miércoles, 25 de enero de 2012

Breves sobre el Discurso en Loor de la Poesía




Hace unos años, como parte del curso Literatura Peruana, con Agustín Prado, en San Marcos, comenté el Discurso en Loor de la Poesía, obra de la primera poeta anónima «Clarinda». Para evitar suspicacias aclaré que no era mi intención abocarme al tema de su verdadera identidad, lo escueto del tiempo, y el arduo trabajo heurístico y hermenéutico que ello requeriría me obligaban a dar un paso al lado. Tampoco intenté un análisis de cuestiones formales y estructurales. Agregué que podríamos sumar datos que nos permitieran intentar rastrear los elementos que indican el surgimiento de una conciencia criolla, tema seguramente de vital importancia. Sin embargo ese tampoco era mi interés en esa breve exposición, que ahora, de memoria cuelgo aquí.

A mí, como supongo que a muchos de ustedes, lo primero que me llamó la atención con respecto del Discurso, fue la vastísima erudición de la autora. Las rebuscadas referencias a un pasado mítico hacían del texto un constructo abstruso y complejo. Tuve que recurrir más de una vez a un diccionario de mitología para desentrañar muchas de sus partes.

Pensé que no había lugar a dudas. La autora debía ser un personaje cultísimo, imaginé una monja al estilo de Sor Juana Inés, sólo que ésta aquí, en Lima, escondida en algún convento colonial. En mi mente construí una monja rodeada de manuscritos y de libros, alumbrada por una vela, estudiosa hasta el cansancio, hasta niveles de acuciosidad enfermizos.


Partimos de la idea de que los ideales estéticos corresponden a ciertas realidades, no a la manera de mero reflejo palurdo, sino como intelección del mundo, interiorización y reconstrucción del mismo por parte de un sujeto pensante —res cogitans— que según Heidegger, ordena el mundo —caótico de por sí— dándole un ordenamiento y cierta coherencia acorde con su propia concepción de lo que es el ser mundo. Cuando nos referimos al contexto, por tanto, no nos estamos refiriendo sólo al conjunto de hechos sociales y políticos, sino a los culturales, especialmente a los ideales estéticos vigentes.

El mundo colonial del siglo XVII

Hacia inicios del XVII, España aún estaba regida por la dinastía de los Austria, aún no acusaba los graves problemas que tuvieron que afrontar un siglo después los Borbones en su encumbramiento.

Este es el llamado Periodo de la Estabilización Colonial. Luego del periodo de gobierno del virrey Toledo, quedan sentadas las bases para el desarrollo de una estable política colonial, ya se han eliminado las encomiendas y el sistema de corregimientos funciona de manera más eficaz. El aparato burocrático se ha perfeccionado e informado sobre asuntos indianos. Toledo por ejemplo, por ejemplo, ordena la realización de una visita general —suerte de censo— para enterarse de la cantidad de tributarios y sus condiciones.

El término del gobierno de Toledo (1581) marca un hito de la historia colonial. No sólo porque hereda sus sucesores un Estado muy bien organizado, sino porque como bien señala John Murra:

«… el periodo de Francisco Toledo (1569-81) señala una ruptura en la historiografía de la región. Los mejores informantes, aquellos que desempeñaban tareas adultas en el Tawantinsuyu antes de 1552, ya eran ancianos cuando llegó Toledo. En el momento de su partida casi todos habían muerto. Lo mismo se puede decir de los europeos que conocían mejor el país y su gente…» (Murra 1975, 285)


Esta ruptura marca, a mi parecer, también un alejamiento con respecto de los antiguos ideales, tanto del conquistador bravío, sediento de aventuras épicas o laces caballerescos, como del indio orgulloso de su pasado milenario. Además debemos incluir entre estos cambios, el advenimiento de un nuevo grupo de gentes, hombres y mujeres provenientes de estas tierras, que sentían como suyo el olor del continente, me estoy refiriendo por supuesto, a los mestizos.

Sobre los españoles es sabido que una vez establecido el Virreinato del Perú, empiezan a venir peninsulares de alcurnia para ocuparse de cargos públicos. Atrás quedaban los tiempos en que la soldadesca cruzaba el mar para guerrear y gobernar. Las funciones políticas se las adjudicaban los hombres «cultos». En cuanto a los indios, debemos concordar con Carlos Lazo y Javier Tord Nicolini, cuando nos recuerdan que ya había hecho mella en su conciencia el mecanismo de desintegración de la personalidad puesto en práctica por la Corona Española. Los indios reducidos a una masa sumisa permiten un gobierno más fecundo.

