miércoles, 26 de junio de 2013

Yo conocí al enviado del mal - crónica divagante


Durante algún tiempo estuve muy confundido, tanto como para preguntarmé qué hacía en este mundo.

Muchos buscan desaparecer y cruzar la puerta amplia consumiendo píldoras, provocándose una sobredosis o algo semejante. Yo la verdad nunca llegué a pensar concretamente cómo daría ese paso, alguna vez pensé que cortarse las venas hasta el adormecimiento sería una buena forma de salir del mundo. Lo mío era puro convencimiento, simplemente me pareció, como ya dije, que el suicidio no era cobardía por ningún lado y que si algo podía ser, era —y así lo decía a mis amigos más íntimos— el paso más racional que se podía dar para acabar con una situación injusta a la que uno no pedía haber sido traído y por la cual, por tanto, no valía la pena luchar tozudamente. Nada más que eso, algo completamente racional.

Esa idea se me fue de la mente una tarde, y lo hizo tan rápidamente que me vi obligado a cambiar mis postulados sobre la racionalidad del suicidio y toda la serie de conjeturas con que había llenado mi cabeza.

Iba caminando por una calle, cuando vi venir por la calzada una camioneta que se desplazaba a gran velocidad y, sin pensar en lo que hacía, en un solo segundo di un paso y me puse al frente del vehículo para ser transformado en puré. Entonces no supe cómo —ahora lo sé— pero el chofer logró esquivarme y, tras insultarme con improperios que no recuerdo bien, siguió su marcha. En ese momento supe que podía haber muerto, que el suicidio es un impulso y no algo racional y que por eso hay tantos intentos de suicidio, porque los que mucho piensan en matarse realmente quieren ser rescatados y esperan que sus intentonas suicidas fallen. Pero el momento real del suicida es un acto completamente irracional que llega sin que uno sepa cómo, acaso como si fuera un empujón que alguien nos da para que acabemos de desgraciarnos de una vez por todas.


Sea como fuere, ese día dejé de jugar con la idea del suicidio y empecé a reformular mi vida. Me dije que si había tanta gente luchando por vivir, yo haría lo mismo usando todas mis fuerzas… sí, las mías.

Sí, me dije, definitivamente la vida se vive y no se piensa, ese había sido mi craso error, había estado tan ocupado tratando de averiguar qué era la vida, que no había tenido tiempo de hacer lo que debía hacer, y eso era vivir, experimentar la vida, dejarla fluir y dejar de teorizarla tanto. Recordé entonces que había leído alguna vez que según Heidegger —a quien admiraba mucho—, resumido muy a grosso modo, la filosofía tradicional se había confundido al plantear la relación que se establece entre los hombres y el mundo —la relación sujeto-objeto—, como una relación de sujetos cognoscentes, es decir como de personas conociendo cosas, cuando en verdad la relación es de sujetos usando cosas y que por tanto las cosas —como concepto— terminan siendo “transparentes”, no pensadas, no racionalizadas y su valor radica meramente en su utilización práctica.

Dejé mis lecturas teóricas y me sumergí en algo que me había fascinado sobremanera, la comida. Estudié la carrera de gastronomía con mucha alegría —al menos así empecé— y optimismo, algo que era tan inusual en mí, que sentí que con mis fuerzas e intelecto humano, había conseguido aquella tranquilidad que alguna vez observé con ojos curiosos en otras personas.

En mi primer trabajo en cocina yo era realmente feliz y lo era para sorpresa de mi compañero de turno —un muchacho de la selva llamado Erick, compañero de estudios mío, aficionado al licor, a sonreírle a las chicas y a la vida disipada en los juegos de azar—, cuando me encargaban que picara kilos de cebollas, ajíes o lo que fuera, y seguí siéndolo aunque limpiara los pisos, lavara enormes ollas o puliera cientos de platos grasosos.

No podía ocultarlo, todo eso me encantaba. Y cuanto más sucio estaba el suelo, tanto más contento estaba yo de limpiarlo y era así como refregaba la mugre pensando para mis adentros que eso era la vida, que por primera vez estaba viviendo, que vivir era eso y no estarse leyendo a Habermas o a Julia Kristeva como en una burbuja de cristal. Por primera vez en mi “vida” estaba viviendo y eso me tenía muy, pero muy contento.

Lo siguiente fue probar el mundo de la gente “sencilla”. Mi amigo Erick me llevó a los casinos donde podía seguir tomando alguno que otro trago de licor —pero sin las pretensiones de intelectualidad con las que antes había departido— mientras me hacía de un poco de dinero fácil.

