miércoles, 5 de septiembre de 2012

Francisco García Calderón - La labor de un civil, héroe e intelectual durante la Guerra del Pacífico

Sin restarles méritos a personajes como Miguel Grau, Francisco Bolognesi o Andrés Avelino Cáceres, quisiera recalcar la casi inadvertida la figura de Francisco García Calderón, un abogado arequipeño que tuvo el complicadísimo trabajo de asumir la Presidencia de la República durante la invasión chilena en Lima en 1881.
Francisco García Calderón, presidente peruano durante la ocupación chilena.

En los textos escolares apenas se le menciona como la cabeza visible del gobierno de la Magdalena (porque se reunía en Magdalena Vieja), no pudo ser utilizado para los fines de los invasores y fue deportado. Unas pocas líneas que casi son mezquinas para con él.

Fue elegido como Presidente de la República por una junta de notables el 22 de febrero de 1881 (en vista que había ingresado a Lima el Ejército chileno y Nicolás de Piérola, que era el presidente en ejercicio, se había retirado a la sierra), con el fin de hacer las veces de autoridad que pudiese establecer alguna clase de diálogo con los chilenos. Fue así como le dieron en el pueblo de La Magdalena (justo donde ahora está la Municipalidad de Pueblo Libre) la calidad de zona neutral, instalándose allí el gobierno de García Calderón, cuyo medio de expresión fue el diario El Orden.

En tiempos en que el jefe de las fuerzas chilenas, general Cornelio Saavedra, exigía cupos de un millón de pesos mensuales para «contribuir a atender los gastos del ejército de ocupación» (Basadre dixit), el gobierno de La Magdalena tuvo que ceder y pedir un empréstito para pagar, pues el riesgo era la destrucción de viviendas que harían las fuerzas chilenas si al vencerse el ultimátum de ocho días que habían dado no les daban el dinero. Los chilenos pensaron entonces que García Calderón sería un tonto útil… nada más lejano de la verdad.

Momentos difíciles, e incluso la organización de un contingente[1] a cargo del coronel Isaac Recavarren —armado con rifles de los caídos en Chorrillos y Miraflores que «generosamente» cedieron las fuerzas chilenas—, para evitar que siguieran los brotes hostiles a los chilenos, forman parte de este agitado periodo.

Pero García Calderón no era un hueso fácil de roer. Empezó las gestiones para una paz sin cesión de territorio siguiendo las ideas de la Constitución de 1860. Su idea implicaba, visto que los invasores chilenos decían que no querían sino reparaciones por costo de guerra, conseguir el dinero con apoyo de los Estados Unidos para pagar y evitar la cesión de Tarapacá, Tacna y Arica. Fue entonces cuando decidieron eliminarlo.

Cuando Lynch quiso retirarlo del cargo argumentando torpemente que quedaba suspendida toda autoridad que no fuese establecida por el Cuartel general de la ocupación, es decir, por él, pero García Calderón, abogado de oficio, hombre inteligente y valiente, supo contestarle a su interlocutor con una fuerza mayor que la de la espada, la de la pluma. Veamos lo que cuenta Basadre:

García Calderón dejó constancia allí de que las autoridades chilenas habían tratado con él aceptando, en pago del cupo por ellas impuesto, billetes por él emitidos y dinero pedido a préstamo a extranjeros residentes en el país. Además, el plenipotenciario Joaquín Godoy tuvo con él conferencias sobre la paz. En cuanto al origen de su autoridad, García Calderón afirmó que no había reposado en la orden o la tolerancia del gobierno chileno sino en el voto de los peruanos que lo eligieron y del Congreso que confirmó y prorrogó sus poderes. No podía ser, pues, suprimido como si se tratase de una oficina chilena. (Basadre, HDLRDP, Tomo VIII, 191)


Famosa fotografía en que se ve la bandera chilena flameando en Palacio de Gobierno, en Lima.
En estas circunstancias, García Calderón fue reconocido como Presidente de la República por el sur del país. Los chilenos lo tomaron preso en su domicilio el 6 de noviembre de 1881 alegando que fuera de la ley seguía ejerciendo actos de gobierno. En estas circunstancias, conducido al Callao para ser llevado a Chile a bordo del acorazado Cochrane, se le presentaron las opciones de huir de Lima, aceptar las condiciones de cesión territorial —lo que a la larga se daría con el tan discutido Grito de Montán de Miguel Iglesias— o ir al cautiverio en Chile. Las razones que tuvo para aceptar la última opción son una muestra clara de valor, porque no solo empuñando un fusil se hace patria:

Pensé que solo entregándome como víctima al sacrificio y dando de este modo una prueba palpable a los pueblos del Perú de que mi conducta no tenía por base la ambición de mando sino la defensa de la República, y de que no estaba ligado a los chilenos para traicionar a los peruanos, todos los pueblos se unirían fácilmente (Basadre, HDLRDP, Tomo VIII, 192)

Alivió en algo la vida amarga que debió haber padecido en su prisión en Valparaíso, el que su joven esposa decidiera partir al destierro acompañándolo. Ya era el Presidente de la república reconocido por la mayoría de la Nación peruana a quien las fuerzas invasoras se llevaban preso.

Finalizada la guerra con el Tratado de Ancón, se dirigió a Argentina y luego a Europa. Ya de vuelta en Perú fue senador, rector de la Universidad de San Marcos y en 1887 fue elegido como el primer presidente de la Academia Peruana de la Lengua, que había sido creada por Ricardo Palma.

¿Algo más? Sí, claro, el Día del Abogado se celebra en Perú conmemorando el día de su natalicio.
  



[1] Contingente que luego se fue dispersando para engrosar las filas de la resistencia.
BASADRE, Jorge, Historia de la República del Perú.