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domingo, 9 de septiembre de 2018

Conversación con Carla


Durante la conferencia de Alfredo Bryce, ella lo había mirado sonriendo. Lo había mirado a los ojos y lo había hecho más de una vez. En medio de esa multitud de cabezas sin rostro, Carla y su hermoso cabello rojo sobresalían como una rosa en un fondo oscuro e informe. De cuando en cuando ella volteaba, y él, algo confuso, sentía el calor de su mirada. Cuando Bryce dijo que en un correo electrónico nunca se vería una lágrima, ella volvió a mirarlo de soslayo. Esta vez, se echó el cabello hacia atrás con una mano, al hacerlo sonreía. La rosa parecía bailar para él.

—La felicidad, ja ja—, se dijo Pablo para sus adentros.

Unos instantes después Pablo pensó que una vez más exageraba, claro que exageras, Pablo, y una vez más fue ese niño que en la escuela sentía cómo las miradas quemaban en su rostro. Cuando volvió a concentrarse Bryce hablaba de un Tarzán femenino, un Tarzán con una energía que solo las mujeres y el rey de los simios tienen, porque sí, caramba, porque así era Bryce para Pablo, un hombre ocurrente que con sutileza y picardía hablaba de mujeres, de los vericuetos de la vida, de Tarzán, de la literatura y de sus innumerables borracheras con una tranquilidad increíble, mientras él hacía el ridículo pensando en una chica que apenas lo saludaba.

En un instante Bryce hizo otro comentario gracioso y él, mientras reía, sintió una mirada clavada en la suya, era Carla. Ahora no había lugar a dudas, ella lo miraba. Con una rápida mirada observó en torno a sí mismo. A su alrededor solo había desconocidos. Pablo volvió a alegrarse, debía tener que ver con la clase de semiótica, se habían sentado juntos y ella le había conversado sobre algo.

—Eres guapo, Pablo —le había dicho su amigo Claudio alguna vez mientras bebían unas cervezas—. Déjate de vainas, solo te falta decisión para tener una chica como ella. Ya quisiera que me dieran la entrada que te dan.

Mientras fingía concentrarse en las palabras de Bryce, Pablo pensó en devolverle la sonrisa a Carla. La saludaría tranquilamente, tenía razón Claudio, agitaría la mano la próxima vez que ella le sonriera con las ocurrencias del novelista, claro, Claudio. No, cómo vas a decir eso, Claudio. La próxima vez, Claudio, la invitaría a tomar un café.

Pasaban lentamente los minutos y Pablo notó que en vano esperaba los chistes, la conferencia estaba terminando y las ocurrencias parecían habérsele agotado al bueno de Bryce. y con ello habían cesado las oportunidades para que Carla volteara.

—Viejo de mierda, haz una puta broma— refunfuñó Pablo para sus adentros. Bryce parecía haberse confabulado contra él.

Mirando la hora en su celular, Pablo notó que los minutos se escapaban a toda velocidad y empezó a tener la horrible sensación del sudor corriéndole por las sienes y la frente. No sin algo de odio miró hacia la mesa de ponentes. Ahora hablaban de la política del país, ese no era un tema para reírse. Repentinamente Bryce dijo que él no entraría a la política porque uno de sus antepasados había sido el peor presidente del Perú y que si algún día pensara en lanzarse al ruedo político iba a acabar lanzado, pero por la ventana.

Apenas hubo pronunciado la frase, la gente estalló en risas. Pablo soltó los brazos, que llevaba cruzados a la altura del pecho y buscó la mirada de Carla, para saludarla según lo planeado, agitando la mano. Grande fue molestia, cuando en lugar de Carla, vio a una mujer voluminosa que se había parado junto a él y reía aplaudiendo con los robustos brazos en alto. Pablo se puso en puntas de pie en un intento absurdo por esquivar la enorme muralla de carne fláccida que se oponía entre él y su pelirroja amiga. Mientras aplaudía, la mujer, no contenta con obstaculizar su mirada, empezó a empujarlo aprovechando todo el peso de su enorme humanidad. Pablo quiso oponer resistencia, pero nada pudo hacer contra su adversaria que avanzó fácilmente obligándolo a retroceder.

—Permiso, señora— protestó a regañadientes.

Acababa de hablar, cuando la mujer que en ese momento era menor que él mismo, volteando lo pisó con uno de sus pies enormes que él imaginó como tamales norteños. Al hacerlo apoyó todo su descomunal peso en el pie de Pablo, propinándole un pisotón tan doloroso que le arrancó por igual lágrimas y lisuras y lo obligó a salir de la sala de conferencias para quitarse el zapato y masajearse el pie.

—Un mundo contra Pablius— se dijo lamentando su desventura.

Los minutos que faltaban para el final de la conferencia los pasó afuera del recinto, sentado en las gradas de la entrada. Cuando al fin se puso en pie, apenas podía caminar. Pensó que aquella chica le debía de haber fracturado un par de dedos del pie. Lentamente se introdujo en los baños para caballeros. No podía permitir que Carla lo viera en ese estado, todo sudado y con el pie fracturado por el peso de la aplanadora humana.

Estuvo un rato lamentándose por Carla y por no haber escuchado a uno de sus autores favoritos, cuando sintió el ruido de numerosas pisadas. Muy pronto el baño estuvo repleto de gente que hablaba de lo buena que había estado la conferencia, de las ocurrencias de Bryce, sobre todo al final, donde estuvo magnífico e hilarante, y de que era una lástima que volviera tan pronto a Francia.

Cuando el baño se fue quedando vacío, entró Bryce caminando. Parado donde estaba, Pablo instintivamente le tendió la mano.

—Buena conferencia, don Alfredo— dijo Pablo.

Bryce le agradeció brevemente, le devolvió el saludó con esa voz que tantas veces él había oído, y se excusó señalando los urinarios. Pablo pensó esperarlo para decirle lo buenas que eran sus novelas, cómo se había divertido leyéndolas, cómo había sido amigo de Julius o cómo había sufrido noches de insomnio interminables en las que ninguna jeune fille lo acompañaba. Desistió de la idea, creyó que el escritor pensaría que era un desviado sexual que esperaba por alguna otra cosa y optó por retirarse del baño.

