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viernes, 2 de diciembre de 2011

El cumpleaños...


Ahora que ha pasado mi cumpleaños, acabo de recordar un cumpleaños especial. Fue el dos mil dos, si mal no recuerdo. Fue martes, eso sí lo recuerdo. Ese día llegué algo preocupado. Esperaba sinceramente que mis amigos los agorenses no recordaran que era mi cumpleaños. Sabía que a esas alturas dicha opción resultaba prácticamente imposible —más aun si teníamos en cuenta las bochornosas circunstancias, que ya contaré, ocurridas en los días previos— sin embargo, la esperanza era lo último que se perdía. Camino a la universidad repasé esos tétricos —para mí, al menos, lo fueron— días anteriores. Me acerqué a los servicios de internet que ofrecen en la Biblioteca Central, y en un intento, tan desesperado como vano e iluso, por salvar mi pellejo, que empezaba a tener una textura gallinácea, envié un mensaje para la gente del Ágora. No recuerdo muy bien los términos, sin embargo, en líneas generales decía algo así como:

Muchanchos:
Les pido, es más les ruego encarecidamente, que no vayan a hacerme pasar una vergüenza de esas a las que últimamente parecemos predestinados. Por favor, si quieren saludarme, vengan y nos echamos un par de cervezas como el buen Baco manda. Pero, por favor, olviden la idea de la ridícula torta, los cánticos, sombreritos y eso. Se los pido realmente de corazón. Si aun así deciden hacerme quedar en ridículo me encargaré de vengarme personalmente de cada uno de ustedes... ¡Malditos!

Envié el mensaje e ingresé al aula. Sabía que no lo leerían, pero el enviarlo me hizo sentir un poco mejor. Recuerdo vagamente la clase, era del curso Literatura Universal. El profesor habló de Umberto Eco y El nombre de la Rosa. Aunque el tema me interesaba, atendía sólo por momentos, de más está decir que toda mi mente estaba pendiente de los extramuros del salón de clases. Imaginaba a Boris, tal como lo había prometido, ataviado con su enorme casaca marrón y un gorrito cónico —y cómico, dicho sea de paso—, llevando en las manos un torta que probablemente diría algo tan vergonzoso como ¡Feliz cumpleaños Ruchi! A su lado, Gonzalo y Percy esperarían ansiosos que se abriera el salón para en el último instante huir o entrar. Mientras el profesor mencionaba algo acerca del dinamismo de la novela policial, imaginé que Gonzalo entraría muy campante detrás de Boris y su disfraz de payaso de feria. Percy, algo dudoso, ingresaría luego, balanceándose al andar y forzando una sonrisa, obligado por las circunstancias, y yo me sentiría traicionado como Jesús o César, debiendo fingir una sonrisa amable. Coque Boris, fili mihi.

Mientras se intentaba diseccionar a Eco, recordé los sucesos del día anterior, casi pude ver aquel instante en que Boris dijo muy suelto de huesos, que todo tenía que salir bien porque él ya había planeado todo para que nos divirtiéramos. La fiesta, claro estaba, era suya. Yo debía presentarle las chicas de mi salón, y él se las llevaría a degustar comida china. Todo sería muy fácil, y divertido, solo había que seguirlo y listo. El estandarte de la corriente opositora a los planes de Boris, lo llevaba hidalgamente Gonzalo. Gonzalo obviamente había pisado algo más de calle que su oponente y propuso reunirnos con las mismas mozas, para celebrar con un brindis y luego, ir a bailar —haríamos el intento, al menos— y seguir tomando, no una borrachera, sino algo como para alegrarse y conocerse mejor. Me pareció una opción más racional, sin embargo en ambas lo común era que yo les presentaría a unas féminas que aún no conocían, y ellos se divertirían a más no poder. Al final de la jornada, todos felices y contentos. Me senté a escuchar como Boris y Gonzalo discutían, sobre cuál sería la mejor manera de pasarla bien con unas muchachas que no eran suyas —aunque ya se las habían repartido— en un cumpleaños que tampoco era suyo y con un dinero que por supuesto tampoco era suyo, ya que debían pedirle efectivo a Percy. En un momento Percy, que también había guardado silencio alzó la voz y dijo:

—Señores —Percy sentenció apuntando con el dedo índice hacia el cielo—, todo está bien, pero pregúntenle al hombre qué quiere, al final de cuentas… es su cumpleaños.

Consultado por compromiso, y a sabiendas de que poco o nada importaba ya en esos instantes mi opinión, me pronuncié a favor de la propuesta de Gonzalo. Boris se alteró un tanto, no dio su brazo a torcer y antes de irse refunfuñando nos amenazó asegurando que no importaba lo que quisiéramos hacer, porque él ya había planeado cuidadosamente cómo celebrar mi cumpleaños, que traería una sorpresa, y que por último nadie podría evitarlo, porque yo era su amigo y él, bueno, él quería celebrar mi cumpleaños con bombos y platillos, como era debido.

Cuando el profesor dijo que era la hora de tomarse un breve receso de quince minutos sentí algo semejante a un nudo genital en la garganta. Pensé en desaparecer, en huir nuevamente lanzándome por la ventana como lo había hecho la vez de las flores. Me dije que lo que debía hacer era interceptar a Boris y golpearlo en la quijada con toda la violencia del caso, lo derribaría y con él a su torta. El ridículo sería suyo, echado como un pelmazo con la torta en la cara. Quizá así podría desviar la atención y salvar mi desmejorado honor. Apenas se puso en pie el profesor salí presuroso, dispuesto a noquear a Boris —juro que esa era mi intención— sin embargo lo encontré sentado tranquilamente en la baranda, junto a Gonzalo. No habían traído la torta ni los estúpidos gorritos.

—¡Eh, feliz cumpleaños, compadre!— dijeron al unísono.

Respiré hondo y lentamente. Mis peores temores habían quedado de lado y podía al fin sonreír feliz de la vida. No exagero al decir que estuve feliz, como no lo había estado ni lo estaré en mucho tiempo. Con una amplia sonrisa me acerqué a saludarlos.

—No pude traer las cosas, Percy no se quedó— agregó Boris algo molesto y acongojado por no haber podido llevar a cabo su cometido, y por la falta de liquidez.
—No te preocupes hermano, esto es lo que yo realmente esperaba, un sincero: «feliz cumpleaños», eso y nada más, nada de vergüenzas conmigo— dije sin poder ocultar mi alegría.

Ilusamente creí que las cosas quedarían ahí, que no iba a pasar vergüenza alguna, pero olvidaba que estaba hablando con Boris, el maestro de lo inverosímil, aquel individuo que, actuando junto con nosotros —sería injusto quitarnos el mérito correspondiente— era capaz de llevar el ridículo a la condición de arte virtuosa. Sí, en ese momento había olvidado que habían prometido ir al día siguiente, el miércoles, para bailar con algunas de las chicas.

El miércoles fue literalmente un día de miércoles. Tras los saludos respectivos, empezaron las actitudes extrañas. Hasta ahora no sé si ellas se acordaron o no, de la susodicha reunión que teníamos para ir a danzar —teóricamente, para danzar como lo hacían nuestros ancestros cavernícolas, en sus oscuras grutas, antes de dedicarse a follar a la luz de las teas—, o si acaso no les dio la gana de venir o algo así, lo cierto, es que estuvieron sentadas a unos metros de donde mi patético —en ese momento lo éramos— grupo de amigos aguardaba. Tras una media hora la espera terminó por exasperar a Boris, quien, cuando las féminas se retiraron, no tuvo mejor idea que alzar los brazos y clamar a los cuatro vientos nuestro infortunio, que en realidad era el suyo propio, ya que a esas alturas, los demás simplemente queríamos libar como Baco ordena a sus huestes. Para mala suerte nuestra una de ellas se había retrasado y al lado de su enamorado vio el deplorable espectáculo de un grupo de adultos, casi geriátricos, en el que uno de ellos lloraba porque quería ir a bailar como si fuera un mozalbete.

Tras las bochornosas situaciones Boris dijo que no quería beber licor —esto es algo que él no hacía porque aseguraba que su decencia se lo impedía— como los demás. Algo irritados, decidimos ignorarlo e ir. Decepcionado, él se fue a su casa cabizbajo. Cuando volteamos, sólo vimos a lo lejos, su figura que se alejaba a paso lento. Pensamos en detenerlo y no dejarlo solo, pero acordamos sin mediar palabra que no podíamos ceder cada vez que decidía no hacer algo. Seguimos caminando a paso firme con dirección a las cantinas. Con los primeros sorbos de cerveza nuestros papelones quedaron de lado y sólo nos sirvieron para reír a mandíbula batiente, no sin antes soltar un par de insultos y burlas para con el bueno de Boris.

jueves, 3 de noviembre de 2011

El patio de Percy (crónica chalaca)

Puesto que hemos estado hablando de sombras, he recordado una historia que se me antoja contarles.

