lo llamaron a gritos.

—¿Qué pasa, hombre, por qué tan distraído? —dijo Alfredo.
—¿En qué andas? —inquirió Manuel.
—Nada grave, hermanos, lucho contra… lucho contra el tiempo. Es que ya saben, yo tratando de escribir, sin trabajo, de repente leo que han convocado a un concurso de cuentos, resulta que piden presentar tres… y solo tengo dos. Solo me quedan diez días.
—¡Manuel, cuéntale tu historia de Chorrillos! —se apresuró a decir Alfredo.
—Sí, cuéntala —apoyó la idea Nicolás.
—Bueno, es una anécdota —se excusó Manuel—, no sé si dé como para un cuento, pero si te interesa, aquí va.
—Sí, vamos, hermano, cuéntala —rogó Roberto—, seguro me ayudará.

Túnel de la herradura, "cortesía" de Perú21
         Fue hace como quince años, cuando estaba terminando el colegio. Como de costumbre, estaba llevándole el almuerzo a mi padre, un largo viaje de noventa minutos, veinticinco kilómetros desde El Rímac hasta Chorrillos. Ya venía yo en el acoplado desde la Plaza San Martín, cuando el calor de la tarde me empezó a arrullar, y cuando reaccioné, ya estaba la máquina esa llegando a su ruta final. Ansioso, me estaba mordiendo las uñas de verme en ese tranvía vacío, cuando el vehículo se detuvo en seco. Había terminado el viaje, y mi calvario recién empezaba.
        
         —¡Genaro! ¡Genaro, cuatro cafés! —gritó Nicolás frotándose las manos—, que esto ya se pone bueno.

         ¿En qué iba? Ah, ya pues, bajé del tranvía y enrumbé por un largo camino de herradura. No sé si te he contado, Roberto, pero mi padre era picapedrero, y trabajaba en las canteras de Chorrillos, allá a la salida del túnel que da a La Herradura, a la playa, es decir. Bueno, el asunto es que para llegar a las canteras había que atravesar un inmenso arenal sobre el cual apenas se distinguían las huellas de los camiones que recogían las piedras pulidas y labradas que los picapedreros dejaban listas para ser llevadas a las construcciones.

         Ahí estaba yo, caminando por el oscuro túnel, el sentido del tránsito era contrario a mí, y como allí había una curva, los autos pasaban cerca de mí a velocidad, obligándome a caminar pegado al muro, al borde de la calzada, entre tierra y cascajo. Había entonces yo escuchado toda clase de historias relacionadas con el túnel. Los amigos de mi padre decían que allí había vampiros, el viejo Rosendo aseguraba que uno le había quitado el cigarrillo de los labios solo por molestarlo. Don Teobaldo, el más anciano, nos aconsejaba quedarnos quietos cuando pasara un auto, jamás tratando de aprovechar su luz para correr, porque, aseguraba, de esos carros bajaban dos o tres hombres y se han robado a los niños y a las mujeres.

         Me paré asustado a un costado de la calzada. Los autos pasaron raudos sin percatarse de mi presencia. Nadie se acercaba caminando. Nervioso, me mordí el labio inferior. Algo debía hacer, pues se hacía tarde y el almuerzo se enfriaba. Decidí regresar y escalar el cerro, era preferible enfrentar el cerro desconocido a la luz del día, que ese misterioso túnel de oscuridad perpetua. Más animado regresé sobre mis pasos hasta llegar a un pequeño sendero que iniciaba la subida al cerro. Todo esto se me hacía fácil. Sonriendo y con confianza fui ganando altura vi como dejaba atrás el socavón de la entrada del túnel.

         Pronto llegué a la cima, era un terraplén llano en cuyo centro se erigía un monumento. El viento soplaba con fuerza despeinándome y levantando una gran polvareda. Curioso, me acerqué al monumento y leí la inscripción en la placa:

Tumba del soldado desconocido

         A mis pocos años no comprendí lo simbólico del mensaje, de manera que, muy asustado de estar ante una tumba solitaria, busqué el camino que bajaba hacia el otro lado, pero para sorpresa mía era extenso y conducía hacia la playa, cuando lo que yo necesitaba era una bajada corta hacia el otro lado del túnel.
        