Cuando salió, vio un nutrido grupo de muchachos y muchachas que esperaba a Bryce. Carla, saliendo de entre ellos, se separó de la muchedumbre y vino caminando muy apuradita hacia donde él estaba. Mientras caminaba el viento jugaba con su cabello haciéndola verse aún más bella. Al llegar lo saludó con un tierno beso en la mejilla.

—Hola Pablito —dijo ella— ¿Viste a Bryce ahí adentro?

Carla sonreía nuevamente con esa hermosa expresión en su rostro y lo llamaba por su nombre en diminutivo. Sí, Carla le decía Pablito y le daba un beso. Pablo, feliz como estaba y sin saber qué decir, quiso entrar al baño y darle un beso a Bryce por brindarle esa ayuda, volteó hacia el baño.

—¿Lo viste?— Volvió a preguntar Carla haciéndolo reaccionar.
—Sí, está allí meando con el pantalón en las rodillas —dijo Pablo.

Cuando Carla se fue a reunir con los otros muchachos, iba contrariada. Pensó que quizá sus amigas tenían razón cuando se lo describieron. ¿Qué había visto ella en ese tipo tan torpe y vulgar?

Volteó una vez más para ver a Pablo. Parado junto a la puerta del baño, el infeliz le sonreía y agitaba la mano como una miss universo.


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lunes, 24 de junio de 2013

Con Nombre de Batalla - Fragmento de Novela

XX


La primera persona con la que Sebastián habló ese primer día  matrícula fue el Matador. «¿Ese chibolo que me habló eras tú?», le diría algún tiempo después el Matador. «Manya, cuñao, franco que yo a todos los pelados los veía igual de huevones. Ta que lo único que me acuerdo bien es que parecía que había buenas germitas por ahí. Oe, alucina cómo es la vida, carajo, ahora todas esas cojudas están gordas, desbordadas, hasta su mano. Nosotros, en cambio… ¿Manyas? Nosotros tamos como nuevos, cuñao». Sebastián aquella vez había estado caminando por entre los alumnos. Creía reconocer a los nuevos por la cabeza rapada, la cara de asustados y los gorritos con nombres de academias preuniversitarias. En un momento se había detenido al ver a ese personaje vestido con ropas multicolores, estaba sentado en un murete, relajado. Como no estaba rapado supuso que se trataba de un alumno antiguo. Le pareció asequible y se le acercó, no estaba seguro por qué.
—Disculpa —dijo Sebastián mientras se quitaba el gorrito de la cabeza— ¿Sabes dónde es la Oficina de Matrícula?
—Cuñao —dijo el Matador, levantó la cara y lanzó una mirada hacia el conjunto de personas—, no sé dónde es esa nota, pero, uhmmm… mira, hay muy buenas germitas por aquí.
Antes de escuchar esa respuesta él ya había empezado a sentirse como aquella lejana vez en que su madre lo vistió con un guardapolvo gris que tenía su nombre bordado, lo llevó al colegio y se marchó dejándolo allí parado en medio de unos niños desconocidos que lloraban o se miraban entre sí como bichos raros. Entonces se sintió solo en el mundo, solo y abandonado.
—Con tanta falda suelta, en un par de semanas vamos a estar matando como locos— dijo el Matador, usando esa terminología que luego lo haría popular.
—¿Eres alumno antiguo o ingresante? —preguntó Sebastián.
—Ingresante, pues, cuñao —respondió el Matador muy tranquilo—. Cachimbo hasta que entren otros huevones, hasta que me boten o hasta que me vaya por mi propio pie de esta facultad de mierda.
—Sebastián Marcos— dijo él tendiendo la mano.
—¿Martos? —había interrogado su interlocutor, muy emocionado— ¿Eres familia del poeta?
—No, soy Marcos, con ce de casa —respondió él—, como la universidad.
Le había dado algo de tranquilidad ver a alguien tan despreocupado como el Matador. A partir de ese instante empezaron a hacerse amigos. Muy pronto el Matador se hizo conocido, resaltaba entre los ingresantes por su forma de ser desinhibida y su espontaneidad. Pronto se hizo de amigos por todos lados. Entonces se paseaba por los salones rodeado de gente, bromeando con las chicas que se disputaban sus afectos y  bromeando también con sus seguidores masculinos.

—¿Problemas con la novia? —dice el vendedor de flores.
—No es la novia —responde el profesor—, ya no lo es, al menos.
Debiste decirle al vendedor que esa no era la novia de nadie, que no era sino una pobre puta que habías conocido en un burdel de mala muerte, una puta de mierda que huye de su verdad.
—Cómprele una flor, sígala a su casa.
—¿Que la siga?
—Sí, eso les gusta, varón. Flores, dulces esos detalles. Si hace eso, está un paso adelante, varón. Como dice Óscar de León, sáquela, llévela al cine, cómprele un ramo de rosas… Aproveche que están baratas.
El profesor mira a los ojos al vendedor. El tipo sonríe mientras le ofrece una rosa roja envuelta en papel celofán.
—¿Cuánto cuestan?
—Menos que perder al amor de su vida. Solo dos soles cada una.
—Dame una, que para luego es tarde.
—Dígale un poemita de estos, o déle la tarjetita.
El vendedor le entrega una tarjeta que el profesor guarda en el bolsillo de la camisa. Con la flor en la mano empieza a caminar hacia el paradero. Mientras camina empieza a sonreír.
Sería cómico que te detuvieras y gritaras aquí, en medio de tanta gente, como si esto fuera el viejo estadio de San Marcos donde el eco te respondía: Puuuuuuuu taaaaaaaaa… puuu taaaaa, uuu taaaaa, utaaaaa, taaaaa.