Nunca había tenido —y quizá nunca los vuelva a tener— tantos visitantes mi buen amigo Percy, como el verano del año dos mil cinco. Ese fue un año fructífero para todas las relaciones humanas que el buen Percy buscaba entablar. El punto de reunión era su patio, un espacio pequeño, alegre, acogedor y bien ventilado en el que su esposa había acopiado con mucha delicadeza algunas simpáticas macetas. Nos reuníamos allí a conversar a tomar unas cervezas y disfrutar del aire libre. Sí, ese era el patio de Percy, lugar inolvidable.

Un par de años antes Percy había decidido casarse y en la reunión, que dicho sea de paso fue apoteósica y memorable, no pudimos evitar preguntarnos si acaso habíamos perdido un amigo. Esos temores se acabaron un corto tiempo después, cuando nos invitó a su casa para respirar un poco de aire puro y, digámoslo así, ver el panorama. No entendimos de buenas a primeras, el panorama, más allá de las macetas y unos cuantos fragmentos de casas vecinas, no era muy alentador.

—No se preocupen, ya va a empezar el show —aseguró nuestro anfitrión muy tranquilo y se cruzó de brazos.

Y el show empezó.

El panorama lo constituía una silueta femenina, cuya habitación daba al patio de Percy, la cual gustaba de cambiarse de ropa —con felina delicadeza— quitándose prenda por prenda sin preocuparse demasiado de que su imagen, interponiéndose a la luz como en un circo chino de sombras, mostraba mucho de lo que allí sucedía a los ávidos ojos de los que estuvieran del otro lado de la cortina.

Sí, el patio de Percy fue famoso, y lo siguió siendo incluso luego de aquel día en el que recibió la visita de su padre y amigos de aquel. Resignado al ver que la danza de la lluvia no había funcionado y que ya llegaba la hora del circo chino, Percy trató de distraerlos haciendo un truco con marionetas e incluso, según nos confesó, estuvo tentado a soltar alguna cucaracha para que espantara a los visitantes, pero nada pudo evitar lo que ocurrió. Mientras Percy hablaba las prendas fueron cayendo una tras otra, el bailecito empezó y las sombras dejaron mucho a la imaginación. El silencio se hizo entre los invitados y si bien aquello no significó el fin del asunto, fue sí la premonición de la muerte.

Cuentan que una tarde, luego de cenar, Percy tuvo a bien sentarse a tomar algo de aire en el patio. Acomodó su silla. Cruzó los brazos a la altura de la nuca y encendió un cigarrillo para disfrutar la función, pero, en el preciso instante en que las primeras prendas empezaban a caer, llegó su esposa trayendo un jugo de piña para tomar juntos.

Nadie dijo nada. Tomaron el jugo en silencio. Percy prefirió ir a ver algo de televisión, una película, dijo, cosa que su esposa aceptó sin protestar. A la tarde siguiente, cuando llegamos a visitarlo, nuestro buen amigo, algo cabizbajo nos contó lo sucedido. No había sido tan trágico, le dijimos, tal vez su esposa no se había dado cuenta. Cuando nos sentamos a la mesita en el patiecito comprendimos el porqué de la expresión de Percy. En lugar de la cortina había un pedazo de triplay en la ventana vecina.

Como dije. Nunca ha sido tan concurrido el patio de Percy como aquel verano de dos mil cinco.

domingo, 31 de julio de 2011

Mi primer día de clases


Hace unos años, cuando estudiaba en la universidad de San Marcos, ocurrió que cierta tarde llegué con la idea de buscar a mis amigos, la gente del Ágora, para hablar un poco. Entonces el verano se me hacía lento y eterno, y yo quería charlar con la gente acerca de cualquier cosa para salir del tedio. No nos habíamos visto desde la frustrada despedida del año y a mí poco o nada me importaba que intentaran dejarme como muñeco alfiletero con sus puñales verbales, ellos eran mis amigos y quería verlos.

Lo cierto fue que como no nos habíamos puesto de acuerdo, no los encontré y me puse a dar vueltas por la universidad. Pasadas algunas vueltas, encontré a Boris parado en la terraza de Educación. En las dos semanas que habíamos dejado de vernos, Boris había sufrido una metamorfosis, ahora lucía ocupado y apurado, su proyecto de academia iba —según me contó— viento en popa y sólo faltaba afinar algunos pequeños detalles. Éste que estaba parado frente a mí era un nuevo Boris, el Boris empresarial, ya no era el pesimista aquél que se negó a despedir el año viejo con la gente, su nuevo yo rebosaba optimismo. Su enemigo ya no era un inefable poema ni un ramo de flores, ahora se enfrentaba al tiempo. El día ahora resultaba ser un lapso muy breve para las infinitas e intrincadas tareas administrativas de mi renovado amigo y, una de ellas —casualmente— implicaba hacerse de personal docente para que dictara clases en su academia. Hube de esperar un buen tiempo para poder hablar con Boris, ya que había improvisado una junta al aire libre con sus preocupados socios para ver los últimos movimientos de la naciente empresa.

Mientras esperaba me encontré con Ríchifuz. Joven amigo de la gente del Ágora, algo atolondrado y bonachón, Ríchifuz me contó que hábilmente había conseguido un colegio para que Boris pusiera un local de la Academia Jean Paul Sartre y tenía la esperanza de que a cambio, la junta directiva, asesorada por el buen Boris, lo pusiera a dictar alguno que otro curso.

Una vez terminada la junta Boris llegó acelerado, hablaba atropelladamente. Dijo que tenía un problema con el curso de literatura, que el profesor se había tenido que ausentar intempestivamente y que no conseguía reemplazo. Me miró fijamente y luego,, fresco y directo como siempre, Ríchifuz no tuvo mejor idea que postularme como docente.

—¿Podrás dictar, cholito? —preguntó Boris.
—Por supuesto —dije.

Una vez pronunciada la frase, medité acerca de lo que había dicho. Recordé mis últimas exposiciones en la universidad, alumnos silenciosos y profesores asintiendo me respaldaban. Yo pensé que ya que disfrutaba la universidad, en nuestro mundillo de coleópteros, no podía asustarme unas orugas que recién pensaban en postular a la universidad.

Con el ego inflado, no me importó no haber dictado jamás, y mucho menos, el no haber llevado el curso de didáctica. Entraría y haría unas bromas, lo de siempre, motivarlos con algo de su entorno, el fútbol o alguna minucia de esas.

—¿Cuándo empezaría? —pregunté.
—Mañana temprano —respondió Boris volteando a ver a Ríchifuz—, a las ocho de la mañana en el colegio... ¿Cómo es que se llama?
Colónida, es fácil para llegar, queda cerca de mi casa —acotó Ríchifuz, agregando luego una frase innecesaria mientras se sobaba las manos—. Hay una flaquita bien riquita.

Para mí en ese momento, la referencia era inútil. No importaba si el colegio era la casa de Ríchifuz, pues no conocía su casa, de manera tal que tuve que solicitar un mapa. De otro lado, empezar al día siguiente era a la vez una opción suicida, demente y un reto. Pero yo vivía en ese mundo y necesitaba algo que me permitiera llevarme un par de soles al bolsillo, así que acepté de buena gana.

Mientras Ríchifuz se despedía, Boris llamó a una chica que fungía de socia suya para que me diera el temario.

—Él es el profesor Robles —Dijo Boris—, va a dictar el curso de Literatura en el Colónida.

Mejor presentación no podría haberme hecho, yo que había llegado buscando unos tragos, me iba ahora hecho todo un profesor, de una academia llamada Jean Paul Sartre y en un colegio llamado nada menos que... Colónida.

Cuando me alcanzaron el temario repasé rápidamente los títulos a vuelo de pájaro. En verdad no leía, emocionado como estaba. Conocía los títulos, sabía que podría improvisar, narrar algunos argumentos o contar anécdotas, de manera que me limité a encogerme de hombros y sonreír.

—Te pasaste —me dijo Boris, al tiempo que me alcanzaba un croquis del colegio—. Nos sacas de un gran apuro.

Yo continuaba sonriendo, no tanto por mi inimaginada condición de docente, sino por la sencillez de los temas.

—¿Quién más va a dictar? —pregunté. En verdad quería saber quién dictaría aparte de mí y de Ríchifuz.
—Nadie que tú conozcas —aseveró Boris.
—¿Nadie? —dije algo contrariado— Ríchifuz me dijo que... bueno, que él había conseguido el colegio y que a lo mejor...
—Ríchifuz ayudó —aseguró Boris moviendo la cabeza en actitud negativa—, pero bueno, seamos sinceros, a él le falta mucho. Lo pondremos a volantear...

Me puso un tanto intranquilo ver la desfachatez con la que Boris se había deshecho de Ríchifuz. Pensar que el pobre diablo creía que iba a dictar un curso.

—Eh, Rubencito ven a la tela... Camisa y corbata —sentenció Boris antes de despedirse—. Dios reparta suertes.

A la mañana siguiente me desperté muy temprano. A las ocho de la mañana ya me hallaba bajando frente al colegio Colónida. Tan rápido como pude entré por el portal. Dentro del colegio una asustadiza señora me miró como examinándome de pies a cabeza. En un acto reflejo procedí a mirarme también, pensé que a lo mejor llevaba baja la cremallera o el pantalón sucio. Todo sin embargo parecía marchar normalmente, mis zapatos se hallaban empolvados por el terral que había tenido que cruzar pero lo demás estaba en su sitio.