Hay algo que debemos y tener en claro. En ese tipo de sitios uno no va a divertirse, uno va a hacerle el juego a otros, aun cuando gane, en verdad ha perdido. La gran pregunta es ¿Quién está detrás de toda esa cadena de corrupción, engaños y lujuria? Alguien muy poderoso, sin dudas, alguien que administra los bienes del dinero fácil, de lo agradable a primera vista, del vicio y todo lo que le rodea. Sí, él, la vieja serpiente sigue allí usando otro tipo de manzanas. Listo para recibir y engañar a los que han levantado su pensamiento ensoberbecido y ciego.

Y eso fue lo que pasó conmigo, la seducción del triunfo, del dinero fácil, como si alguien dijera que todo ese dinero podía ser nuestro, en una sola noche gané lo que ganaba en un mes de trabajo en ese casino. A mis costados veía a personas que se jugaban la vida en ello. Algunos conseguían llevarse enormes sumas. Todo estaba servido ahí, chicas en minifaldas, pasaban ofreciendo cigarrillos y tragos que Erick y yo consumíamos con mucho agrado.

Y todo ello lo hacía yo, sintiéndome libre de aquel viejo deseo de querer cargar el mundo sobre mis hombros. Ahora vivía, salía y me divertía. Había dejado atrás mis años de ácrata, mis tiempos de rebeldía, no me atormentaba pensando. Ahora era un tipo común y corriente viviendo una vida de hombres, una vida como la de mi amigo Erick.

Pero las cosas no marchaban del todo bien. Para empezar, pronto empezamos a gastar más que lo que ganábamos. Manteníamos un aire revanchista que nos decía que la siguiente noche sí ganaríamos y con esa necia idea en mente, durante algunas noches salíamos del tragamonedas con Erick diciéndonos que mejor nunca más jugábamos y que debíamos haber sacado las fichas mientras aún teníamos algo por recoger. Pero a la tarde siguiente volvíamos a comprar algunas fichas de juego.

Una vez, mientras hablaba con una buena amiga, ella me dijo que a veces Dios usa a ciertas personas para que sean de bendición en nuestras vidas. Resulta claro entonces que el demonio, y sus legiones de maldad, que siempre han querido imitar a Dios, debe usar a alguno que otro individuo para que, habiendo entrado en él como en Judas, confunda a la gente.

Un día Erick y yo conocimos a este enviado del mal. Su nombre era Richard. Viéndolo uno no sospecharía que algo de infernal había bajo su piel. Era más bien un tipo gordito de mediana estatura y sonrisa socarrona que entró a estudiar cocina conmigo y con Erick y que —cosa curiosa— gustaba de acudir a los tragamonedas a hacer fuertes apuestas.

Sé que si Richard lee estas notas no se sentiría ofendido con el sobrenombre de “Enviado del Mal” que le pongo. Tras unos minutos de hablar con él, uno podía reconocer con toda claridad a una criatura orgullosamente sórdida y llena de cosas ocultas. No lo estoy juzgando, lo que digo es solamente lo que uno sentía al hablar con él.

A diferencia de Erick y de mí mismo, Richard tenía una suerte increíble en las máquinas del tragamonedas, bebía alcohol en cantidades industriales y era un mujeriego de primera línea. ¿Algo más? Sí, estaba dispuesto a enseñarnos algo de todas sus malas artes.

Tan pronto como se hizo amigo nuestro —y amigo de los buenos— Richard empezó a mostrarnos otro tipo de juegos de azar. Era aficionado a las ruletas y se encomendaba a un duende que según él era su amigo y socio, y era así como afirmaba que era su invisible amigo quien lo hacía ganar. Decir que alguna vez lo vi perder sería mentir, era capaz de multiplicar el dinero de una forma que dejaba perplejos a propios y extraños.

Cierta vez, para citar sólo un caso, Richard tuvo a bien jugar tres soles en una maquinita. Su argumento fue que la máquina emanaba un cierto poder y que él lo había sentido. Medio en broma y medio interesados en comprobar la “buena fortuna” de Richard, Erick y yo decidimos entregarle un sol cada uno para completar la suma. A los pocos minutos vimos estupefactos cómo nuestro interlocutor se hacía de setenta soles contables y sonantes. El duende le había dado una mano, decía él. No sé si la palabra correcta era esa, duende.

Fue así como Richard —a quien empezamos a llamar Chanchito por su contextura y por su peculiar forma de comer, a la que en son de broma había impreso toda clase de porcinos ruidos guturales— se unió a nuestro grupo de dos. En ese tiempo volví a beber licor como antaño y a divertirme en los tragamonedas donde Chanchito hacía de las suyas desfalcando a cuanta máquina se le pusiese al frente.

