domingo, 31 de julio de 2011

Mi primer día de clases


Hace unos años, cuando estudiaba en la universidad de San Marcos, ocurrió que cierta tarde llegué la idea de buscar a mis amigos, la gente del Ágora, para hablar un poco. Entonces el verano se me hacía lento y eterno, y yo quería charlar con la gente acerca de cualquier cosa para salir del tedio. No nos habíamos visto desde la frustrada despedida del año y a mí poco o nada me importaba que volvieran a dejarme como muñeco alfiletero con sus puñales verbales, ellos eran mis amigos y quería verlos.

Lo cierto fue que como no nos habíamos puesto de acuerdo, no los encontré y me puse a dar vueltas por la universidad. Pasadas algunas vueltas, encontré a Boris parado en la terraza de Educación. En las dos semanas que habíamos dejado de vernos, Boris había sufrido una metamorfosis, ahora lucía ocupado y apurado, su proyecto de academia iba —según me contó— viento en popa y sólo faltaba afinar algunos pequeños detalles. Éste que estaba parado frente a mí era un nuevo Boris, el Boris empresarial, ya no era el pesimista aquél que se negó a despedir el año con la gente, ahora rebosaba optimismo. Su enemigo ya no era un inefable poema ni un ramo de flores, ahora se enfrentaba al tiempo. El día ahora resultaba ser un lapso muy breve para las infinitas e intrincadas tareas administrativas de mi renovado amigo y, una de ellas —casualmente— implicaba hacerse de personal docente para que dictara clases en su academia. Hube de esperar un buen tiempo para poder hablar con Boris, ya que había improvisado una junta al aire libre con sus socios para ver los últimos movimientos de la naciente empresa.

Mientras esperaba me encontré con Ríchifuz. Ríchifuz me contó que hábilmente él había conseguido un colegio para que Boris pusiera un local de la Academia Jean Paul Sartre y tenía la esperanza de que a cambio, la junta directiva, asesorada por el buen Boris, lo pusiera a dictar alguno que otro curso.

Una vez terminada la junta Boris llegó acelerado. Dijo que tenía un problema con el curso de literatura, el profesor se había tenido que ausentar intempestivamente. Fresco y directo como siempre, Ríchifuz no tuvo mejor idea que postularme como docente.

—¿Podrás dictar, cholito? —preguntó Boris.
—Por supuesto —dije.

Una vez pronunciada la frase, medité acerca de lo que había dicho. Recordé mis últimas exposiciones en la universidad, alumnos silenciosos y profesores asintiendo me respaldaban. Yo pensé que ya que parecía estar sobrado en la universidad, con esos coleópteros que estudiaban conmigo, no podía dejar de estarlo con unas viles orugas que recién pensaban en postular a la universidad.

Con el ego inflado, no me importó no haber dictado jamás, y mucho menos, el no haber llevado el curso de didáctica. Entraría y haría unas bromas, lo de siempre, motivarlos con algo de su entorno, el fútbol o algo así.

—¿Cuándo empezaría? —pregunté.
—Mañana temprano —respondió Boris volteando a ver a Ríchifuz—, a las ocho de la mañana en el colegio... ¿Cómo es que se llama?
—Colónida, es fácil para llegar, queda cerca de mi casa —acotó Ríchifuz, agregando luego una frase mientras se sobaba las peludas manos—. Hay una hembrita bien riquita.

No importaba si el colegio era la casa de Ríchifuz, al final de cuentas yo tampoco conocía su casa y la referencia, por tanto, no me servía de nada de manera tal que tuve que solicitar un mapa.

De otro lado, empezar al día siguiente era a la vez una opción suicida y un reto. Pero yo necesitaba algo nuevo que hacer, algo que además me permitiera llevarme un par de soles al bolsillo, así que acepté de buena gana.

Mientras Ríchifuz se despedía, Boris llamó a una chica que fungía de socia suya para que me diera el temario.

—Él es el profesor Ramírez —Dijo Boris—, va a dictar el curso de Literatura en el Colónida.

Mejor presentación no podría haberme hecho, yo que había llegado buscando unos tragos, me iba ahora hecho todo un profesor, de una academia pomposamente llamada Jean Paul Sartre y en un magnífico colegio llamado nada menos que... Colónida.

Cuando me alcanzaron el temario repasé rápidamente los títulos. Conocía la materia, de manera que me limité a encogerme de hombros y sonreír.

—Te pasaste —me dijo Boris, al tiempo que me alcanzaba un croquis del colegio—. Nos sacas de un gran apuro.

Yo continuaba sonriendo, no tanto por mi inimaginada condición de docente, sino por la sencillez de los temas.