—Vengo por la Academia Sartre —Hice un marcado énfasis en la A de Sartre para darle importancia al asunto—, para dictar un curso.

Algo más tranquila la señora esbozó algo parecido a una sonrisa. Mientras ella buscaba algunas cosas, tuve que apartarme de un perro que se rascaba ávidamente las pulgas junto a la puerta.

—Ahora le traigo las tizas... Esa es el aula, lo están esperando —dijo la señora, mientras me señalaba una de las puertas.

Avancé lentamente. Era la primera vez que caminaba por el colegio Colónida. y temí que fuera la última. El aula no era precisamente el Palais Concert, y temí que si el viento soplaba fuertemente, todo el colegio se desmoronaría sobre mi cabeza, llenándome por igual de esteras, tierra y pulgas. Lo bueno en todo caso —según me dije—, sería que sin mayores problemas sobreviviría a la catástrofe y podría continuar mi clase escribiendo en la pista con un pedazo de muro.

Antes de entrar dibujé en mi rostro una amplia sonrisa y preparé mi saludo más cordial, aquél que había repasado mientras viajaba en la combi. Qué diablos importaba que las pulgas del perro vinieran siguiéndome, esa era mi primera clase y la iba a hacer linda. ¡Muchachos, cómo están!, diría y ellos responderían desperezándose, seguramente dispuestos a aprender... Empezaría hablándoles algo de fútbol y pasaría al tema rápidamente para que no perdieran el interés.

Cuando al fin entré, un solitario alumno escribía innumerables galimatías en la carpeta. Mi saludo en plural se fue al cuerno, así que procedí a inquirir por el estado del aula.

—¿Los demás? —Pregunté.

Una vez formulada la pregunta temí la respuesta, tal vez el pobre diablo era el único alumno.

—Ahorita llegan, profe —respondió el regenerado piraña.

—Muy bien —dije—, sigue leyendo mientras yo preparo la pizarra.

Al ver la improvisada pizarra recordé mi idea de escribir en la pista. Era ella un recuadro negro que había sido pintado en la pared irregular, de manera tal que me resultó imposible borrar los innumerables escritos anteriores, acumulados seguramente durante cientos de clases. Me puse a copiar unos versos aquí y otros allá, el tema era el de los géneros literarios. Un fragmento de Los ríos profundos, otro de El médico a palos y unos versos de Jorge Manrique fueron pintados por mi mano en la pared. Mientras escribía recordé la escritura cuneiforme y pensé empezar bromeando con la necesidad de contar con una cuña para escribir en esa pizarra. Pronto desistí de la idea, a lo mejor ofendía susceptibilidades. Opté por esperar a los otros alumnos.

Uno a uno fueron llegando los siete alumnos que formaron mi primer salón de clases. Nunca había vivido esa experiencia, sino como alumno, y ahora comprobaba que un profesor también puede sentirse decepcionado ante su auditorio. Cuando terminaron de llegar me limité a observarlos unos segundos. No eran el grupo de postulantes que suponía, jóvenes que se inscribían pensando en el examen de admisión, dispuestos a ingresar; nada que ver, éstos que tenía frente a mí eran unos niños que según pensé, habían sido enviados por sus padres por pirañas o para que dejaran de destruir la casa.

Tratando de romper el hielo entablé una breve charla con los alumnos, después de todo no me tomaría mayor tiempo.

—Muy bien, muchachos —les dije—, yo les voy a enseñar el curso de literatura, curso interesante, que trata sobre un arte que ha acompañado a todos los pueblos de la humanidad, un arte maravilloso que ha estado con nosotros sin haber sido impuesto. Además es importante si tenemos en cuenta que en el examen de San Marcos vienen seis preguntas de literatura fácilmente contestables y que son ellas las que van a determinar su ingreso por la puerta grande.

Al finalizar mi discurso abrí los brazos en cruz, como si estuviera en un concierto y esperara los aplausos. En silencio, e intrigados los niños se miraban unos a otros, tuve la idea de que a lo mejor un maligno conjuro de la vieja de la puerta me había hecho hablar en japonés o algo así. Era claro que esos pobres infelices no me seguían.

—A ver —dije, tratando de hacerlos intervenir—, empecemos conociéndonos un poco, me van diciendo su nombre y a qué quieren postular.

Empezó hablando el primer alumno, el que había llegado temprano. Algo asustado por tener que hablar, el primer alumno dijo llamarse Carlos o algo así, tras algunos segundos de silenciosa duda, agregó con voz más baja, que no tenía pensado qué estudiar porque estaba en tercero de secundaria y no sabía de qué trataban las carreras.

Al parecer, imbuidos de valor por la frase de Carlos, uno tras otro mis siete discípulos dieron sus puntos de vista. La mayoría eran del tercer grado y estaban ahí sin saber por qué. Sólo una chica pensaba postular a la universidad, sólo una.

—Muy bien —dije rebosante de alegría por ver a alguien que podría seguir mis ideas con interés—, una universitaria en potencia.
—¿Y qué piensas estudiar?— Agregué emocionado.
—Ingeniería industrial— Respondió secamente la chica.

Empecé a sudar a mares, el panorama no podía ser más desalentador, había llegado encorbatado para hablar ante unos pirañas que según temí, esperaban el momento propicio para robarme el maletín lleno de nada que había llevado y la única persona que iba a postular, pensaba en una carrera de ciencias. Mi curso era para unos y otros un castigo, y yo simplemente era el pobre loco que lo dictaba. Para colmo de males una de las pulgas del perro ya empezaba a sangrarme la pierna y no podía ni rascarme a mis anchas.

Cuando empezaba la clase una voz me cortó la viada.

—¿Puedo pasar? —dijo, la voz en el umbral de la puerta.

Cuando volví los ojos vi una chica que apoyada a uno de los lados de la puerta se mordía curiosamente el índice en un gesto que a lo largo de la clase le vi hacer varias veces. Llevaba la chica una faldita azul y un polito blanco por el que se discurría su undosa cabellera.

Supuse que ella era la hembra rica de la que hablaba Ríchifuz. Era simpática realmente, sólo había un problema, era aún una niñita.

—Pasa y siéntate —dije—, con toda confianza.

En ése momento, uno de los pirañas gritó con voz de burro en abstinencia.

—¡Que se presente, profe! ¡Que se presente!

Alcé la vista temiendo ver a Ríchifuz escondido al fondo del salón, creí que a lo mejor el degenerado ése había ido a ocultarse por ahí. Como no lo vi proseguí.

—Ah, mira uno a uno nos hemos ido presentando... Le comentaba a tus amigos que soy Rubén Ramírez, profesor de Literatura y ellos me decían su nombre y a qué quieren postular... Tú eres...
—Virginia, tengo trece años y...

Virginia hizo un silencio y volvió a morderse el dedo. Como ya conocía el silencio terminé la frase por ella.

—Supongo —dije— que todavía no has decidido qué vas a estudiar.
—No— respondió ella y volvió a morderse el dedo.

Como era de esperarse, la clase fue un desastre, sólo yo la entendí, sin embargo la continué más tranquilo, no tenía ni un solo alumno al que le interesara lo que yo decía, para ellos yo era un pobre loco encorbatado que hablaba en japonés. No me afectaba, al final de la clase no podía dejar de imaginar la foto de Ríchifuz en el periódico y el titular.


ATRAPAN VOLANTERO VIOLADOR EN COMAS


Al terminar esa mi primera clase, tenía la certeza de que iba a ser una de las últimas. Unas semanas más tarde Boris y sus socios hicieron realidad mi suposición, al echarme como un perro, eso sí, prometieron pagarme lo de las ridículas clases que había dictado. Ha pasado algún tiempo y decidí alejarme de la carrera de Educación. Gracias a Boris y a su Academia Sartre supe que ése no podía ser mi destino. Sin embargo aún estoy esperando la plata de las clases.

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Entre el 2002 y el 2004 El Ágora fue un sitio de reunión formado por el inefable Boris Rettis (aquel que ha sido llamado "El Almirante" en otro escrito y que se parece al personaje de la imagen), los poetas Gonzalo Ontaneda, Julio Fabián, el gran teorizador de la realidad Percy Colfer y este servidor.

domingo, 6 de febrero de 2011

La Fina Hierba

I

Mi abuela materna me enseñó a limpiar pescado. Sé que dicho así de plano no suena como algo muy interesante y que alguien podría burlarse de mí y decir que a él su abuela le enseñó cosas más trascendentes como leer, desarrollar ecuaciones diferenciales o quién sabe, escribir poemas, a mí la abuela me enseñó a limpiar pescado y prepararlo y eso me sirvió para trabajar y realizar uno de los sueños de mi niñez, conocer a un escritor como los que solo había visto en las fotografías.

Sí, la abuela me enseñó a quitarles las escamas a los peces raspándolos apenas con el cuchillo con un grácil movimiento que iba desde la cola hacia la cabeza en un ir y venir rítmico que al cabo de unos segundos hacía que las escamas, entonces, hábilmente estocadas por mi abuela, volaran por los aires para que el producto marino, antes rasposo como un zapato viejo, quedara liso como un delicado trozo de seda.