Sea como fuere, lo cierto es que un territorio pacificado, se desarrollan mayores actividades culturales. Además de esto, gente nacida en este territorio empieza a elaborar productos de cultura —aun cuando se guía por las preceptivas venidas de la Península— y empieza a esbozarse una idea de situación común entre ellos, algo así como la idea de nación en ciernes.

El Discurso Literario de la Época

Señalaba con gran acierto Cornejo Polar (1964), que se impone una suerte de discurso culto, con gran influencia erudita, académica y cortesana (86), este no excluye ni elimina el discurso popular. Lo popular se mantiene vigente durante el resto de la colonia, nutriéndose del alma del pueblo, surgiendo en el anonimato, expresándose en la sátira, en la palabra aguda, en el discurso irónico.

El historiado francés Fernand Braudel afirma que las estructuras tienen larga duración, de suerte tal, que en cambios coyunturales –léase cambios casi violentos en lo inmediato–, se gestan unas formas estructurales, pero no desaparecen las antiguas, ambas conviven, coexisten, y lo hacen debiendo compartir su lugar con otras formas más antiguas preexistentes. De tal suerte, el nuevo discurso erudito debía coexistir con el popular, con el indiano oculto, pero no muerto, sino más bien latente. Lo que ocurre es que uno de los discursos es el que prevalece, y se hace discurso de élites. Era él de quien me interesaba hablar.

Contexto Literario

Ahora bien, en la época de aparición del Discurso en Loor de la Poesía, se respiran aires renacentistas. Antonio Cornejo Polar ubica el discurso en el universo renacentista. En su vida intelectual en el Virreinato del Perú, Felipe Barreda y Laos representa un mundo sumido en las tinieblas más oscuras, el mundo intelectual depende de los designios de la Corona, y, claro está, de la Iglesia. San Marcos es una cuna labrada de enseñanzas tomistas. La inteligencia se desenvolvía —entre comillas se “desenvolvía”— dentro de un esquema establecido, rígido y anquilosado al servicio del dogma cristiano. En pocas palabras no se pensaba. Al respecto él nos dice:

«La apasionada inteligencia colonial vivió adormecida, sin que hasta ella llegara el clamoreo incesante de las voces luchadoras que conquistaban el mundo para las nuevas doctrinas y para los progresos de la vida moderna».

Me parece que no podemos concordar con el panorama desolador que nos presenta Barreda y Laos. El tráfico de libros hacia América se demuestra en la misma legislación que nos presenta Cornejo Polar, siempre en su libro, cuya portada tengo de imagen ilustrativa, sobre el Discurso en Loor de la Poesía.

«Formalmente el discurso se inscribe de lleno dentro de las normas, técnicas e ideales renacentistas. Sabemos a propósito, que su autora era muy versada en lengua Toscana, lo cual nos sugiere que admiraba la literatura itálica, y que podía conocerla de sus propias fuentes. Sabemos complementariamente, que a la colonia llegaban las obras escritas en el idioma de Petrarca… pero si incluso, si ello no hubiera sucedido, y si tampoco Clarinda hubiera dominado el italiano, la vigencia de las formas renacientes habría podido ejercerse a través de la literatura española, renacentista e italianizante desde hace casi un siglo».

Como recordamos el Renacimiento está caracterizado por un profundo culto a lo clásico. Se mira el pasado grecolatino con ojos idealizantes. No en vano escritores tan influyentes como Garcilaso escriben sobre realidades distantes a la suya propia. Los poetas —incluyo bajo este término a todos los que hacen literatura— se alejan de la realidad europea de su tiempo. Paisajes bucólicos y referencias mitológicas llenan sus páginas.

Qué pasa, entonces con Clarinda, me pregunté alguna vez. Lo suyo es un discurso de época, un zeitgest, me atreví a decir. Tomé como ejemplo un discurso en honor al nacimiento de Fernando VII —si la mente no me traiciona—, redactado por Pedro Peralta y Barnuevo (estudiado por Luis Loayza). Más de lo mismo. Una lectura intediscursiva nos muestra que la producción de Clarinda tiene más valor como poemario escrito por una mujer que por innovador.