viernes, 21 de junio de 2013

Lima entre la emancipación y los montoneros - ¿Dejadez limeña?

La Iniciación de la República
Hace unos años mi buen amigo Saúl Torres empezó un trabajo sobre el ocio en la Lima Colonial —a él, que quizá lea este post, no le gusta mucho decir «La Lima Colonial» y prefiere ir al grano usando la expresión: «Lima Colonial»»—, y su trabajo me da pie para (usando un subtítulo de Jorge Basadre) hablar un poco de algo inasible, el carácter de los limeños.

Vivo en esta ciudad, ¿eso me hace limeño? Podríamos preguntarnos quiénes son los limeños, pero esa tarea titánica —averiguar quiénes son y qué variedades de limeños hay—, la dejamos a otros. Baste por ahora decir que los limeños somos quienes viviendo aquí nos hacemos un poco a la idea de que ser limeño —o sea capitalino—, nos otorga cierta superioridad y nos lleva a seguir esa pesada herencia colonial que conlleva que el criollo fuese pícaro, estafador,  y que muchos de ellos —no todos, claro— se dedicaran a no hacer nada porque el trabajo físico estaba mal visto, pues era para gente de «poco entendimiento», como los naturales.

En fin, todo este asunto me retrotrae mentalmente a una cita que hace Basadre, en La Iniciación de la República, de las cartas de José de San Martín… Aquí la cita:

Que en Lima no fue muy ardoroso el entusiasmo emancipador lo revelan varios documentos de la época publicados en la Correspondencia del General San Martín. En el informe del teniente coronel José Bernaldez Polledo, fechado en Lima el 18 de diciembre de 1817, léase lo siguiente: "No pondero: si nuestro ejército estuviera a seis leguas de distancia de esta capital y el visir hiciera una corrida de toros, los limeños fueran a ella contentos sin pensar en el riesgo que les amenazaba. Ocuparíamos la ciudad y los limeños no interrumpirían el curso de sus placeres".


Pero aún es más gráfica la información dada a San Martín por uno de sus corresponsales capitalinos, oculto bajo el seudónimo de «Aristipo Emero» y correspondiente más o menos al año de 1820: «Los de la clase alta, aunque deseen la Independencia, no darán sin embargo ni un peso para lograrla o secundarla; pues como tienen a sus padres empleados o son mayorazgos o hacendados, etc., no se afanan mucho por mudar de existencia política, respecto a que viven con desahogo bajo el actual gobierno. Los de la clase media, que son muchos, no harán tampoco nada activamente hasta que no vengan los libertadores y les pongan las armas en la mano; su patriotismo sólo sirve para regar noticias, copiar papeles de los independientes, formar proclamas, etc., levantar muchas mentiras que incomodan al gobierno y nada más. Los de la clase baja que comprende este pueblo, para nada sirven ni son capaces de ninguna revolución. En una palabra: no hay que esperar ningún movimiento que favorezca los del ejército protector, de esta capital pues en ella reina una indolencia, una miseria, una flojedad, una insustancialidad, una falta absoluta de heroísmo, de virtudes republicanas tan general, que nadie resollará aunque vean subir al cadalso un centenar o dos de patriotas».

Palabras duras y despectivas las de «Aristirpo Emero», y aunque es conocida la ardua labor que hicieron José de la Riva Agüero[1] y otros patriotas en pro del movimiento independentista, es claro que se refieren a una apatía, una enfermiza dejadez, quizá madre de la apatía política que a veces parece enquistarse en nuestra ciudad de clima indeciso, demasiado gris a veces, pero capaz de sorprendernos a la primera de bastos.

Ahora bien, es imposible dejar de hablar de un lado no muy conocido de la gesta independentista, el miedo. Virgilio Roel Pineda, en un extenso libro escrito para la Colección de Mejía Baca, nos habla del miedo a los montoneros, un pánico que casi paralizaba a los limeños y que hizo que, el virrey La Serna, antes de partir rumbo a la sierra en lo que él consideró una estrategia militar el 6 de julio de 1821, y el general José de San Martín, hicieran tácito un pacto de no agresión, el cual incluía como piedra angular, que apenas el virrey abandonase sus posiciones en la capital, entrase San Martín para proteger a los ciudadanos. Todo esto ante la inminente posibilidad de que los contingentes de montoneros que estaban en las afueras de Lima, Huaycán, Lunahuaná, Huarochirí y los alrededores traten de introducirse a la ciudad al momento que sepan la salida del mío, lo cual traerá males irreparables a los habitantes de la población y de los mismos intereses de V.E. Por esto es que me adelanto a participárselo inmediatamente para que con tiempo dé las órdenes que crea oportunas para que no se altere el orden.

Así planteadas las cosas, tenemos que agregar algo que como bien dice el historiador sanmarquino Gustavo Montoya, un aspecto de la independencia que aún requiere de un análisis cuidadoso, es el referido a la defensa del sistema de dominio colonial por parte de la clase dominante peruana de la época, y sus acuerdos y discrepancias con el Estado colonial. 

Incómodo, sí pero necesario.



[1] Ya en otro post hablé de ella.
Bibliografía básica:
BASADRE, Jorge
2002       La Iniciación de la República. Fondo Editorial de la UNMSM Lima, Perú.

MONTOYA, Gustavo
2002       La independencia del Perú y el fantasma de la revolución. IEP. Perú.

ROEL PINEDA, Virgilio
1981       Conatos, Levantamientos, Campañas e Ideología de la Independencia.
               Colección Mejía Baca. Lima Perú.