Mucho tiempo después, cuando entré a trabajar a un restaurante de comida peruana, recordé con frecuencia aquellas enseñanzas de matriarca que tan sabiamente me había impartido mi abuela materna. El restaurante se llamaba curiosamente La Fina Hierba y era regentado con puño de hierro por un descomunal cocinero llamado Luis Alfonso Gordillo Salvatierra de los Ríos, quien ocupaba su tiempo en hablar de sus estudios en Francia, gritar lisuras, consumir marihuana y hacer llorar a su timorata esposa.

Allí, en medio de gimoteos femeninos, gritos autoritarios y mucha, pero mucha comida empecé mi carrera culinaria. Antes solo había cocinado en mi casa, pero me defendía por lo aprendido en la niñez y era así que cuando me preguntaban de dónde provenía mi afición a la cocina yo respondía diciendo que era una cosa de la niñez, que casi se perdía en el tiempo y que mientras que a mis hermanos mayores mi abuelo los llevaba a medir terrenos para elaborar planos, a mí mi Mama —si vamos a estar hablando de ella, debo contarles que así le decía yo a ella—, para no dejarme solo en la casa, me llevaba todas las tardes al mercado antiguo de Huacho para hacer las compras y luego, ya en casa, me enseñaba a preparar la cena para los que habían salido.

Nunca me quejé, no podría haberlo hecho. Lo mío era eso y me gustaba hacerlo, realmente disfrutaba salir y ver cómo los vendedores de pescado bajaban enormes canastas llenas de lo recolectado por las bolicheras en las jornadas diarias me parecía asombroso, lo mismo cuando veía un cangrejo moviendo sus tenazas como si fuera una araña acorazada y era también lo mismo cuando mi Mama me llevaba de regreso a casa y me conversaba mientras limpiaba el pescado, enseñándome a abrirlo y dejarlo listo para el filete. Pero esa del pescado no fue la única historia que me entretuve en contar durante aquellos años.

También dije alguna vez que uno de mis antepasados por línea paterna fue un negro liberto de apellido Panizo que había llegado a ser cocinero del general Don José de San Martín durante la gesta independentista. Nunca supe si algo de eso era cierto o falso. Lo que sí era cierto era que el cocinero Panizo existió y que mis bisabuelos paternos fueron un español de apellido Robles Canales y una mujer negra de apellido Flores Panizo, así que… alguna relación podía haber habido. Si a todo eso le sumamos el hecho de que mi abuelo paterno era el más conocido y afamado cultor de la culinaria felina —decirle comegatos al abuelo suena un poco feo—del barrio de Malambo, entonces como que las cosas iban acomodándose para sumar una seguidilla de posibles eventos que pueden respaldar un poco mi historia.

En verdad no inventaba esas cosas por mitómano, lo hacía para entretenerme y entretener a mis compañeros de trabajo mientras pelábamos kilos y kilos de papas encerrados en una cocina que parecía estar diseñada para que los que se cocinaran a fuego lento allí fuésemos nosotros, los sudorosos trabajadores.

Al principio mis compañeros de trabajo habían creído mis ocurrencias, luego, dándose cuenta del lado gracioso que contenían —porque mi intención no era engañar, sino entretener—, me dijeron que como tenía ingenio —eso dijeron— sería bueno que hablara más con don Rafo, el mozo. Cuando les pregunté que qué tenía de especial don Rafo, uno de ellos, llamado Tony, me dijo que don Rafo era algo semejante a un sabio, un genio loco de esos que uno nunca termina de saber ni qué es lo que hacen trabajando junto a uno siendo ellos tan inteligentes, ni qué es lo que quieren hacer con sus vidas. Yo, muy intrigado continué inquiriendo por el escritor mozo, entonces mi otro compañero de trabajo, llamado Marco Tulio, tomó algo de aire y sin hacerse tantos problemas me explicó a grandes rasgos que el misterioso individuo no era sino un novelista excéntrico que se había dedicado a trabajar de mozo para conocer al hombre cotidiano en su terreno y así crear sus personajes.

Los días sucesivos me limité a observar a don Rafo. Siempre había querido conocer a un novelista, saber cómo era que trabajaban esos creadores, esos artistas de la palabra. Lo quise saber mientras estudiaba en el colegio. Me preguntaba cómo trabajarían las mentes de esos caballeros. Y entonces miraba una vieja fotografía en blanco y negro que el profesor de literatura había colgado en la pared del aula, en la que se podía ver abrazados a —recuerdo sus nombres— Gabriel García Márquez, Jorge Edwards, Mario Vargas Llosa, José Donoso y Muñoz Suaz.



—Esos hombres —decía el profesor, los ojos desorbitados, como poseído por un espíritu maligno mientras señalaba la fotografía—, esos hombres de allí pusieron a Latinoamérica el sitial que le correspondía. No fue Rubén Darío, fue la literatura del Boom, los novelistas, esos creadores.

Y yo miraba la fotografía, y me quedaba viendo a esos hombres patilludos, sonrientes, abrazados y ataviados con guayaberas como las que había usado mi padre y tras ellos enormes filas de libros apilados en una biblioteca más, mucho más grande que la del colegio e intentaba recrear en mi mente cuán sofisticadas serían sus conversaciones —jamás se me ocurrió, por ejemplo que se reunieran para hablar de las chicas que les gustaban o que planificaran algo tan trivial como acudir a bailar a una discoteca— e imaginaba cuán interesante sería poder conocer a alguno de ellos.

martes, 13 de octubre de 2009

Al maestro con cariño - ¿Dónde dejó la "i"?

Bueno y hoy he estado recordando. Ayer estuve hablando con mi amigo César de M, más conocido por estos lares como la Pulga Sanmarquina y ambos evocábamos aquel tiempo en el que llevábamos cursos en San Marcos, y es que ahora vamos en días distintos, ya sin coincidir en tiempo y espacio.

—Es como en las clases de Lingüística —escribe César en el Messenger— ¿las recuerda usted? Cuando no podíamos sentarnos juntos.

Siempre me ha resultado curioso este trato de usted que nos tenemos con los amigos más cercanos, un usted que no separa, un usted amical que no es sino un tú enmascarado.

—Claro que las recuerdo —le digo— aunque en verdad fue una sola clase.

Y claro que sí, fue una sola clase, porque el profesor, al que para ocultar su verdadera identidad y evitar herir sus susceptibilidades —al maestro con cariño—, daremos en llamar con el ficticio nombre de “Desedereo”. Y es que un día yo cometí una falta gravísima para un alumno de la facultad de Educación, le dije que no estaba de acuerdo con él y que creía que estaba equivocado y Desedereo, herido en su amor propio me colocó en la carpeta de indeseables que había creado en su disco duro mental. Y así empezó una relación de respeto y cariño de maestro a discípulo que incluyó frases de él como “Se hacé lee usté sos alumnos se van a quedar dormedos”, a lo que yo respondí con un tranquilo “Bueno, no se preocupe, si se duermen los despertaré”.

El asunto fue que un día, porque para suerte mía —y estimo que suya— me matriculé en uno de sus cursos, y en una de esas situaciones que tiene la vida me encontré con César que me confió que llevaba el mismo curso en las mañanas y yo, muy contento le dije que me iba a pasar a su salón de clases.

Esa misma tarde hablé con Desedereo y el profesor —con quien ya había hecho las paces— tuvo a bien aceptar la propuesta “No hae problema Robles, pásese a la mañana, nomás”, me dijo él. Y así fue que entré a un aula atiborrada de alumnos en la que tuve que buscar con la mirada hasta que hallé al fondo, medio escondida a mi Pulguesca amistad. Ahí empezaron los problemas.

No pasaron más de cinco minutos cuando Desedereo nos llamó diciendo: “Robles, Márquez, vengan más adelante”, y nos conminó a sentarnos en la desértica primera carpeta, en la que nadie quería estar ubicado. Y lo vi molesto a Desedereo, y se puso más molesto cuando intento hablar en inglés y César casi se orina de risa, y ambos preguntándonos si acaso Desedereo sabía que un buen día alguien inventó la letra “i” y él hablando sin pelos en la lengua para decir cosas como: ¿Jau ar yu, ar yu faen? Y él que nos lanzaba miradas viscerales y al final de la clase yo, algo inocente me acerco a decirle que bueno, que ya él me había dado pase libre a la mañana, que me diera por incluido en ese salón, cosa a la que él respondió con un seco “No se puede, quédese en so salón de la tarde”.

