viernes, 15 de agosto de 2008

Ese invento cultural llamado mundo - Notas a pie, sobre una idea de Umberto Eco

Estuve revisando unas notas de Umberto Eco en su Tratado de Semiótica general y, de alguna manera, eso me llevó a pensar en dos ideas que tenía dando vueltas.

Hablando de los ‘campos semánticos’, Eco manifiesta que ellos son lo que dan forma a las unidades de una cultura. Ahora bien, antes de seguir hablando en abstracto, quiero referirme un poco al campo semántico tratando de conceptualizarlo como un espacio de significación aceptado culturalmente (en una suerte de consenso). Esta suerte de definición que puede parecer un poco ‘vacía’, queda más clara con un ejemplo que presenta el mismo Eco, el ejemplo en cuestión es relativo a los colores:

“Para comprender la forma en que un campo semántico manifiesta la visión propia de una cultura, vamos a examinar cómo la civilización europea analiza el espectro de los colores, estableciando en unidades culturales diferentes longitudes de onda expresadas en milimicras (a las que después la lengua asigna un nombre):

a) Rojo 800 – 650 mµ
b) Anaranjado 640 – 590 mµ
c) Amarillo 580 – 550 mµ
d) Verde 540 – 490 mµ
e) Azul 480 – 460 mµ
f) Añil 450 – 440 mµ
g) Violeta 430 – 390 mµ

En una primera interpretación ingenua, podríamos afirmar que la longitud de onda constituye el referente, el objeto de experiencia a que se refieren los nombres de los colores. Pero sabemos que el color se ha nombbrado a partir de una experiencia visual que la experiencia científica ha traducido despuésn el longitud de onda. Pero supongamos que continuum indiferenciado de las longitudes de onda contituya ‘la realidad’. Sin embargo la ciencia conoce esta realidad, después de HABERLA VUELTO PERTINENTE. […]

Para la porción del continuum que nosotros llamamos /azul/, la cultura rusa conoce dos unidades denominadas /goluboj/ y /sinij/, mientras que la civilización grecolatina es de suponer que no hiciera distinciones entre nuestro ‘azul y nuestro ‘verde’ [...] en el comportamiento perceptivo cotidiano, constituye una variante facultativa el hecho de individuar un tinte como azul claro y no como azul oscuro. Pero un pintor con una sensibilidad colorista extraordinaria consideraría grosera la segmantación común que bloquea en una única unidad cultural la porción de continuum que va de 640 a 590 milimicras y podría indentificar una unidad (tanto cultural como de experiencia perceptiva) que vaya de 610 a 600 milimicras, asignándole un nombre preciso y ateniéndose así a un subcódigo especializado basado de hipercodificación.”



Hay algunos asuntos que llaman poderosamente nuestra atención. Tenemos en primer lugar, el que muchas de las concesiones responden a un ordenamiento mental –aunque tendemos naturalmente a orientar nuestra mente a creer que responden a propiedades que se pueden predicar de las cosas en sí, de manera tan evidente, que a veces la ciencia trabaja a partir de las regularidades perceptivas del grupo humano, casi justificándolas-, en segundo lugar vemos que hay una variedad cultural que hace evidente el concenso expresado en la lengua. En tercer lugar vemos que hay una variedad del campo semántico, también, de acuerdo a la calidad y necesidades del interpretante de la realidad. Es este último punto el que me interesa.

El genio artístico – Del ojo al oído absoluto
Llamaremos ‘genio’ a ese individuo dotado de cualidades que lo hacen especial en un área del conocimiento o actividad artística. Partamos obervando el ejemplo de Umberto Eco. Es claro que ese pintor mencionado, no solamente tiene la sensibilidad, sino que cuenta con condiciones naturales que lo hacen captar un amplio espectro de colores. Este caso es el mismo de los músicos dotados con aquello que se llama ‘oído absoluto’.

El oído absoluto es la capacidad que tienen algunos individuos superdotados para reconocer las notas -o reproducirlas- con una 'simple oída'. Pueden por ejemplo estos individuos retener en su memoria musical piezas musicales complejas sin mayores problemas, decir la tonalidad y luego escribir la partitura sin presentar en ello grandes dificultades.

Se estima que puede el individuo reconocer variaciones de notas que son impercetibles al oído común y que puede reconocer variaciones de ritmo sin la ayuda de un metrónomo.

El mundo es lo que vemos.
Ahora bien, ¿estaríamos en la capacidad de aceptar que el mundo de estos superdotados en completamente distinto del nuestro? Vuelvo a un ejemplo que me contó mi gran amigo Ricardo García. Le enseñaban a unos pigmeos de la foresta africana una foto de un hombre junto a unos rascacielos. Los nativos podían ver al hombre, pero no a los edificios, porque no tenían categorías mentales para captarlos, en otras palabras eran culturalmente invisibles.

La pregunta, para terminar será: ¿qué mundos no estamos viendo por vivir dentro de nuestra cultura? Todo esto me recuerda aquella genial frase de Albert Einstein, quien decía

¿Qué sabe el pez del agua, si vive dentro de ella?
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ECO, Umberto Tratado de semiótica general. Editorial Lumen, quinta edición 1995.

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