Fue esa noche en León dormido, creo. Claro, fue allí. Alejandra, querida Alejandra, tú me habías invitado a la playa. Recuerdo que ese maldito día me lo había pasado andando de aquí para allá y de allá para acá. Ni una puerta se abría para mí. Al final del día ya no aguantaba ese disfraz de secretaria barata. Quería tirar toda esa mentira, ese currículum raquítico, los zapatos de taco alto y la ropa de mierda al suelo, quería salir a fumarme una buena pitada de hierba y acabar con todo. Las cosas se van acomodando para quedarse en la piel como espinas que no se dejan sacar con las uñas y que siempre están ahí, aguijoneándonos para recordarnos que aunque nos creamos muy fuertes, siempre tenemos a la misma sonsa debajo de la piel, lista para sentir el dolor. Eso ya pasó, ¿por qué me preocupa? ¿Acaso yo les pedí nacer? ¿Acaso en algún momento les prometí que iba a ser una mujer de éxito? Aún no me puedo olvidar de la cara de asco con que me miró esa vieja de mierda, toda estirada ella: Mira chiquita, si no tienes referencias, mejor ni pierdas tu tiempo, además, cómprate ropa nueva, que así nadie te va a dar un trabajo, me dijo. Y yo ahí, sonsa tragándome las lágrimas y las ganas de mandarla a la mierda. Si la viera ahora le enseñaría unas fotos de su marido calato en el telo con la pinguita parada. Pero en esa época yo era cojuda, y en el mundo no sirve serlo. Menos mal que me llamaste esa noche, Alejandra, y que me dijiste para salir con los chicos en el carro de Esteban. ¿Dónde estarás, Alejandra? Discúlpame por abandonarte, por salir así de la casa, por no haber dicho que no todo era tu culpa y asumir mi responsabilidad. No me habrías dejado ir a la cárcel, ¿verdad? Te echaste la culpa tú sola, les dijiste que Esteban te había metido en eso sin que nadie más supiera. ¿Quién está peor ahora? ¿Tú presa o yo en el burdel de Silvia? Ya nada fue igual luego de que el empresario de mierda la cagara toda cuando le contó a su mujer y a la policía que lo extorsionábamos. Eso le pasaba por putañero, pobre huevón. Se creía bien hombre en la cama y luego lloraba como una niña. Vas a destruir mi familia, me dijo llorando y yo, que no se hiciera el pendejo, que buscando chibolas ya él estaba destruyendo a su familia. Nos miraba con odio, principalmente a ti, que decía que lo habías seducido. Yo creo que si Esteban no tenía la grifa en el cuarto igual te sembraban, porque el tipo te odiaba. Te odiaba y tenía billete. Debió de haber metido plata para que te cagaran los tombos. Y cuando me enteré, Alejandra, yo no sabía qué hacer. Pero esa otra noche cansada, desilusionada y sin trabajo me hubiera quedado caminando toda la noche, me hubiera escapado hacia algún lugar, pero no, la gente como yo nunca se puede salir de su camino y termina cayendo en el hoyo sin chistar. Pero tú me cuidaste, Alejandra, y yo nunca fui a buscarte a la cárcel. Estaba asustada. Lo comprendes, ¿no? ¿Qué tanta diferencia hay entre Silvia y esa vieja que me hizo gestos de desprecio? ¿Qué diferencia hay entre el empresario corrupto y nosotras? ¿Qué diferencia hay entre tú, Alejandra, y yo? Ninguna, todos somos una mierda. La más íntegra eres tú, prima, que pusiste el pecho por mí y te tragaste todo eso sola. Hubiéramos seguido montando bicicleta en el Parque de la Reserva, Alejandra, hubiéramos seguido yendo a ese acuario con forma de ballena al que íbamos de niñas para comer papas fritas y sorprendernos de esos peces extraños y feos.  No hubiéramos crecido tanto, Alejandra, no hubiéramos jugado con el sexo. ¿Tu amiga es muda?, dijo ese gordo cochino antes de agarrarme por la cintura y Silvia ahí que me sujetaba de la mano. Sabía que me quería escapar ¿A cuántas chicas habrá iniciado ahí en el negocio? La última es la charapita. ¿Qué quieres hacer, cojuda? ¿Te quieres ir? Ya te dije que voy a ser como tu madre aquí. Deja que el huevón te invite unas chelas, así te das valor, lo haces que gaste más, le conversas para que gaste. ¿Viste? Ya lo tienes loquito al gordo ese. Si la cagas ahora, te saco la puta madre. Y yo que solo quería cerrar los ojos y que ya estuviera amaneciendo. Y mientras me tomaba la cerveza esa, me preguntaba cómo mierda había llegado hasta allí. Eso no era como jugar con los empresarios y mucho más lejano me parecía el tiempo de la inocencia cuando mamá me arreglaba para actuar en el colegio, y años después, sin darme cuenta cómo ya me arreglaba sola para salir a bailar con mis amigos de la universidad, y luego para tirar en la playa con Rodolfo, ahí a escondidas, mientras tú, Alejandra, tirabas con Esteban y todos nos emborrachábamos en la carpa. Y mientras esperaba el amanecer recordaba aquella vez que el viento se llevó la marihuana de Rodolfo, quien quería armar un vate en medio de la tempestad. Rodolfo también se escapó. ¿Sabes Alejandra? Rodolfo me llamó desde algún sitio. Estoy lejos, me dijo. Es mejor que no volvamos a vernos por un tiempo. Por lo que más quieras, Sandra, no vuelvas a esa casa, me dijo. Ese día enterré a Sandra y me hice Adriana. ¿Qué dirás, Alejandra, el día que me veas y sepas que ahora soy Adriana? ¿Sentirás asco de mí? Pensar que a veces nos íbamos juntas a las fiestas de tu universidad. Yo te buscaba en Surco y apenas te timbraba, pasabas con Esteban y Rodolfo. Sí, Alejandra, a lo mejor sientas asco, pero yo te contaré lo que me pasó. Te diré cuán sola quedé sin Esteban, sin Rodolfo y sin ti. No podía conseguir ni siquiera para las drogas. Chúpamela, perra, dijo el gordo. Y en segundos todo, todo era oler la grasa que emanaban esos cuerpos inmundos, pestilencia mezclada con otros hedores, recordar lo que decía Silvia, cerrar los ojos e irse a la mierda. Vomita porque la tengo muy larga la voz del gordo resonaba riéndose a carcajadas. Ya luego una se va acostumbrando a olvidarse de todo, Alejandra, una llega a aprender de las otras chicas, dejar que se la metan y esperar que terminen rápido. Si te mueves bastante y los dejas que se vengan al toque es mejor y encima los cojudos salen contentos, me había dicho Silvia. Al día siguiente no había querido comer nada, como si todo parecía recordarme la noche anterior. Así es, me había dicho Silvia. Te vas a ir acostumbrando. solo es cosa de un rato, tómalo como un juego. decía Silvia. Solo éramos él y yo, y la verdad no importaba quién era él. Ya luego empecé a escoger clientes fijos Es mejor así, me había dicho a su vez La Chalaca. ¿Eres del Callao? Le pregunté y ella me respondió que era La Chalaca porque pateaba boca arriba. Ya me trataban bien, y un día llega este solitario, silencioso, no quería hablar ni nada. Daniel apenas dijo, si se llamará así. Ahí todos mienten, Alejandra. ¿ves? Ahí me tienes a mí que soy Adriana. Adriana como la chica esa del colegio, ¿la recuerdas, Alejandra?, ¿recordarás a esa chancona? Me pareció el mejor castigo para su sobonería con los profesores. La hice puta, sí, Alejandra, te vas a cagar de la risa como antes, cuando te cuente... Adriana Malatesta, ese nombre de batalla uso. Eso te daría risa, Alejandra, me vengué de ella, la hice puta”.
El profesor cruza la Avenida Universitaria al trote. Se detiene unos instantes en la berma central. Al emprender la marcha de nuevo, lanza la flor al piso. Luego sigue caminando hasta voltear la esquina.
Más barato que perder por completo lo que aún me queda de autoestima y dignidad, si es que algo me queda.