Y así fue que me acerqué a César y le conté que Desedereo sencillamente me detestaba, a lo que César respondió con una carcajada de aquellas que solíamos lanzar cuando nos acordábamos de alguna frase jocosa y me contestó arguyendo que a él también lo odiaba y más, porque alguna vez el buen profesor creyó que César iba a ser su yerno… Pero esa es otra historia y mejor la cuenta él.

miércoles, 7 de octubre de 2009

De la selva su poeta


Se llama Heriberto, Heriberto A… y bien podría haber sido el personaje de una novela (no de una telenovela, porque en esas historias los tipos sencillos no venden). Lo conocí en San Marcos. Era él un tipo que sonreía, así, a secas, el que sonreía. Un buen día despertó —imagino— colgado de una hamaca y, sin saber por qué, se dijo que iba a escribir como Neruda. Fue así como salió de su tierra y dejó todo para venir a la capital a cumplir su sueño. No tengo nada en contra de que Heriberto quisiera ser poeta, es solo que siempre le dije —te lo dije, hombre—, que no debería ser Neruda, sino Heriberto A… y que en lugar de intentar reescribir los veinte poemas de amor (como una suerte de Pierre Menard de la jungla) escribiera sobre su cultura, sobre los mitos que escuchó de niño, sobre el cabello negro y sedoso de su madre que lo arrullaba a la orilla del Amazonas, de la exuberante selva densa y llena de misterios. Pero no, él estaba convencido que debía ser el Neruda peruano y fue así como llenaba partes de sus cuadernos de apuntes con poemas perfectamente espantosos en los que hablaba de las olas del mar, de estrellas que tiritaban de frío en una ciudad gélida ajena a sus vivencias y a sus noches sofocantes en Iquitos, y describía de amadas de ojos celestes, cabellos dorados, cosas que —según me confesó alguna vez— nunca había visto, pero creía que sonaban bien como parte de un poema.

Y Heriberto, el tipo de la sonrisa, de tanto escribir del amor se olvidó de su selva, de la orilla de su Amazonas querido y terminó olvidándose también de sonreír. Cuando lo vi sin sonrisa supe que le había pasado lo peor, que se había contagiado de un mal urbano de consecuencias casi incurable y que era consciente de su propia muerte, sí, Heriberto se había hecho citadino y lo que era peor, se había enamorado de una arpía citadina.

Y un buen día Heriberto A…, alejado de su pueblo, de su Amazonas y de su mirada en lo verde de la jungla supo lo que era odiar y —como si reviviera en carne propia todo el daño que los conquistadores españoles infligían a los nativos de Guanahani— supo que el engaño dolía y que lo mejor que podía hacer era internarse en su selva y disparar desde allí sus flechas envenenadas a todo lo que fuera occidental.

La última vez que lo vi se había refugiado en lo más profundo de sus recuerdos que ahora expresaba en acuarelas de cierto donayre. Me invitó a una exposición de pinturas, le dije que no se preocupara, que iría, pero no pude ir. Hace poco me llamó por teléfono. Estaba él ebrio como una pasa y quería invitarme un trago. Le dije que ya no tomaba y empezó a reír como antaño. Realmente preferí pensar que lo escuchaba feliz al otro lado de la línea. Espero que haya recobrado su sonrisa.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Gripe porcina y combis - más porcinas que nunca

Conocida como gripe porcina, la influenza humana producida por el virus AH1N1, terminó por alojarse a vivir entre nosotros, los seres humanos, y pasar a ser una más de las tantas afecciones que nos amenazan desde la invisibilidad viral.

Ayer, mientras trabajaba en el periódico pude leer la noticia de que el virus ya había estado presente desde hace 10 años en los cerdos -que estornudaban como alérgicos- ante la vista y paciencia de sus dueños. Recordé entonces la prohibición que hizo en el mes de julio el ministro de Salud, Óscar Ugarte, de reunirse en las escuelas y evitar los congestionamientos. Hubo algo que sin embargo -y para terror mío que siendo alérgico a la penicilina, padezco de fobia a las enfermedades-, no fue tomado en cuenta, y es que el Perú es el país de las combis y en ellas, el que no viaja apretado o bien es un suertudo o es el chofer.

Pues bien, el mismo día que me enteré de la suspensión de las labores escolares tuve que ir a trabajar. Eran las 5:00pm y debía apurarme. Subí a una unidad del servicio público, cosa que bien vista resulta ser nombre altisonante para una vil coaster -variante de mayor tamaño y compresión "pasajerística" que su hermana menor, la combi- y tuve que enfrentarme a tres fenómenos insufribles.

El primero de ellos fue el que por alguna mala razón todos los individuos apostados junto a las ventanas decidieron no abrirlas, de manera que el aire estancado y enturbiado se hallaba plenamente enrarecido con toda clase de hedores humanos, colonias baratas y alguno que otro hedor inhhumano que, dicho sea de paso, algún desastrado dejó escapar por ahí. Mientras que muchas gotas de sudor se perseguían por mi frente, me preguntaba... ¿tan difícil será entender que necesitamos algo de aire fresco? ¿tendrán sistema olfativo estos sujetos?

El segundo mal fue la compresión en sí. Hay varios factores conexos ahí. El primero implica que uno deba cuidar sus bolsillos. Una combi -o coaster- repleta de gente es un río revuelto para los ladrones. La ventaja, en todo caso, es que estando todos tan apretujados podía sostenerme con una mano, mientras que con la otra cuidaba de mi único bolsillo importante y el resto del equilibrio lo ganaba rebotando al compás de los cuerpos rollizos -aunque insoportablemente calientes- que estaban a mi alrededor. Otro de los males que hube de pasar fue soportar la repiración de aire caliente que un sujeto me bufía en la frente. Yo estaba psicoseado, si de por sí me resultaba insoportable toda aquella maraña de expectoraciones humanas, no podía dejar de pensar si acaso el dichoso virus AH1N1 no estaría por ahí flotando como un árabe en su alfombra mágica en medio de tanto congénere, esperando ver en qué nariz -la mía por grande- meterse. Cuando alguien emepezó a estornudar estuve -no miento- a un triz de lanzarme por la ventana de emergencias que ya me tentaba con su sistema de jalón para ser abierta a un palmo de mi mano.

El tercer mal fue musical, sí, tuve que soportar una música innoble que me causa escozor cerebral durante la casi media hora que duró aquella tortura.

Cuando al fin pude bajar saqué de un bolsillo mi alcohol y no paré hasta empaparme las manos y cara en él. Entonces, luego de media hora de respirar a "sorbitos de aire" pude por fin inflar mis pulmones a voluntad. Entonces me preguntaba...

¿Sabrá el ministro Ugarte lo que es viajar en combi?

Parece que no, y parece que tampoco sabe que viajar en esos medios de locomoción es una de las cosas más peligrosas que hay, y que si la gripe condenada esa se sigue expandiendo en nuestras ciudades, probablemente sea como pasajera de combi. Total, aquí en Perú viajar en combi es una verdadera chanchada.

miércoles, 11 de marzo de 2009

El "Almirante"... Prisionero del pasado

Nuestro común amigo Sebastián lo bautizó como el "Almirante" y se quedaba escuchándolo mientras su interlocutor improvisaba extensos discursos en los que pretendía fungir de Ovidio en su Arte de amar. Lo escuchaba medio sorpendido, no por su sapiencia, sino por su interminable derramar de frases descabelladas.

-Así es él -le dije- un maestro de la incongruencia.


Yo a B... siempre lo había visto como una suerte de Sam Bigotes del Tercer Mundo. Claro, en ese momento Sebastián no sabía de todas las calamidades que había pasado el buen "Almirante" cuando tuvo a bien enamorarse de una chica que sentía tanta atracción por él, como por la fiebre tifoidea. Pero ese es otro asunto.



Hace dos días me llamó a mi casa. Con su inconfundible voz que parece saltar de alegría por momentos me dijo que me pagaba el pasaje si lo acompañaba a hacer unas gestiones. Accedí de buen grado porque era la oportunidad de reencontrarme con un viejo amigo (en el sentido cabal de la palabra).


No me sorprendió encontrarlo vestido con saco, chaleco de lana y corbata -aun cuando en esos intantes Lima soportaba cerca de 40ºC de insufrible verano-, lo que sí me sorprendió fue ver su cabeza y bigotes -que lo habían hecho ser esa caricatura de Miguel Grau de la que hablaba Sebastián- completamente afeitados y relucientes. Una rodilla, sí eso es ahora su cabeza. En lugar de ser el "Almirante", nuestro común amigo terminó siendo el Ramsés ese de la película Los Diez Mandamientos con Charlton Heston.


Cómo ha pasado el tiempo...


Es curioso, yo al verlo pensé eso, pero para el "Almirante" el tiempo no ha pasado, su conversación gira en torno al pasado, pero no es un pasado recordable, sino un monstruo vivo y atroz que está ahí para atormentarlo inmisericordemente, para no soltarlo y obligarlo a ver hasta el fin de sus días esos momentos que ya no intenta dejar atrás.

Y una prueba de que el pasado no lo suelta y de que su vida se ha congelado en el tiempo es que acabo de percatarme que nunca me devolvió el pasaje.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Zapatazo a Bush - Armas biológicas en las narices

Hace unos años George W. Bush adujo que buscaba armas químicas y biológicas en la Iraq de Saddam Hussein y que ése era el motivo para su invasión. Como se recordará, consumada dicha invasión, nadie encontró las armas de las que hablaban Bush y compañía. Tan solo, en alguna escuela bombardeada se encontró un frasco de RAID y una cucaracha muerta por intoxicación.