Si en nuestros primeros momentos Erick y yo habíamos usado el dinero de nuestras ganancias en comida —lo usual era comer en un chifa cercano—, Chanchito tenía otras cosas en mente. Su idea era gastarlo con algunas chicas que decía conocer y a las que, con todo el afecto que decía tenerles, llamaba simplemente “perras”. “Vamos y les presento unas buenas perras,” decía él muy campante.

De primera intención, y sabiendo la fama poco grata que tenía Chanchito, Erick y yo habíamos desistido de ir a acompañarlo en sus juergas nocturnas.

La primera vez que salimos a acompañarlo, nos llevó a pescar. Suponiendo que era una actividad relajante asentí en ir y Erick vino conmigo. Apenas lancé el anzuelo saqué un borracho, un pececillo negro que se me antojó un veterano compañero de cantina y me dio tanta pena haberlo matado, que opté por regalarle mi anzuelo a Erick —quien había lanzado el suyo al mar en un viaje sin retorno— y me senté a observar el horizonte tratando de no pensar en el pobre pez que acababa de hacer pasar a mejor vida.

Chanchito no esperó mucho por recriminar el que no quisiera pescar, me dijo que la vida era cruel con los tipos bonachones y que si yo quería algún día seguir adelante, matar un pez era un buen primer paso para enfrentar a los verdaderos tiburones que hay en las calles. Yo lo miré a los ojos y esbocé una sonrisa. “Me aburre esto de pescar”, le dije y seguí mirando el horizonte marino.

Erick al rato también se aburrió y ambos nos dedicamos a hacer ejercicios físicos, algo de barras y abdominales. Esto terminó por ofuscar a Chanchito, quien, imposibilitado de hacer algo que requiriese de condición física, nos acusó de ser unos aguafiestas. Abrió una lata de atún y se dispuso a comer atún y galletas sazonadas con algunas moscas de las que daban vueltas a su alrededor con una voracidad semejante a la suya propia. Antes de servirse e invitarle a Erick, me dijo que un chef debería comer de todo, aunque eso implicara comer unas cuantas moscas. Yo, en tanto, me dediqué a limpiar una manzana con alcohol para desinfectarla ignorando sus comentarios.

La siguiente vez Chanchito decidió invitarnos a beber algo. Quedamos en encontrarnos en el malecón de la playa en Magdalena, cerca de mi casa. Saldríamos del instituto de cocina y nos enfrascaríamos en una batalla de bebidas. Tomar para mí no era problema alguno, luego de casi más de una década años bebiendo, eso era —así lo creía— lo mío. Lo cierto fue que descubrí que eso tampoco era lo mío. Hasta ese momento, para mí, beber había sido sinónimo de conversar y conversar sobre política, filosofía arte y cuanta cosa de aquellas que habían sido mi vida. Pero para Chanchito beber era sinónimo de embrutecerse, buscar mujeres y pelearse contra otros borrachos.

Fue así como en aquella segunda salida Chanchito nos llevó a una discoteca donde aseguraba tenía algunas amigas: “Unas buenas perras”, dijo. Aceptamos ir, Erick, emocionado y contento porque dijo que aquello se parecía a la selva y yo, porque era algo que nunca había hecho y que podía acercarme más al mundo del hombre cotidiano para terminar de librarme de la angustia de querer entender el mundo.

Sentado en una esquina de local lo vi actuar a su gusto, realmente causaba gracia verlo enamorando a unas chiquillas. Que tenía agallas, las tenía se les acercaba como si las conociera y allí, como envueltos en un aura de instintos primigenios empezaban a entretejer un inusual ritual de apareamiento.

—¿Qué te pasa? —me dijo Chanchito— ¿No te gustan las mujeres? Uy, compadre mira que así no es, ah. Me estás decepcionando. Yo creía que eras bien hombrecito.

Yo le expliqué que prefería conocer a las mujeres a la antigua, hacerse amigo, invitarlas a salir y luego acercarse más, y que realmente no encontraba mucha gracia en eso de salir a cazar mujeres que era obvio que se iban a ir como endemoniadas siguiendo al primero que les enseñara una billtera robusta. Él entonces me explicó su teoría acerca de que las mujeres quieren hombres malos y que siendo tan idiota como yo era —eso dijo—, sólo iba a conseguir que pensaran que era un reverendo tonto. “Siempre vas a ser el amigo lindo, el chico buena gente… y mira que a más edad ni eso, simplemente vas a ser el viejo tarado”.

Luego de escuchar su virulento discurso, Chanchito me conminó a hacer un repaso mental de cómo habían sido mis relaciones con el sexo opuesto.

—No me las cuentes —me dijo cruzándose de brazos—, sólo haz un recuento mental y dime si no has quedado siempre como el sonso y has notado que las mujeres se van tras tipos como yo.