—¿Quién más va a dictar? —pregunté. En verdad quería saber quién dictaría aparte de mí y de Ríchifuz.
—Nadie conocido —aseveró Boris.
—¿Nadie? —dije algo contrariado— Ríchifuz me dijo que... bueno, que él había conseguido el colegio y que a lo mejor...
—Ríchifuz ayudó —aseguró Boris moviendo la cabeza en actitud negativa—, pero bueno, le falta mucho. Lo hemos puesto a volantear...

Me puso un tanto intranquilo ver la desfachatez con la que Boris se había deshecho de Ríchifuz. Pensar que el pobre diablo creía que iba a dictar un curso.

—Eh, Ruchi ven a la tela... Camisa y corbata —sentenció Boris antes de despedirse—. Dios reparta suertes.

A la mañana siguiente me desperté muy temprano. A las ocho de la mañana ya me hallaba bajando frente al colegio Colónida. Tan rápido como pude entré por el portal. Dentro del colegio una asustadiza señora me miró como examinándome de pies a cabeza. En un acto reflejo procedí a mirarme también, pensé que a lo mejor llevaba baja la cremallera y la tía buscaba ganarse con algo. Todo sin embargo parecía marchar normalmente, mis zapatos se hallaban empolvados por el terral que había tenido que cruzar pero lo demás estaba en su sitio.

—Vengo por la Academia Sartre —Hice un marcado énfasis en la A de Sartre para darle importancia al asunto—, para dictar un curso.

Algo más tranquila la señora esbozó algo parecido a una sonrisa. Mientras ella buscaba algunas cosas, tuve que apartarme de un perro que se rascaba ávidamente las pulgas junto a la puerta.

—Ahora le traigo las tizas... Esa es el aula, lo están esperando —dijo la señora, mientras me señalaba una de las puertas.

Avancé lentamente. El aula no era precisamente el Palais Concert, y temí que si el viento soplaba fuertemente, todo el colegio se desmoronaría sobre mi cabeza, llenándome por igual de esteras, tierra y pulgas. Lo bueno en todo caso —según me dije—, sería que sin mayores problemas sobreviviría a la catástrofe y podría continuar mi clase escribiendo en la pista con un pedazo de muro.

Antes de entrar dibujé en mi rostro una amplia sonrisa y preparé mi saludo más cordial, aquél que había repasado mientras viajaba en la combi. Qué diablos importaba que las pulgas del perro vinieran siguiéndome, esa era mi primera clase y la iba a hacer linda. ¡Muchachos, cómo están!, diría y ellos responderían desperezándose, seguramente dispuestos a aprender... Empezaría hablándoles algo de fútbol y pasaría al tema rápidamente para que no perdieran el interés.

Cuando al fin entré, un solitario alumno escribía innumerables galimatías en la carpeta. Mi saludo en plural se fue al cuerno, así que procedí a inquirir por el estado del aula.

—¿Los demás? —Pregunté.

Una vez formulada la pregunta temí la respuesta, tal vez el pobre diablo era el único alumno.

—Ahorita llegan, profe —respondió el regenerado piraña.

—Muy bien —dije—, sigue leyendo mientras yo preparo la pizarra.

Al ver la improvisada pizarra recordé mi idea de escribir en la pista. Era ella un recuadro negro que había sido pintado en la pared irregular, de manera tal que me resultó imposible borrar los innumerables escritos anteriores, acumulados seguramente durante cientos de clases. Me puse a copiar unos versos aquí y otros allá, el tema era el de los géneros literarios. Un fragmento de Los ríos profundos, otro de El médico a palos y unos versos de Jorge Manrique fueron pintados por mi mano en la pared. Mientras escribía recordé la escritura cuneiforme y pensé empezar bromeando con la necesidad de contar con una cuña para escribir en esa pizarra. Pronto desistí de la idea, a lo mejor ofendía susceptibilidades. Opté por esperar a los otros alumnos.

Uno a uno fueron llegando los siete alumnos que formaron mi primer salón de clases. Nunca había vivido esa experiencia, sino como alumno, y ahora comprobaba que un profesor también puede sentirse decepcionado ante su auditorio. Cuando terminaron de llegar me limité a observarlos unos segundos. No eran el grupo de postulantes que suponía, jóvenes que se inscribían pensando en el examen de admisión, dispuestos a ingresar; nada que ver, éstos que tenía frente a mí eran unos niños que según pensé, habían sido enviados por sus padres por pirañas o para que dejaran de destruir la casa.

Tratando de romper el hielo entablé una breve charla con los alumnos, después de todo no me tomaría mayor tiempo.