Esto hizo Bush —según dice—, por salvarnos a todos de la maldad irrefrenable de los árabes. (GRACIAS BUSH). Lo que Bush no sabía era que la última y más temible arma química de los árabes estaba gestándose.

El último atentado árabe
Dos meses antes de la reciente visita del bonachón George W. Bush a Iraq, Mountazer Al Zaidi, un periodista iraquí empezó a planificar lo que sería un temible atentado biológico. Lo primero que hizo fue dejar de lavarse los pies. Cuentan los militares que lo detuvieron, que entre sus dedos atesoraba toda una pestífera fauna de champiñones, que el olor nauseabundo que emanaba de sus humeantes pies era semejante al del gas mostaza que los yanquis —en una de sus tantas acciones generosas— lanzaron sobre poblaciones enteras en Vietnam* y no falta quien asegura que sus medias sudadas y mugrientas se adherían al piso como ventosas.

De otro lado —y como agravante—, los zapatos usados como proyectil, eran de cuero de vaca arábiga (otra forma de arma biológica) y ha logrado establecerse que antes de entrar al recinto, Mountazer —no confundirlo con Ricardo Montaner— se encargó de pisar cuanta excreción canina encontró en su camino poniendo especial interés en las más «acuosas», como parte de su maléfico plan.

Ya acaba el mandato de George W. Bush, es curioso que cuando ya no las buscaba casi se da con las armas biológicas en las narices. Pienso lo mismo que Hugo Chávez. Lástima que no le dio en la jeta. Hubiera sido memorable.





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*Sí, los hijos del tío Sam, benefactores del mundo, defensores de la democracia y la libertad tienen licencia para usar toda clase de armas, desde misiles hasta bombas atómicas, del gas mostaza hasta el Napalm y el fósforo blanco. Ellos pueden torturar y violar todas las libertades habidas y por haber en Guantánamo o en los campos iraquíes. Pueden invadir países, realizar intromisiones descaradas en la vida política de otros (que lo digan sino: Cuba, Perú, Panamá, Chile, Nicaragua, México, Irán, Iraq, Kuwait, Palestina, Afganistán, Corea por mencionar solo el dos por ciento de los nombres)... Nuevamente ¡Gracias Bush!

lunes, 1 de septiembre de 2008

El último de 'mis locos'

Me dicen que de niño dibujaba caricaturas extrañas. Dice mi hermana que les decían 'mis locos' a esos personajes y que cada vez que querían divertirse me llamaban para que dibujara un 'loco'. 'Que venga Rubén y dibuje un loco', decían. Entonces, presto y ágil, llegaba Rubén, se mordía la lengua y dibujaba un loco para beneplácito de los presentes.

La verdad, no recuerdo esa historia de los locos.

Imagino que yo, siendo tan niño, no les puse ese nombre, e imagino también, que -puesto que me aseguran que a esos pobres monigotes yo les rellenaba las cuencas oculares con una generosa cantidad de líneas arremolinadas- los pobres infelices fueron etiquetados como 'locos', sin que se me hubiera consultado a mí, su Miguel Angel, qué cuernos eran en realidad.


Fue así que llenaba de locos todo, los dejaba regados en los cuadernos de mis hermanos y a veces, como si fuesen los techos de la Capilla Sixtina, los dejaba grabados en las paredes de mi casa -todo eso me lo han contado, porque como ya dije, yo no recuerdo esto de los 'locos- y claro, un día crecí y le ocurrió lo que a todos los que hacen destrozos de niños. Cada cuaderno pintado dejaba de ser gracioso, y cada pared pintada se transformaba -especulo- en un manotazo bien dado, de manera tal que los locos fueron quedando de lado.

Lo cierto es que un día que curiosamente coincide con mis primeros recuerdos, olvidé por completo a 'mis locos', ocurrió de la noche a la mañana sin que nadie se percatara. Simplemente los borré de mi mente a todos, o casi a todos ellos, menos a uno, que a la larga se transformó en una suerte de 'último de los mohicanos loco' y yo en su James Fenimore Cooper.

Mi último loco, lo dibujé, si mal no recuerdo, en un ómnibus de regreso a casa y lo hice a pedido expreso de mi hermana.

-Dibuja uno de tus locos- dijo ella.

Yo le pregunté qué era eso de 'los locos'.

-Esos locos que dibujas- me dijo ella.

Yo quedé intrigado, lo recuerdo bien. Me preguntaba -hasta ahora lo hago-, ¿cómo eran los dichosos locos? Muy paciente mi hermana me explicó que eran unos monigotes de ojos grandes y desorbitados. Yo, no recordaba nada de los locos. Tenía amnesia gráfica.

-¿No te acuerdas?- me preguntó sorprendida.

La verdad es que no sabía de qué me hablaba. Para mí los locos eran unos calatos medio carcosos que se paseaban por la calle con el peinado de Bob Marley. Aún así, siguiendo esa enjuta referencia, dibujé lo mejor que pude al último de mis locos. Ese último loco, sin embargo no gustó a nadie y causó tan poco revuelo que terminó sus días arrugado en el tacho de los desperdicios. Un destino innoble para el último individuo de una estirpe perdida.

Así no son, protestó ella.

Yo a mis -estimo- cuatro años, sentí decepcionarla, pero realmente no sabía cómo eran los locos. No recuerdo a alguno más que a ese último loco deforme, demasiado cuerdo para ser loco, demasiado serio para una ciudad que necesita reírse. Nunca más dibujé uno de esos locos, no por desolación, sino porque no sé cómo son. Tal vez aun ahora los trato de hacer, pero de otras maneras.

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Gracias a mi amigo José Carlos Agüero. Hombre tus dibujos del 'Hombre de palitos' me recuerdan mucho esa historia mía con 'mis locos'.

lunes, 28 de julio de 2008

¿Podemos tomarnos una foto contigo?


Trabajando como guía turístico para una ONG, que convoca a extranjeros, tuve ocasión de ver un fenómeno bastante peculiar. Todo ocurrió una soleada mañana de julio. Siempre había ido a hacer mis guías por la tarde, pero ese día fui temprano y bueno, las cosas eran diferentes. Sea como fuere, el asunto es que, mientras le explicaba a tres jóvenes de Arizona la antigüedad de la fuente de la Plaza Mayor, escuché un griterío. El griterío era de unos niños, que al ver a los ‘gringos’, corrían desesperados y preguntaban muy emocionados:

¿Podemos tomarnos una foto contigo?

Tras asegurarme que no fuesen pirañitas –eran alumnos de una escuela local-, interrumpí mi cháchara histórica y le dije a mis interlocutores, que los niños deseaban tomarse unas fotos con ellos.

Why? Preguntó una chica, presa de un ataque de risa.

Y bueno, sí que era gracioso. ‘No somos actores, ni somos famosos’, me dijo. Yo intenté explicarle que los niños habían sido entrenados en el difícil arte de ‘ser amables con los turistas’, que esa era una campaña estatal para aumentar el número de visitantes y que seguramente muchos de esos niños en el futuro estudiarían diplomacia, para ayudar a abrir las fronteras del Perú. ‘Oh, wow!’ Dijo la chica y yo me limité a agregar que en los niños peruanos esa era una forma de decir ‘Welcome to Peru’.

No sé si me creyó del todo, pero así escapé de la engorrosa situación.

Ese mismo día tras repetir el multitudinario saludo de los escolares peruanos infinidad de veces, dejé a los visitantes sanos y salvos en las oficinas de la ONG. Regresaba pensando en los niños queriendo tomarse fotos con unos tipos y me preguntaba si acaso sería solo porque son rubios. ¿Qué sentido tenía eso? ¿Acaso sus profesores no les han enseñado que todos tenemos cerebro y que ellos valen tanto como cualquier extranjero? ¿Es que es tan pesada esa herencia de degradación colonial, que vivimos viendo a los extranjeros como superiores?

Esas cosas pensaba, cuando me encontré con una amiga por las calles de Miraflores, ella me pasó la voz. Sonreía con aire triunfal. Estaba de la mano de un rubio muy alto.

-Rubén, te presento a mi enamorado… es alemán-, dijo mi amiga.

Casi pude verla con su uniforme escolar saltando en la Plaza Mayor. Me limité a devolver el saludo, cambiar algunas palabras con ella e intentar comunicarme con el alemán. Tras despedirme continué caminando tranquilo. Una sola idea me dio la suficiente risa como para relajarme un poco.

-Con razón no vamos al mundial- me dije.

domingo, 6 de abril de 2008

Círculos


Ha dado una vuelta más alrededor de la mesa, bordeándola y recorriendo toda la circunferencia con sus pasos menudos y constantes. Lula, como de costumbre, la observa a través de sus ojos perrunos, la observa echada desde esa suerte de rosca canina en la que se envuelve para tolerar el frío, la mira tan solo para evitar que le pise la cola o se tropiece con ella. La mira unos segundos, ya acostumbrada a ver esas vueltas casi eternas y luego vuelve a enterrar su hocico entre las patas con tanta gracia, que a veces parece que estuviera cruzándose de brazos.