Es una cojudez, una reverenda huevada. Tú eres fuerte ¿Por qué has huido así?, ¿Tan solo porque te ha reconocido? A lo mejor el cojudo te iba a invitar un trago o un helado. Tal vez hubiera bastado con negarlo todo y seguir muy tranquila. A veces eres medio cojuda. Aún me haces falta Alejandra.

—Bajo en la esquina —dice.
El cobrador la mira a los ojos como escudriñándola. Ella le devuelve la mirada.
—¡Esquina baja! —grita el cobrador, el carro atenúa su marcha hasta detenerse para que ella baje.


lunes, 30 de mayo de 2011

Yo no sabía, Cliff - Metallicuento

Cuando Mark Thomas Martinelli llegó a su habitación, cerró la puerta, lloró amargamente y pensó que era tiempo de hacer lo correcto para limpiar lo poco que le quedaba de honra.

Algunos años antes, cuando no sabía nada del movimiento musical que se gestaba en San Francisco, él y su primo Vinny habían robado algunas cosas de una furgoneta. Vinny se llevó la mayoría de los artefactos y él conservó el bajo Alembic Spoiler color negro que ahora parecía increparle su conducta desde una esquina de la habitación.

—Yo no sabía, Cliff —murmuró mientras la instrumental «Orion», del fallecido bajista, sonaba en sus altavoces.

Se acercó al instrumento y pasó una mano por sobre las clavijas que limpiaba diariamente. Como suponía, no había nada de polvo y la mano se deslizó suavemente, como si patinara sobre hielo.

—Maldito Vinny —apretó un puño con fuerza—, ojalá y te pudras en el infierno.

Pocas semanas después del asalto a la furgoneta, Vinny murió. Fue durante el atraco a una joyería en Mission Street. Mark entonces decidió entretenerse en otros asuntos, terminó los estudios secundarios en la Gateway High School, y apenas acabadas las clases empezó a trabajar en el taller de mecánica de un vecino suyo llamado Phil Doherty. Allí, de la mano de Doherty, aprendió entre otras cosas, a escuchar a la que en adelante sería su banda favorita, Metallica.

Ya con el cabello largo y enfundado en raídos jeans de color celeste, Mark fue presa de un fanatismo tal que lo llevó a asistir a cuanto concierto ofrecía la banda en San Francisco y un buen día, mientras trabajaba en el taller, recibió la noticia de la muerte de Cliff Burton en los hielos escandinavos. Aún recordaba el último concierto de la banda. Mark había estado enfrente de Cliff, tan cerca que prácticamente le salpicaba el sudor cuando incansablemente agitaba la melena. «Hubiera muerto Lars», dijo entre dientes y rió de mala gana. Mark se sumió en la tristeza.

Una tarde se hizo de todos los fanzines y periódicos en que se hablara de su héroe muerto. Al principio Phil Doherty se sintió identificado con el dolor de su discípulo, amigo y compañero de juergas, pero luego fue pasando de la lástima a la ira. Mark no trabajaba como antes, llegaba al taller tarde y se sentaba a leer las publicaciones una y otra vez mientras el vinilo del album «Master of Puppets» daba incansables vueltas una y otra vez.

—Si no actúas normal, Mark —Phil le colocó cierta vez una mano sobre el hombro a Mark—, si no lo haces tendré que echarte de aquí.

Mark, lejos de hacerle caso, levantó la cara. El cabello desordenado le caía por sobre el rostro y una expresión de pánico se dibujaba en lo poco que se podía notar de su faz.


—Yo le robé, carajo —aulló y salió corriendo del taller con una revista arrugada entre los dedos.

Así fue como llegó a su casa y puesto de pie frente al bajo negro que alguna vez había robado con Vinny, sin saber que era de Burton. Se dijo que lo mejor que podía hacer era devolverlo a la familia de Cliff de una vez por todas. Hizo un par de llamadas, se contactó con un escritor de fanzines, cuidándose de no decirle lo del bajo. «Tengo información valiosa sobre Metallica», comentó y salió a la calle. Antes de cerrar la puerta miró el instrumento musical, delicadamente acomodado junto a su cama.

El 27 de octubre de 1986, un mes después de la muerte de Cliff Burton, Mark Thomas Martinelli cruzó la calzada a grandes pasos dispuesto a devolver el bajo que tiempo atrás le robó al difunto bajista, sin embargo, antes de terminar de atravesar la calle fue embestido por una camioneta pintada con sicodélicos colores hippies. Los hippies bajaron a ayudar al herido, pero solo lo vieron fallecer mientras balbuceaba un incoherente.