Escogí una pendiente que me pareció adecuada, pero lo hice sin percatarme que unos metros más abajo ella era arenosa. Ya podrán imaginarse, muchachos cómo fue mi caída. Cuando dejé de rodar revisé la comida, afortunadamente el portaviandas seguía cerrado. Aguantándome las lágrimas que se asomaban en mis ojos, tomé el camino hacia las canteras.
          
         Para mi suerte Don Vicente, un camionero pasó por allí y me recogió. Me dijo que mi padre de puro hambriento estaría cazando gallinazos para hacer un estofado. Yo solo imaginaba el tacu tacu que se habría hecho de los frijoles y el arroz mezclados en mi caída, y pensaba en la explicación que le daría a mi padre por mi tardanza.

         Cuando llegamos vi unos trabajadores descansando, reposando el almuerzo junto a las fraguas.

         —Hola chico —me saludó el señor Ramón—, tu papá está arriba. Ha estado dinamitando… en cualquier momento baja.

         Pronto escuché la potente voz de mi padre llamándome alegremente. Lo vi, estaba bajando del cerro con mucha habilidad. Unos minutos más tarde estábamos sentados frente a frente. Me miró en silencio mientras extraía las viandas.

—¿Te caíste? —preguntó visiblemente preocupado.

No le pude responder, pero las lágrimas asomaron de mis ojos, rodando por mis mejillas. Me dijo que no me preocupara, que la comida estaba bien, y que se notaba que no me había hecho ningún daño. Al hablar me pasó los dedos cariñosamente por los cabellos, para acomodarlos. Yo entonces le conté de mis peripecias, de mi vergüenza por haberme caído y en especial por haber tenido miedo del túnel. Él terminó de almorzar en silencio. Arrimó el portaviandas, y dejándolo a un costado me dijo:

—Escucha, hijo. Quizá yo sea el culpable porque nunca converso con ustedes. Yo pensé que tus hermanos y tú se divertían trayéndome la comida, atravesando el túnel, pero… ya ves… estaba equivocado. Pero no te preocupes, ahora mismo voy a hablar con Rosendo para que desde mañana su mujer me traiga pensión. Ella ya envía comida a tres picapedreros, uno más no le creará problemas. Ya no llores, vamos, anímate, no hay vergüenza en tener miedo, todos lo tenemos alguna vez.

Me paré y lo miré a los ojos. Quise decirle que entendía lo que me quería decir, que el valiente no es el que no teme, sino el que se sobrepone al miedo, quise decirle que ese accidente me iba a servir de lección toda mi vida, que hay cosas que uno debe enfrentar y vencer. Le puse una mano sobre el hombro.

—No encargues pensión. Mañana estaré aquí y venceré el túnel. Vasa estar orgulloso de mí como yo de ti —le dije.

Cuando terminé de hablar me percaté de que por sus recias mejillas curtidas por el sol resbalaban algunas lágrimas. Nos abrazamos muy fuerte.

Al despedirme cogí el portaviandas y me encaminé por el inmenso arenal rumbo al túnel. Mientras avanzaba pensaba en mi padre. Sabía que no hacía su siesta, que se había puesto de pie y me seguía con la mirada. Anhelaba que se sintiera tan orgulloso de mí, como yo lo estaba de él.

Cuando salí del túnel me sentía grande y libre. Aún sentía el amparo de los ojos de mi padre y había vencido a un gran rival. Agarré fuerte mi portaviandas y corrí hacia el paradero final del tranvía.

Esa es mi historia, Roberto, si te gusta úsala, ella ha sido el secreto detrás de cada esfuerzo en mi vida. Detrás de cada cosa que emprendí, estaba, acompañándome complacida, la mirada de mi padre.