Ya no me extraña el hecho de que Vania camine en círculos, lo que me extraña es que he notado últimamente que todos sus pasos los da en sentido horario.
A veces ella camina en torno a algún objeto (el bolso de mano que le regalé, la mesa o alguna silla); pero en otras ocasiones camina en torno a la nada, a cosas que creo que imagina y que bordea, pero siempre en sentido horario y en círculos casi perfectos. Nunca la he visto formando una figura poligonal, aún cuando camine al rededor de la mesita de centro que es rectangular– solo en círculos, quizá en un elipsoide que no logro captar. Cuando la llevo a la calle debo forzarla a caminar en línea recta, jalándola de la mano, forcejeando contra su voluntad, a regañadientes; pero al volver a casa vuelve a su cíclica rutina de círculos.

Por las tardes, cuando puedo sentarme a hacer algo, la observo y le hablo. Me escucha atenta y cuando parece que me está entendiendo empieza a recorrer su largo camino de minutero, alterando algunos instantes a Lula, balbuceando murmullos incomprensibles que son como intentos de palabras, como canciones que uno tararea sin recordar la letra.

Cuando salgo a la calle y camino ese laberinto de líneas rectas y ángulos multitudinarios, pienso en Vania y sus pequeños círculos, en ella y sus dedos ágiles como gimnastas, en ella y sus canciones desconocidas. Comparo su universo circular, incompatible con ese otro mundo poligonal, plagado de calles rectas, esquinas, automóviles y toda esa basura urbana a la que tan acostumbrados estamos los animales urbanos. En ese momento me pregunto por qué tenemos esa insidiosa tendencia a poligonizar nuestro entorno a encerrarnos y enterrarnos entre esquinas y lados. Me pregunto por qué abandonamos nuestro universo circular del que solo somos conscientes si es que alguna vez lo tuvimos, por la forma del sol y la luna y finalmente me pregunto tantas cosas que termino pensando que a lo mejor las formas no son como son, sino que son como están en nuestras mentes.

Vuelvo a ver a Vania caminando. Lula se despereza y mueve una oreja atenta. Me pregunto si Vania sabe que un círculo puede ser infinito y que cualquier punto puede ser el primero y el último. Mis ojos de madre la ven caminar una y otra vez. No me canso de verla. Sé que mientras tejo una chompa ella hará algunos círculos más, canturreando canciones desconocidas. Lula volverá a dormirse o acaso a fingir que duerme, acurrucándose despacio con los ojos apretados y las móviles orejas atentas a cualquier movimiento.

domingo, 2 de diciembre de 2007

¿Domador domado o troglodita al acecho?


Decía Esther Vilar que la mujer domina -y casi domestica- al hombre dándole sexo como premio y que de esta manera, ella logra que él haga lo que ella quiere. Es claro que el esquema de la buena de Esther, se invierten los roles. El hombre, que en apariencia tiene el rol conductor, fuerte y protector no es otra cosa que el títere usado en provecho de la mujer. La mujer, en apariencia víctima, débil y torpe, no es otra cosa que una actriz, una actriz que manipula a su antojo, que utiliza la sutileza para esclavizar al hombre.

Un poco pensando en estas cosas, recordé haber oído alguna vez un argumento mujeril, que dice que los hombres actuamos movidos por un deseo sexual desbocado y casi irrefrenable y que bueno, eso nos animaliza más allá de lo posible. Del otro lado del asunto está la mujer, menos animalizada por el sexo, más centrada, capaz de disfrutarlo, pero no desesperada por conseguirlo.*


Luego de repasar en mi mente situaciones mías y de conocidos míos, me dije. Pero esta es la pura verdad, somos unos trogloditas en celo. Y no importa cuán intelectual crea uno que es, tiene un troglodita dentro. Cierta vez fui a un recital de poesía en el que poetas viejos y jóvenes departían en común histeria colectiva. Yo, había sido invitado por unos amigos que querían enseñarle sus textos al editor de un conocida revista. Me resultó harto curioso verlos empujándose el uno al otro para acercarse al individuo aquel.


Yo estaba un poco perdido en ese mundo que tenía tanto de cofradía, como una reunión de cargadores del señor de los milagros. Uno tras otro subían los aprendices de poetas y leían sus poemas. Pensé que debía requerirse mucho de valor, algo de locura y un poco de alcohol para salir y leer un poema ante tanto ebrio. Y es que un poema leído en voz alta es como una canción, que si está mal cantada puede ser espantosa y algunos de esos poetas escribírán bien, pero leen como yo o como mi sobrino panchito, que acaba de repetir el año escolar.


Pero mi tema inicial, era el de las mujeres y los hombres. Pues bien, en medio de esa alagarabía artística, donde más de un albatros aleteaba orgullosamente, esquivando flechas y acompañando barcos, hizo su aparición otra figura alada, un ángel del señor, una chica que bien podría haberse escapado de los mejores poemas que se habían leído.



Lo increible fue el efecto que produjo su presencia en el lugar, un revoloteo increible, un ir y venir de aullidos propios del mono aullador amazónico. Ni bien hubo pisado la entrada, desde numerosas mesas se alzaron brazos que la llamaban. Fue tal el alboroto que causó su presencia, que de un momento a otro ya estaba ella leyendo unos poemas en el escenario, ante la embobada mirada de su auditorio.


En este punto he de confesar que nunca he sido un gran lector de poemas y que si alguna vez he disfrutado alguno, ha sido de la manera más simple, por la pura y libre contemplación y que, valgan verdades, fuera de la belleza de la chica y de su voz, sus poemas no eran nada sensacionales (caso contrario al de algunos de los poetas que leían como Panchito). Sin embargo, tal fue el efecto que causó su presencia, que en un dos por tres, el editor de la revista ante el que minutos antes habían titubeado mis amigos, como adolescentes enamorados, ahora se deshacía en venias y honores, ofreciendo publicar el poema de la chica a cambio de un número telefónico.
Casi pude visualizar una fogata en medio del Yacana. Hombres cubiertos con pieles de animales danzaban en torno de su diosa y entonaban cánticos rituales -que llamaban poemas- para ganarse sus favores. Sin dudas la chica había vencido y su paso había sido un éxito, pero su rostro no mostraba la alegría que podría esperarse luego del triunfo obtenido.
Intuyo que ella sabía muy bien que el poema leído, el que trasciende, está más allá de todo acto corpóreo, que ese poema no depende de una cara bonita ni de una voz espléndida que lo lea y que si depende de algo es de sí mismo como obra de arte, ajeno a su autor. Y en su mirada triste creí ver que, se sentía como un ave que no puede enseñar a sus hijos a alimentarse solos, y su tristeza era la del ave que sabe a sus hijos condenados a la infame muerte, cuando no puedan volar el día que deba dejarlos libres, de cara al viento listos para un rotundo contrasuelazo.
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*Esto de más o menos animal es un decir. Somos igual de animales, animales pensantes, como diría Alvaro Yunque. La diferencia radica en que por géneros, la actitud sexual es diferente aun en animales que no piensan.
Dibujo, por el caricaturista Hernán Estrada (nano) de Chile

miércoles, 28 de noviembre de 2007

El baile del chino...

A veces, los habitantes de diferentes países nos sentimos tan diferentes los unos de los otros, que pensamos que es obvio que somos muy distintos, pero en realidad somos tan parecidos que no podemos identificarnos hasta oírnos hablar o hasta decir nuestros apellidos. Para un latinoamericano como yo, resultará difícil diferenciar un alemán de un sueco o un español de un francés. Igualmente resultará difícil diferenciar un egipcio de un iraquí o un japonés de un chino o un coreano. Lo mismo ocurre entre ese resultado de cruces que ha creado un boliviano, un venezolano (no me refiero a Chávez y Evo) o un colombiano. Y es que las líneas demarcatorias entre uno y otro país no son sino una ficción, una entelequia que se apoya en intereses económicos, que poco tiene que ver con el hombre cotidiano, pero es una ficción fuertemente arraigada, con la que nos envenenan año a año, día a día y segundo a segundo. Pero ese es otro tema. La cosa aquí es esta, que los grupos étnicos vecinos somos así, tan parecidos regionalmente que terminamos siendo -al menos en apariencia física- la misma cosa.


Luego de este preámbulo medio anarquista, quería contar una anécdota que de alguna manera se relaciona con el tema de las semejanzas raciales. Discurría en su marcha el año 1999. Y realmente marchaba, porque era ese año en Perú, un tiempo de alboroto social. Eran los días de la llamada "Marcha de los cuatro suyos". Y era también el tiempo en que los sanmarquinos salían a las calles lanzando insultos contra todo lo que se pareciese al gobierno, sentían que podían cambiar al mundo, que hacían historia, cargados como iban con sus ímpetus de cambio


Yo -estudiante al fin y al cabo- iba ahí, en medio de ellos y no era ajeno a ese barullo, a esos aires renovadores. Mientras caminaba, escuchaba y repetía arengas de todo calibre, desde las más tradicionales como:


Y va a caer , y va a caer la dictadura va a caer

Hasta algunas que de tan originales que eran, lindaban con la comedia, la chacota y la grosería


Kenji, escucha, tu viejo es un rechucha

Chino compadre, la conch... de tu madre


Y así marchábamos por las calles, al borde de la ronquera. El punto de reunión era la plaza ubicada frente al hotel Sheraton. Hasta allí marchamos los sanmarquinos, siempre lanzando furibundas arengas contra Fujimori, Vladimiro Montesinos y contra sus legiones de bastardos. Estábamos molestos, qué duda quedaba y queríamos gritarle al mundo la razón de nuestra ira.