—Yo no sabía, Cliff, no sabía…

miércoles, 9 de febrero de 2011

Cuentos de Marginalia - Como pera de boxear

He estado esperando a la señorita Sandra durante las dos últimas horas. Desde el carro veo la luz de su oficina encendida. He vuelto a contar los pisos una y otra vez hasta cerciorarme que sí, que la luz proviene del piso doce, que es donde ella trabaja. El agente de seguridad me ha saludado con un gesto afable, señala su reloj y me enseña las palmas de las manos. Me encojo de hombros para indicarle que no me queda otra más que seguir esperando.

La recogeré y la llevaré donde su padre que quizá me invite a pasar y a tomar una taza de café. Me negaré e inventaré alguna excusa pero no podré dejar de mirar la lata de café instantáneo. No sé cuánto cuestan esas latas extrañas, solo sé que son caras y que nunca podré beber una de esas tazas en mi casa, porque es un café granulado que nunca había visto «lo envía mi prima de Boston», me dice la señorita Sandra y agrega que se disuelve como por arte de magia al caer en la taza.

Mi casa, digo mi casa y es solo una frase suelta. Me parece, Patricia, que me quieres engañar, no sé, tal vez ya lo hiciste, soy un cornudo, un chofer cornudo. Me atiendes en silencio y casi ni me miras a los ojos. Quizá solo me odies por ser un simple chofer. Cuando quiero hablarte me esquivas, ya no me has vuelto a decir que podemos seguir tratando de tener hijos, que podemos adoptar.

En unos minutos vendrá la señorita Sandra y me contará lo que han hecho en el trabajo y citará nombres, cifras y leyes ajenas, y yo la escucharé en silencio, sin responderle ni interrumpirla, porque ese no es mi trabajo y porque realmente no entiendo bien de qué clase de cosas me habla. Me he dado cuenta que para ella casi no existo, que cumplo la función de una pera de boxear a la que ella, como furiosos puñetazos, lanza sus andanadas de palabras.

«Imagínate que el idiota del gerente me dijo que revisara tal o cual cosa», me dice y me habla de papeles y trámites que nunca he visto y que por tanto, no entiendo. Lo hace para desfogarse, es claro que no le importa mi opinión. Le basta con que diga algo que apoye su furia, algo tan simple como un «qué barbaridad».

La verdad, no me importa lo que habla. Yo soy como las peras, que reciben los golpes, pero no los sienten.

Es semejante a esos años en los que iba y la recogía del colegio; y ella se sentaba en el asiento de atrás y cantaba canciones en inglés que su maestra le había enseñado. Yo entonces le seguía el juego, mientras ella me contaba de las nuevas palabras que había aprendido. Y es en el fondo siempre ha sido la misma historia que pasaba cuando ella creció y ya tenía enamorado y no me contaba nada, porque odiaba que me enviaran a recogerla. Y volvió a hablarme cuando su madre le dijo que no se preocupara que ya no la iba a recoger, sino cuando ella quisiera.

Ahora parece que se ha olvidado de todo y sube al carro para empezar a hablar como una cotorra.

He estado esperándola un poco más de lo habitual. El guardia de seguridad me ha vuelto a saludar. Hace un gesto señalando hacia arriba y se encoge de hombros. Nuevamente me encojo de hombros a manera de respuesta. El hombre señala nuevamente su reloj de pulsera.

Ahí viene la señorita Sandra. Se sentará en el asiento posterior y lanzará su cartera al asiento de al lado. Seguramente me va a contar por qué se demoró tanto en salir. La veo llegar con su expresión colérica. ¿Me engañará Patricia?

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Cuento aparecido en la fenecida revista Marginalia.

jueves, 11 de diciembre de 2008

El laberinto

Marco se sienta en el sofá grande, extiende los brazos sobre el respaldar como si quisiera abrazar la inmensidad del espacio y contempla su espacio. El departamento ante sus ojos parece enorme. Se pone de pie y da unos pasos. Desde la puerta del dormitorio imagina aquel salón lleno de gente alegre, de amigos y amigas que celebran su asenso laboral en el estudio de abogados. Entra al dormitorio, se sienta en la cama, rebotando en el colchón ortopédico, y piensa que la cama se ve tan sola que pareciera tener frío y que por tanto él lo tendrá también esa noche. Extrae el celular de su bolsillo y marca un número.


—Jorge —dice, echándose en la cama— avísale a Lento, a Felipe y a Oveja Negra que ya vivo solo, me dieron las llaves del depa. Diles que vengan esta noche, que traigan unas amigas, unas bien perras.
—Creo que conozco a las indicadas —responde Jorge—. Pero, tío… ¿Si se aparece tu hembrita?
—Yo me encargo de eso —dice él— Susan no va a estar aquí.
—Genial —responde Jorge—, entonces nos echamos unas aguas. Busca algo para picar, yo tengo algo de blanca para pintar la cancha.


Tras cortar la llamada, Marco queda un rato sentado en la cama, mira a los lados, habla para sí pronunciando dos sílabas: «So-lo», su voz es casi un murmullo. Vuelve a mirar a su alrededor y entonces estalla en una carcajada estruendosa «¡Solo, carajo, al fin solo, por la puta madre!». Ríe hasta que ahoga su risa mordiendo la almohada y pataleando como un niño sobre la cama. Luego de eso se levanta muy contento, enciende el televisor, lanza su ropa sobre al piso y empieza a andar semidesnudo, vestido solo con ropa interior. Va hasta el clóset, hurga en los cajones bajos, saca una paca de marihuana, con los dedos separa un montoncito que mete apuradamente en una pipa artesanal, la prende y fuma tres pitadas. Mientras fuma se queda mirando la calle. Una chica corre por el malecón, lleva una gorra rosada, camiseta blanca y lycra negra. El viento de verano mece los árboles y a los lejos el mar azul y el cielo se confunden en el horizonte.

Vuelve a aspirar algo del humo que le ofrece la pipa, se recuesta y cierra los ojos. En el cielo raso blanco destaca el foco apagado, como si fuera una nave espacial o un ojo mecánico que alguien puso allí para observarlo.