No podía negarlo, algo de eso había visto en mi vida. Por esa razón siempre había sido casi un misógino, por esa razón me había recluido a los libros, a la guitarra y en unas cuantas amigas nerds con las que me llevaba de mil maravillas y cuya presencia me había alejado de cualquier acercamiento a las mujeres que preferían a los que las hacían llorar.

Como Chanchito me vio dudando se sintió respaldado por mi silenciosa respuesta.

—Ya, pues —acotó dándome una palmada en el hombro—. Este es el lugar en el que esos tipos se hacen. Yo era como tú, compadre, pero aprendí eso. Te cuento que una chica me hizo sufrir y yo andaba apenado por ella. Un día reaccioné y me volví este tipo genial que aquí ves. Te juro, compadre que luego esa flaca vino a mí y la traté como basura. Hubieras visto cómo lloraba por mí, me seguía la perra. El destino me ha puesto a tu lado para que yo te enseñe con mi experiencia, cachorro.

Tras conversar un poco decidí beberme unas copas más hasta nublar un poco mi conciencia y olvidarme de los recelos, del temor al sida, mis prejuicios por las chicas fáciles e incluso de las enseñanzas morales de mis padres que había hecho que buscase chicas «buenas». Me dije que Chanchito tenía razón y que lo mejor que podía hacer era dejar de ser ese idiota que yo era, que debía hacer lo que debí haber hecho cuando era escolar —en la época escolar todos dicen saber qué es y cómo se hace el sexo, y todo aquel que no sepa es hecho papilla— y que debía tratar de ser ese tipo sinvergüenza que tenía al frente. Había visto suficientes casos en los que los tipos abusadores de mujeres, los que las engañaban de la manera más sinvergüenza eran los que salían ganando. Me dije que sí, que lo mejor sería convertirme en uno de ellos. Fue así como bebí unas cuantas copas e hice mi primera conquista fugaz. Fue algo realmente sencillo.

Hablé con la chica, improvisé algunas monadas que para otro quizá fuesen pasos de baile y en un instante ya tenía a la chica entre mis brazos. El modus operandi me resultó tan repulsivo que inventé una excusa sobre algo de ir al baño y me retiré para ir a mi casa a tocar algo de guitarra y olvidarme del asunto.

Unos días más tarde Chanchito me dijo que quería hablarme de hombre a hombre.

—Eres un buen discípulo, cachorro —me dijo—, pero ya basta de tomar tanto, vamos y te presento a unas amigas que ya son mayores, como de nuestra edad. Una tiene su departamento en Barranco. Ya eso es algo más fijo y sale con todo. A Erick no le digo porque es casi un niño. Habla compadre, vamos.

Accedí en ir a conocer a las amigas de Chanchito, sin embargo el día que debía ir no acudí. Algo faltaba, no estaba ebrio y ese no era yo. Iba a algo que para mí no tenía sentido. Lo cierto fue que como dije, decidí no acudir a la cita. Chanchito me llamó insistentemente pero no le contesté.

Al día siguiente, entre broma y broma, mi adiposo amigo me acusó de ser homosexual y agregó que ya me iba a dejar en paz, pero que si quería me presentaba a algún tipo con departamento. Yo le dije que había tenido un asunto urgente y él, sincerándose por primera vez en su vida me dijo que era obvio que yo no era como él, pero que sería bueno que me hiciera más fuerte porque sino las mujeres me iban a destrozar el corazón. Luego me dijo que Erick era igual que yo, unos mojigatos, y que lo habíamos decepcionado.

Fue así como, tras algunos fines de semana de bailes y locura, dejamos de ver a Chanchito. Un día, acaso decepcionado de que ni Erick ni yo le hubiésemos seguido el ritmo de desenfreno, Chanchito abandonó los estudios y no volvimos a verlo.

Para ese entonces, nuevamente pensaba yo que nada tenía sentido, que era claro que tampoco podía ser el Don Juan que creí que debía ser. Sencillamente no podía, todo eso me resultaba demasiado banal y lúgubre. No era para mí.

Recordé entonces mis años de niñez, yo paseando con mi abuela por los mercados de Huacho, ella llevándome todas las mañanas a la iglesia y yo, pensando que quería ser sacerdote. Tal vez, me dije, ese debió ser siempre mi camino y por eso no me adaptaba a ninguna cosa. Llevaría una vida monacal y serviría a Dios. Algo se oponía, sin embargo a mis planes. ¿Me dejarían escuchar metal en el convento?

Imaginé que podría camuflar mi reproductor mp3 y que escucharía algo de metal a escondidas, y que cuando no me vieran interpretaría entre alguno que otro “Demos gracias al Señor, demos gracias”, algunos riffs de mi banda favorita Canníbal Corpse.