Mientras caminábamos, nos detuvimos en una esquina desde la que la gente bramaba y recibía la ferviente adhesión de los vecinos, que apostados en sus ventanas nos arengaban diciéndonos frases como: Bien muchachos, No a la dictadura, y otras cosas semejantes. Como es lógico, el fuego en los corazones volvía a arder dispuesto a la batalla.


Yo, desde el lugar de observador privilegiado que tenía, estaba analizando un poco lo que pasaba, maravillado por esa explosión de júbilo y de fervor patriótico, por ese sentimiento de motor del cambio social, por ese ejemplificante efecto de psicología de masas, cuando en medio de los cánticos escuché una voz que apenas se oía, aunque reclamaba a voz en cuello y en un español casi ininteligible, diciendo algo que de primera intención no entendí. Cuando al fin pude concentrarme entendí los siguiente:


¡Japoné!, ¡Japoné! ¡glítenle japoné!


Era un ciudadano chino que había salido a la puerta de su negocio de comida -un chifa- y protestaba a la gente, que creyendo que insultaba a Fujimori gritaba:


"Chino, basura lo tuyo es dictadura, chino basura, lo tuyo es dictadura"


De un momento a otro la masa sanmarquina echó a correr a paso raudo. Yo me volví a sumir en ese enardecido mar humano que gritaba insultos a los cuatro vientos. Apenas tuve tiempo para voltear unos segundos, en los que pude ver al cantonés, agitando un wok en el aire y gritando algo que presumo eran palabrotas en chino, injurias furibundas que nadie entendió, porque nadie hablaba chino y porque todos estaban muy preocupados en correr para llegar rápido al Sheraton y seguir insultando al "chino" Fujimori.

sábado, 10 de noviembre de 2007

Mi experiencia salsera (Crónica)

Faltaba cerca de un mes para el matrimonio de mi prima Lucía, cuando recordé que soy uno de esos tipos que terminan emborrachándose con todos los sexagenarios en una esquina del local. El motivo de esto. No saber bailar y más específicamente, no saber bailar salsa...

Y es que sí, he de confesarlo. Yo no soy un bailarín empedernido y, en cuanto me paro en la pista de baile, me siento tal y como si los sicarios de la mafia siciliana me hubieran puesto unas pesadísimas botas de cemento y se dispusieran a lanzarme a lo más profundo del Mediterráneo en medio de sonoras carcajadas y aplausos.

Sea como fuere, por alguna razón que no termino de entender me dispuse a reivindicarme. Encontré algunos videos de clases que algún alma altruista había colgado en internet y me dispuse a aprender. Una silenciosa escoba hizo las veces de compañera de baile. Seguí atentamente los confusos pasos —al menos para mí lo eran— del instructor, un tipo llamado Anthony que parecía haber sido traído al mundo en medio de un bullicioso salsódromo, y me enfrasqué en una lucha titánica, estúpida y temeraria por vencer mi natural torpeza.

Pasados dos días era capaz de hacer los siete pasos básicos que enseñaba Anthony al estudiante novato en su tutorial.

—One, two, three, ......., five, six, seven.... Repeat! —decía Anthony y yo, en mi casa repetía como  autómata One, two, three, ...., five, six seven....

He de reconocer que me tomó algún tiempo reconocer las pausas como unos silenciosos four y eight. En mi cuadriculada mente acostumbrada a escuchar rock, decía: Pero deberían ser ocho pasos, compases de 4/4 ¿De dónde saca este condenado siete pasos? Cuando al fin lo comprendí, ya era yo capaz de hacer y deshacer a mi antojo los siete pasos de Anthony. Los repetí una y otra vez hasta que ya los tuve racionalizados. Llegué a comprender que el paso cuatro y el ocho no eran sino falsos pasos y que, claro estaba, Anthony no los contaba porque tenía algún prejuicio con los cuatros y los ochos. Eso ya no me importaba, yo los contaría para no perderme.

Con el pecho henchido de orgullo, me dije que ya era casi un salsero...

Antes de seguir, he de reconocer que inmediatamente después de pensar eso dejé correr el video de Anthony —hasta ese momento solo había visto unos doce segundos— y estuve a punto de dejar las clases de lado y gritar con Dee Snyder y los Twisted Sister I wanna rock, porque los siguientes pasos eran cosa del mismísimo demonio. Vueltas que desafiaban al más osado de los malabaristas de la tarumba y piruetas en las que los brazos parecían dislocarse cientos de veces aparecían en cada segmento, como si para esos bailarines hacer eso fuera algo tan sencillo como era para mí mover un pie detrás del otro para ir al baño o a comprar pan en la mañana.

Pero mi optimismo estaba a prueba de balas. Poco o nada me importó que mi compañera de baile —la silenciosa escoba— no tuviera brazos que dislocar. Amarré una toalla a la escoba y fabriqué con ella dos brazos colgantes que me servirían para mis propósitos. Fue así como practiqué los truculentos pasos, dejando correr el video por fracciones de segundo y retrocediéndolo una y otra vez para mejor estudio.

Pasados unos días, ya casi no me golpeaba la frente con el mango de la escoba. Los moretones iban desapareciendo y la escoba y yo éramos una pareja que se comprendía al unísono, siendo capaces de hacer algunas piruetas de lo más osadas. La fiesta estaba cerca y por primera vez en mi vida la mafia italiana no haría escarnio de mi figura.

El día de la fiesta, ya cambiado y frente al espejo, respasé algunos de los pasos. En mi mente ya era capaz de contarlos como Anthony: One two, three, ...., five six, seven, .... Apostada en una esquina del cuarto la escoba me observaba en silencio con sus textiles brazos caídos.

Ya en la fiesta, los sexagenarios —que dicho sea de paso, ya por viejos o por casados, no bailan más que un vals entre caja de cerveza y caja de cerveza— celebraron mi presencia. Yo era el sobrino bebedor, el que gustaba de tomar con ellos y mi presencia fue acogida con gusto por sus arrugadas manos que aplaudieron mientras sus sedientos cuerpos separaban un espacio para mí entre ellos.

—Tios, ya vuelvo —dije, y me dirigí confiado a la pista de baile.

Un pálpito repentino e impetuoso me detuvo al llegar al centro del ruedo. De un momento a otro parecía que un hechizo maldito había multiplicado a Anthony por todos los confines de la habitación. Comprendí que eso era un pandemonio y que mi lugar estaba en ese rincón que los ancianos habían separado para mí entre ellos, junto a las cervezas y los puchos de cigarro.

Apenas había volteado, para regresar por mi sitio de siempre, cuando un mano fornida me cogió por la muñeca y de un tirón me obligó a regresar a la pista de baile. Era la prima Rosaura, muchacha en la que siempre creí que el país había perdido un prodigioso levantador de pesas. Me tomó y me jaló con tal facilidad que por un momento sentí como que yo era su escoba. Ya parado en la pista de baile traté de guardar la serenidad del caso. Me detuve en seco unos segundos y me di aliento:

—Vamos viejo, tú puedes... —me dije contando para mis adentros— One, two, three, ...., five...

Apenas había llegado al five, cuando comprobé un craso error que había cometido en mis días de ensayo. La escoba no tenía pies que pisar y mi prima sí, y por si eso fuera poco, la escoba no tenía fuerza y mi prima sí. Y la prima no solo tenía fuerza, sino que la tenía en grado tal, que al sentir mi pie sobre el suyo, en un movimiento reflejo me lanzó un golpe al plexo que me hubiera dejado doblado como un boomerang sino fuera porque, haciendo gala de su fortaleza física, me enderezó como una estaca y se dedicó a llevarme de aquí para allá demostrándome que no me había confundido, que en verdad yo era su escoba. Mientras era arrastrado por todo el salón en un movimiento de «barrido», la imagen de la escoba en un rincón de mi habitación asomó en mi mente. Aún tuve tiempo de decirme para mis adentros. One, two, three, ....

De más está decir que ese día me hice uña y carne con los gerontes y me pegué la borrachera más salvaje que me hayan contado. Y digo que fue la peor borrachera que me hayan contado, porque yo la verdad no recuerdo nada. Lo único que recuerdo es que al llegar a mi casa hurgué entre mis viejos discos y no paré hasta llegar tambaleándome al equipo y programar la canción I wanna rock de Twisted Sisters, para que se repitiese una y otra vez, y siguió repitiéndose mientras yo, con los cabellos mojados y abrazado al inodoro como un demente buscaba con la mirada perdida una toalla que no encontré jamás, porque la había dejado, ridículamente amarrada a la escoba, en una esquina del cuarto.