Aletargado, se deja vencer por el sueño. Suena el celular, despertándolo, se acerca a ver. “¿Un mensaje? Jorge de mierda, carajo, por qué no llama, Sucio tacaño”.


Bro, no te olvides, compra algo para comer

Se alisa los cabellos con una mano, toma las llaves de la camioneta. Al llegar al estacionamiento presiona el control, el timbre robótico de la alarma resuena con fuerza, rebotando en las esquinas. Sube al vehículo y sale manejando a la calle. Cerca de la puerta de acceso tiene que proteger sus pupilas del brillo solar colocándose los lentes oscuros que le regaló Susan por su cumpleaños. Deja pasar un auto blanco y se introduce al tráfico de Lima.

Ha avanzado unas cuadras, cuando un auto se le cruza intempestivamente.


—¡Cholo de mierda! —grita, repentinamente al chofer del taxi que le cierra el paso a la altura de 28 de Julio con Paseo de la República, obligándolo a frenar en seco—. Te crees muy pendejo ¿no?
Mira al hombre por la ventana, el tipo le hace un gesto de desprecio alzando la mano derecha, tras lo cual emprende la marcha a toda velocidad. Marco baja la ventana de su lado para asegurarse que el taxista lo escuche y empieza a seguirlo. Su pie se hunde en el acelerador.
—¡Serrano cojudo!, ¡¿crees que me vas a ganar?! —gira el timón a la derecha y luego a la izquierda. Presiona la bocina y grita un par de improperios más, en ese momento todo se nubla.

Cuando abre los ojos ve una bolsa de papas fritas cerca de su cara, un hilo líquido corre por su ceja derecha obligándolo a cerrar los ojos nuevamente.

—¿Estás bien? —pregunta una voz que él escucha lejana. Alguien le toca la muñeca con golpecitos repetitivos.
—Cholo de mierda —dice nuevamente—, carajo por su culpa me voy a cagar la cara como el huevón de Abre los Ojos. ¿Viste esa película, broder? Susan me va a dejar, ya me cagué, carajo. Loco, ¿que tan cagado estoy? ¿Estoy desfigurado? Dímelo sin miedo, a la mierda, dímelo broder, yo soy valiente.
—No estás desfigurado —responde la voz lejana, Marco ve un hombre vestido de blanco, cabello ondulado y brazos velludos como de oso que se acerca a hablarle—, tu cara está perfecta, hermano, ya la quisiera yo para una fiesta.

«Se arruinó la fiesta de mierda. Estoy en una clínica, lo sé. ¿Cómo estará el carro?, felizmente el seguro paga todo. Imagino que el señor Smischek me dará una semana de descanso y que luego podré volver a la oficina. Lo bueno es que no tuve que engañar a Susan, porque esa fiesta si que se las traía. No me duele nada, pero tampoco siento nada, deben ser los analgésicos de mierda. Tal vez he perdido los brazos y ambas piernas, como en una telenovela venezolana donde todo es trágico. Tal vez soy un gusano echado sobre esta cama, como un Gregorio Samsa que un día despierta hecho insecto, o bueno, como una larva de mierda, sin extremidades.»

—Es usted muy linda, sabe —Marco abre los ojos, mira a la enfermera y dibuja una sonrisa en su rostro— disculpe que no me haya afeitado.
—No se preocupe —dice ella, esquivando la mirada de Marco—, señor Patiño, ya podrá afeitarse.
—¿Sabe cuándo puedo salir? —dice él, y luego susurra como para que nadie lo oiga— ¿Sabe? No siento las piernas, ni los brazos, creo que soy una cabeza que habla con… ¿Cuál es su nombre?.
—Carmela —dice ella, mientras le examina las piernas le toca un dedo del pie—, enfermera Carmela Chávez. ¿Siente esto?
—Oh, sí, Carmela —dice él—, sentí mi pie, tiene usted manos maravillosas, me ha curado. La invito a cenar cuando salga.
—Quizá demore más de lo que usted cree —Carmela extiende nuevamente las mantas sobre las piernas de Marco—, señor Patiño. ¿No recuerda usted nada?
—Sí, claro, un —titubea antes de seguir hablando— taxista me cerró y lo estuve persiguiendo para decirle sus verdades.
—¿Recuerda la bicicleta? —dice ella, mientras le examina los ojos apuntándole con una intensa luz amarillenta—. ¿Recuerda al anciano que la manejaba, el jardinero?
Marco hace silencio, aún se siente cegado por la luz. Su mente parece haberse fraccionado entre el momento en que manejaba rápido y ese otro momento en que veía las papas junto a su cara.
—No —responde—, no lo recuerdo. ¿Dónde estaba? ¿Lo atropellé? ¿Está muerto?
—No puedo hablarle de eso —dice la enfermera— pero sí, usted lo atropelló.

No sé cuál es el mundo. Ahora estoy hablando en una esquina del departamento. Malena Irriarte me dice que es mejor alejarnos del bullicio, que siempre ha detestado las fiestas esas en las que la gente baila como recua en celo. La escucho hablar, su voz flota en el aire con ese acento tan colombiano, con esa formalidad que saliendo de sus labios suena a coquetería fina, a seducción elegante, a puro glamour. La observo, está sentada sobre el sillón grande, ella en su vestido rojo resalta como una rosa sobre un terciopelo azul, ha cruzado las piernas y fuma un cigarrillo mentolado. Su figura delgada parece coquetear con esa sección del espacio. Sus pantorrillas descubiertas me obligan a mirarlas, ella se da cuenta, sonríe.

—Yuju —dice, al tiempo que sacude una mano como una reina de belleza—, Marco, estoy aquí arriba.

La miro a los ojos, su voz se mezcla con la de Jorge Castrillón que ha venido a contarme del auto que quiere comprarse. «Es una camioneta Mitsubishi último modelo…. Tienes que verla», me dice Jorge. Ahora se sienta junto a Malena y la abraza. «Habla, flaca, te paseo en mi caña», comenta.
—Ay, Jorge pero qué pesado que es usted. Arrímese un kilómetro —dice ella, al tiempo que lo empuja con el dorso de la mano—, huele usted a hierba barata.
—¿Barata? —Jorge se aleja de ella, la mira sorprendido. Ahora voltea a verme con gesto de indignación—. Marco, ¿alguna vez he fumado porquerías?