—Muy bien, muchachos —les dije—, yo les voy a enseñar el curso de literatura, curso interesante, que trata sobre un arte que ha acompañado a todos los pueblos de la humanidad, un arte maravilloso que ha estado con nosotros sin haber sido impuesto. Además es importante si tenemos en cuenta que en el examen de San Marcos vienen seis preguntas de literatura fácilmente contestables y que son ellas las que van a determinar su ingreso por la puerta grande.

Al finalizar mi discurso abrí los brazos en cruz, como si estuviera en un concierto y esperara los aplausos. En silencio, e intrigados los niños se miraban unos a otros, tuve la idea de que a lo mejor un maligno conjuro de la vieja de la puerta me había hecho hablar en japonés o algo así. Era claro que esos pobres infelices no me seguían.

—A ver —dije, tratando de hacerlos intervenir—, empecemos conociéndonos un poco, me van diciendo su nombre y a qué quieren postular.

Empezó hablando el primer alumno, el que había llegado temprano. Algo asustado por tener que hablar, el primer alumno dijo llamarse Carlos o algo así, tras algunos segundos de silenciosa duda, agregó con voz más baja, que no tenía pensado qué estudiar porque estaba en tercero de secundaria y no sabía de qué trataban las carreras.

Al parecer, imbuidos de valor por la frase de Carlos, uno tras otro mis siete discípulos dieron sus puntos de vista. La mayoría eran del tercer grado y estaban ahí sin saber por qué. Sólo una chica pensaba postular a la universidad, sólo una.

—Muy bien —dije rebosante de alegría por ver a alguien que podría seguir mis ideas con interés—, una universitaria en potencia.
—¿Y qué piensas estudiar?— Agregué emocionado.
—Ingeniería industrial— Respondió secamente la chica.

Empecé a sudar a mares, el panorama no podía ser más desalentador, había llegado encorbatado para hablar ante unos pirañas que según temí, esperaban el momento propicio para robarme el maletín lleno de nada que había llevado y la única persona que iba a postular, pensaba en una carrera de ciencias. Mi curso era para unos y otros un castigo, y yo simplemente era el pobre loco que lo dictaba. Para colmo de males una de las pulgas del perro ya empezaba a sangrarme la pierna y no podía ni rascarme a mis anchas.

Cuando empezaba la clase una voz me cortó la viada.

—¿Puedo pasar? —dijo, la voz en el umbral de la puerta.

Cuando volví los ojos vi una chica que apoyada a uno de los lados de la puerta se mordía curiosamente el índice en un gesto que a lo largo de la clase le vi hacer varias veces. Llevaba la chica una faldita azul y un polito blanco por el que se discurría su undosa cabellera.

Supuse que ella era la hembra rica de la que hablaba Ríchifuz. Era simpática realmente, sólo había un problema, era aún una niñita.

—Pasa y siéntate —dije—, con toda confianza.

En ése momento, uno de los pirañas gritó con voz de burro en abstinencia.

—¡Que se presente, profe! ¡Que se presente!

Alcé la vista temiendo ver a Ríchifuz escondido al fondo del salón, creí que a lo mejor el degenerado ése había ido a ocultarse por ahí. Como no lo vi proseguí.

—Ah, mira uno a uno nos hemos ido presentando... Le comentaba a tus amigos que soy Rubén Ramírez, profesor de Literatura y ellos me decían su nombre y a qué quieren postular... Tú eres...
—Virginia, tengo trece años y...

Virginia hizo un silencio y volvió a morderse el dedo. Como ya conocía el silencio terminé la frase por ella.

—Supongo —dije— que todavía no has decidido qué vas a estudiar.
—No— respondió ella y volvió a morderse el dedo.

Como era de esperarse, la clase fue un desastre, sólo yo la entendí, sin embargo la continué más tranquilo, no tenía ni un solo alumno al que le interesara lo que yo decía, para ellos yo era un pobre loco encorbatado que hablaba en japonés. No me afectaba, al final de la clase no podía dejar de imaginar la foto de Ríchifuz en el periódico y el titular.


ATRAPAN VOLANTERO VIOLADOR EN COMAS


Al terminar esa mi primera clase, tenía la certeza de que iba a ser una de las últimas. Unas semanas más tarde Boris y sus socios hicieron realidad mi suposición, al echarme como un perro, eso sí, prometieron pagarme lo de las ridículas clases que había dictado. Ha pasado algún tiempo y decidí alejarme de la carrera de Educación. Gracias a Boris y a su Academia Sartre supe que ése no podía ser mi destino. Sin embargo aún estoy esperando la plata de las clases.

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Entre el 2002 y el 2004 El Ágora fue un sitio de reunión formado por el inefable Boris Rettis (aquel que ha sido llamado "El Almirante" en otro escrito y que se parece al personaje de la imagen), los poetas Gonzalo Ontaneda, Julio Fabián, el gran teorizador de la realidad Percy Colfer y este servidor.