martes, 7 de abril de 2015

Memorias de San Marcos - Los rastrillajes


5
Imagino la escena, o más bien la recreo en mi mente. Deben de ser las once de la mañana. Estoy en clases en algún aula del pabellón de Ciencias Sociales en San Marcos. Por la ventana veo desfilar contingentes de soldados. Primero aparecen formados a lo lejos, como hormiguitas o como soldaditos de juguete de esos que los niños ordenan en raquíticas hileras. Se les ve bordeando el contorno del estadio, por sobre la huaca y por todos lados. Escucho la bulla. Es un rastrillaje. Desde la ventana contemplo el trajinar de alumnos. Pronto los soldados pasan golpeando las puertas de las aulas para que salgamos. Avanzo entre un grupo de estudiantes que se empujan haciendo fila para que los militares, apostados en la entrada de la facultad, vean si sus nombres aparecen en las listas de sospechosos que han traído.
—Del Pino… Rafael del Pino.
—¡Siguiente!
He pasado tres controles, el de mi facultad y dos más, periféricos. A mi lado caminan centenares de alumnos desorientados. Un soldado grita que la salida es por la avenida Venezuela. Al acercarme a la salida veo tres vehículos del Ejército estacionados frente a la explanada de Derecho. Las clases ya han sido interrumpidas en todas las facultades. En este último control volvemos a hacer largas filas para decir nuestros nombres. Volteo a ver e imagino esa historia de la esposa de Lot convertida en sal. Están subiendo a unos alumnos, profesores o trabajadores a un camión portatropas. Llego a la calle por la salida de la avenida Venezuela. Cuando cruzo por la puerta soy uno más en esa muchedumbre de alumnos confundidos que se retiran a sus casas.
—¡Sus documentos! —ha dicho un militar hablando en voz muy alta, casi gritando hacia la fila de alumnos que esperan el burro.
Desde donde está, Luis ha visto desfilar las largas columnas de soldados. Los ve formando cercos. Ve las tanquetas estacionándose y comprende, como todos en San Marcos, que eso es un rastrillaje, que es bastante probable que se lo lleven preso por ser comunista. Mira al hombre de verde que tiene al frente y le entrega sus documentos. Él no muestra temor mientras el otro revisa su nombre en el índex.
—¡Ancajima! —dice el de uniforme verde con voz de sorpresa, voltea a ver a uno de sus compañeros y agrega—. ¡Súbelo al camión!
A Luis se lo llevan caminando. Un soldado lo escolta para subirlo a la tanqueta verde. Él piensa en correr, en escapar. Mira hacia los lados, comprende inmediatamente lo imposible de su misión, está cercado, rodeado de militares armados hasta los dientes, se pregunta si al correr le dispararían delante de todos, si acaso se atreverían a ajusticiarlo en medio de Saa Marcos. Levanta la frente y continúa la marcha en silencio.
Cuando llega a la tanqueta ve que dentro ya hay otras personas sentadas, tres hombres y dos mujeres. ¿Los habrá saludado? ¿Habrán entablado alguna clase de diálogo? Mira con cierta envidia la columna de alumnos que salen de la universidad, piensa que si hubiera tomado el primer burro habría estado fuera del campus al inicio del rastrillaje, como ya había pasado otras veces.
—¿Dónde nos llevarán? —le pregunta un hombre joven de barba y anteojos livianos que está sentado a su derecha.
—Dirección Nacional Contra el Terrorismo, Dincote —responde Luis sin dejar de mirar hacia los alumnos que salen por la Venezuela—. Al menos eso vi en un noticiero que hacían. Nos soltarán en quince días, cuando se pruebe que no somos de Sendero Luminoso ni del emeerretéa.
Al hablar Luis ha recordado los volantes que llamaban al paro armado escondidos en el cajón de su cómoda, el libro de Mao Tsé Tung metido entre las camisas, El Capital que había estado leyendo como libro de cabecera. Recuerda, incluso, que ha dejado marcado el capítulo sobre el origen de la plusvalía con una hoja escrita. La hoja es del curso de Materialismo Histórico.
—Espero que sean justos —dice el tipo de barba, su voz suena apagada, temerosa—, yo soy de izquierda, eso no es un delito en ninguna parte del mundo.
—No —contesta Luis—, claro que no lo es, no debería serlo, al menos.
Pienso que tal vez Luis, sentado en esa tanqueta se habrá preguntado quién era ese sujeto, un trabajador o un profesor, un infiltrado del Servicio de Inteligencia quizá. Desconcertado habrá mirado el piso del vehículo surcado por líneas verticales, quizá haya mirado los zapatos de los que iban junto a él, recordado la última reunión de Socorro Popular en la que participó, la última vez que se ocultó en una choza desconocida de los arenales, el último atentado en el que estuvo involucrado, el último muerto que vio. Eran las mujeres de Sendero las que daban el tiro de gracia en la sien de sus victimados, la mayoría de ellos acusados de ser soplones o robar al pueblo. Él estaba preparado para soportar la tortura. Habría repasado esas imágenes, la letra del himno de Sendero, la letra de Adiós Pueblo de Ayacucho, alterada en la versión senderista. No sé, si Luis fue de Sendero Luminoso, no me va a decir que es cierto, no lo iba a hacer. Entonces se habría sabido perdido, sabría que al torturarlo podrían hacerlo hablar, que al ir a su casa encontrarían mucho más que un simple volante, los soldados hallarían banderas rojas con la hoz y el martillo, cientos de volantes de esos que eran arrojados desde las ventanas altas de las facultades cuando ponían explosivos, libros y folletos sobre el pensamiento Gonzalo. Habría bordeado la paranoia más insufrible, mirando al tipo de barba o a cualquier otro con desconfianza, se habría preguntado si aquel a su lado era un camarada en quien podría confiar o un agente tratando de hacerlo pisar el palito. Se habría cuidado, incluso de saludar a otros senderistas conocidos por él, a gente con la que el día anterior estuvo reunido en alguna casa, planeando, coordinando acciones. Tal vez habría imaginado los lugares clave de su casa en los que los militares encontrarían anfo, armas de fuego, municiones.

Quince días eran una eternidad.