—Tiene fiebre— ha dicho Carmela y Marco oye su ovz desde un insoportable estado de sopor.
—Carmela —dice él, al verla—, volvió usted.
—No hable mucho —dice ella.
—El jardinero… dígame. ¿Lo maté? —pregunta Marco—. O sea… ¿Quedó bien muerto, así, que ya no respira, ni su corazón hace bum bum?
—Procure no hablar— Carmela le pone una mano sobre la frente—. Felizmente no es muy alta su fiebre.
—Pero dígame si no tiene sentido —insiste él— ¿Qué hacía un jardinero en una vía rápida?

Cierra los ojos y vuelve a estar en el departamento nuevo. Lento Rodríguez debe de estar hablando de filosofía, siempre hace eso, lo veo con su copa en alto, la chompa de cuello alto y el traje de sastre. Lo dejo hablar, me alejo de su aura intelectual. Ahora se dispara una música electrónica desde alguna esquina. Susan me jala de la mano, me arrastra para bailar, empieza a danzar para mí. Tengo sed, he consumido éxtasis, lo sé, aunque no recuerdo cuándo. La música me envuelve y me dejo envolver, sacudir al ritmo frenético.

—Suéltate más, Marco —ella levanta los brazos y ondula su cuerpo como si fuera una odalisca y yo un jeque, me mira y grita por sobre las ondas sonoras—. ¡Deja que el ritmo fluya, let it be con el universo!

La habitación brilla con luz azul, los cuerpos bailan con los brazos levantados, todos con los brazos levantados, veo siluetas, contornos. Susan no debería haber venido y detrás de mí veo a Jorge arrodillado aspirando dos líneas de cocaína sobre la mesita de centro, usa su tarjeta de crédito para juntar la merca. Quiero gritarle que me guarde un poco, pero Susan me jala hacia sí: “Ignóralo”, me dice. Termino sumergiéndome en la masa de formas azules. La miro a los ojos, me alejo para verla danzar, me acerco a ella, siento la turgencia de sus pechos contra el mío, me olvido de la droga y me sumerjo en ese baile tibio de cuerpos azules y sudorosos en el que ella me deja recorrerla con las manos.

—Gracias por llamarme —me dice Susan, que me ha pasado una mano por el cabello— esta fiesta es una linda sorpresa.
La beso en los labios sin dejar de bailar. En un momento nuestros dientes se golpean, empezamos a reír.

La luz blanca de nuevo.
—Tenemos que amputar —comenta un hombre— pero necesitamos su autorización.
—¡¿Amputar?! —dice Marco, trata de luchar pero su cuerpo no responde—. ¡Oe, chucha tu madre! ¡¿A quién le vas a amputar?! ¡Anda ampútale a la puta que te parió!
—Si no hay otra opción —la voz de su tío Adalberto suena lejana y latosa—, corte, él es un chico valiente.
—¿Tío, no me escuchas? —Marco intenta incorporarse inútilmente—. ¡¿Qué cosa?! ¡¿ Acaso no importa mi opinión, hijos de perra?!

La línea de cocaína está frente a mis ojos, me mira desafiante, yo la observo a ella, la miro fijamente, me siento como un piloto de fórmula uno frente a la línea de partida, esperando que den las señales de fuera. Me arrodillo como para adorarla. Escucho un ruido, golpean la puerta del baño. Dicen que alguien está encerrado allí por más de media hora. No veo a Susan por ningún lado, temo por ella. Susan se interpone entre la línea de cocaína y yo, ahora la imagino en el baño, con las venas cortadas, flotando en un enorme charco rojo, flotando en el jacuzzi que pensaba estrenar con ella.

—Señorita Carmela —susurra él, que siente la cabeza pesada—. Recuerdo una fiesta, ¿sabe? Es una fiesta en mi departamento, la recuerdo cada vez que cierro los ojos. No sé si la sueño o la imagino.

—Marco, qué pena con usted, lo estaba buscando —me dice Malena parada en frente de mí, con ese vestido ceñido que deja ver sus orgullosas tetas de silicona, briosas y tensas como dos de esas pelotas de goma que uno presiona para escapar del estrés— quiero hablarle, pero no aquí, sino en privado.
—Vamos —le digo, volteo hacia donde está Susan y la veo sirviendo bocaditos a unas personas que no conozco, que nunca invité—, hablemos en la sala de televisión.
Mientras camino siguiendo a Malena veo la línea de su espalda, una línea que divide el cuerpo en dos partes iguales, se me antoja verla como un embrión de esos que parecen pallares. Dicotiledónea, la palabra viene a mi mente sin que la evoque voluntariamente, no sé si es correcta. Malena sigue caminando. La imagino con las palmas apoyadas en el escritorio, las piernas semiabiertas, yo de pie, detrás de ella remangándole el vestido rojo sin hacerme mayores problemas, respirándole en la nuca.
—Ahora sí, Marco, cierre la puerta, por favor —dice ella y se sienta, apoyándose apenas en el escritorio. Me mira a los ojos y vuelve a hablar, esta vez en voz más alta—. Marco, yo sé lo del jardinero.

Susan sale intempestivamente del baño, me mira junto a la mesa. Ahora está entre la línea blanca y yo, como una chica que hace girar una bandera de cuadros negros y amarillos en el partidor. La línea sigue sobre la mesa de vidrio, alguien podría soplarla o aspirarla. Susan en la línea de partida.
—¿El jardinero?— pregunto.
—¿Cuál jardinero?— dice Susan. Malena no está cerca.
—No te la aspires —amenazo a Jorge con un gesto, deslizando el índice por el cuello como si fuese un cuchillo— no seas pendejo. Ya regreso.

—Podrá caminar con muletas —dice la voz lejana— y ahora hacen piernas muy buenas en las ortopedias.

Jorge ha aspirado la cocaína, levanta la cara hacia el cielo y sacude la cabeza. Su boca se deforma en una mueca graciosa. De un momento a otro siento asco, asco de Jorge, de su boca torcida, de las palabras que apenas logra pronunciar, de esa fiesta inmunda a la que no sé cómo llegué.

No sé quién soy. Siento un golpe de entendimiento, las cosas se aclaran en mi mente. Yo no soy yo, sino el jardinero que atropellé, soy él imaginando la vida del tipo que lo atropelló. Soy un anciano echado en una cama y tratando de imaginar qué puede pensar un yupie irresponsable que maneja como loco y que vive en un mundo de drogas, pasadazo, rodeado de amigos vacíos y falsos.

Ahora todo es claro, voy en una bicicleta vieja. Visto un pantalón plomo, remangado, veo mis brazos con una camisa blanca a cuadritos, es una camisa vieja y percudida, varias líneas plomas forman los cuadritos. La bicicleta chirria entre mis piernas a cada pedaleada. Un auto frena, siento el contacto pero no siento dolor alguno, todo se hace blanco. Soy un gusano, un gusano que no siente sus extremidades.

—Carmela —pregunto al verla— ¿Me amputaron las extremidades? Dígamelo, soy un gusano, ¿no?
La señorita Carmela me dice que me tranquilice. Siento espuma en la boca, mi voz es pastosa como la de Jorge.
—Soy el jardinero —le digo y no puedo contener el llanto—. Estoy minusválido y ese abogadito no va a pagarme nada. Dígamelo señorita, por favor.
La señorita Carmela se aleja unos segundos, regresa con unas mantas, me abriga y dice algo sobre estar delirando. La veo ajustando unas perillas de una bolsa de suero que cuelga junto a mi cama.
—No se preocupe, Marco —dice ella— esto le va a limpiar la sangre.

La miro en silencio, quiero decirle que soy el jardinero, que me despierte de esta pesadilla, que aún siento el chirriar de la vieja bicicleta entre mis piernas inmateriales.

—El jardinero ha muerto —dice Malena, se acerca, me abraza, aproximando su boca a mi oreja, siento su aliento cálido y húmedo— que pena con usted, Marco, pero tenía que decírselo.
—El jardinero no ha muerto —la tomo del brazo y la jalo con fuerza—, el jardinero soy yo. ¿No lo ves?

Escucho un timbre lejano que se repite una y otra vez, golpean a la puerta del baño. Susan está allí dentro, muerta, pero no me preocupa, sé que no ha muerto, que la imagino, que no existe, que soy un jardinero sin brazos ni piernas.

Abro los ojos, el techo parece bajar y detenerse a unos centímetros de mis ojos. El foco está ahí como una nave espacial que me observa desde el cielo raso. Siento algo de frío, estoy semidesnudo, echado en mi cama, ya empieza a oscurecer. Escucho el silbido de Jorge Castrillón, el timbre apresurado y los golpes que se repiten en la puerta. Me levanto, busco algo de ropa para abrir. La fiesta recién empieza.
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Fotografía, parte de la película española Muerte de un ciclista, tomada de ls siguiente dirección página: londres.cervantes.es/.../Ficha45691_22_1.htm

domingo, 6 de abril de 2008

Círculos


Ha dado una vuelta más alrededor de la mesa, bordeándola y recorriendo toda la circunferencia con sus pasos menudos y constantes. Lula, como de costumbre, la observa a través de sus ojos perrunos, la observa echada desde esa suerte de rosca canina en la que se envuelve para tolerar el frío, la mira tan solo para evitar que le pise la cola o se tropiece con ella. La mira unos segundos, ya acostumbrada a ver esas vueltas casi eternas y luego vuelve a enterrar su hocico entre las patas con tanta gracia, que a veces parece que estuviera cruzándose de brazos.

Ya no me extraña el hecho de que Vania camine en círculos, lo que me extraña es que he notado últimamente que todos sus pasos los da en sentido horario.
A veces ella camina en torno a algún objeto (el bolso de mano que le regalé, la mesa o alguna silla); pero en otras ocasiones camina en torno a la nada, a cosas que creo que imagina y que bordea, pero siempre en sentido horario y en círculos casi perfectos. Nunca la he visto formando una figura poligonal, aún cuando camine al rededor de la mesita de centro —que es rectangular– solo en círculos, quizá en un elipsoide que no logro captar. Cuando la llevo a la calle debo forzarla a caminar en línea recta, jalándola de la mano, forcejeando contra su voluntad, a regañadientes; pero al volver a casa vuelve a su cíclica rutina de círculos.

Por las tardes, cuando puedo sentarme a hacer algo, la observo y le hablo. Me escucha atenta y cuando parece que me está entendiendo empieza a recorrer su largo camino de minutero, alterando algunos instantes a Lula, balbuceando murmullos incomprensibles que son como intentos de palabras, como canciones que uno tararea sin recordar la letra.

Cuando salgo a la calle y camino ese laberinto de líneas rectas y ángulos multitudinarios, pienso en Vania y sus pequeños círculos, en ella y sus dedos ágiles como gimnastas, en ella y sus canciones desconocidas. Comparo su universo circular, incompatible con ese otro mundo poligonal, plagado de calles rectas, esquinas, automóviles y toda esa basura urbana a la que tan acostumbrados estamos los animales urbanos. En ese momento me pregunto por qué tenemos esa insidiosa tendencia a poligonizar nuestro entorno a encerrarnos —y enterrarnos— entre esquinas y lados. Me pregunto por qué abandonamos nuestro universo circular del que solo somos conscientes —si es que alguna vez lo tuvimos—, por la forma del sol y la luna y finalmente me pregunto tantas cosas que termino pensando que a lo mejor las formas no son como son, sino que son como están en nuestras mentes.

Vuelvo a ver a Vania caminando. Lula se despereza y mueve una oreja atenta. Me pregunto si Vania sabe que un círculo puede ser infinito y que cualquier punto puede ser el primero y el último. Mis ojos de madre la ven caminar una y otra vez. No me canso de verla. Sé que mientras tejo una chompa ella hará algunos círculos más, canturreando canciones desconocidas. Lula volverá a dormirse o acaso a fingir que duerme, acurrucándose despacio con los ojos apretados y las móviles orejas atentas a cualquier movimiento.