lunes, 22 de abril de 2013

Reconstruyendo héroes - José Gabriel Condorcanqui


José Gabriel Condorcanqui reinventado
Nunca sabremos cómo era su cara porque las autoridades españolas mandaron destruir toda imagen que representara su rostro. En cierto momento, en el imaginario popular, tan proclive a reinventar a los personajes, José Gabriel Codorcanqui Túpac Amaru II, melenudo, fornido como un fisicoculturista, bravo e indestructible, luchó contra el dominio español y su mayor virtud fue haber luchado por la libertad de la patria. Este caballero, que es famoso en las escuelas y cuya vida es predicada como ejemplo de patriotismo, fue cruelmente asesinado por las autoridades españolas para acallar los vientos de libertad que de su movimiento empezaban a extenderse por toda la América colonial.

Hasta ahí la historia oficial, la que básicamente se repite, la del gobierno del general Velasco, aquella en la que son normales frases difíciles de creer, como la que pronunció el propio Velasco al promulgar la Ley de Reforma Agraria, asegurando que ya se le podía decir al campesino: «en la voz inmortal y libertaria de Túpac Amaru: ¡Campesino, el patrón ya no comerá más de tu pobreza!» ¿cuándo habrá dicho José Gabriel esa frase?, tal vez en los sueños de Velasco, y, claro, esto es difícil de creer, porque en el mundo real, y más en su mente, José Gabriel no quería la libertad del campesino, sino que trabajara para su verdadero patrón, él mismo.

Flores Galindo en Buscando un Inca nos cuenta que algunas de las familias nobles  dedicadas con éxito a actividades comerciales, eran los Betancourt, Túpac Amaru, Cusiguamán, Choquehuanca, Pumacahua, Chillitúpac e Inca Páucar. No creo que en sus casas se predicara la igualdad. Lo cierto es que por ser descendiente del Túpac Amaru, último Inca de Vilcabamba, José Gabriel tenía en verdad el título de Túpac Amaru —Thupa Amaro, se decía— y ese nombre aparece en su partida de bautismo, así que no se le ocurrió un día hacerse llamar así.

Imposible negar su trascendencia, es mérito de José Gabriel organizar la más grande revolución indiana que tuvieron que afrontar los españoles, pero él empezó luchando en defensa de sus intereses familiares.

El levantamiento de José Gabriel no fue el único. Larga data los libros escolares nos hicieron creer que tras la muerte de Atahualpa el imperio dócilmente se rindió ante los españoles, nada más falso. Poco difundida, la resistencia indiana de Vilcabamba —más conocida por esa otra versión de la conquista que narró Tito Cusi Yupanqui (hijo de Manco Inca, hombre que murió libre)— y que abarcó cuatro jefes, Manco Inca, Sairi Túpac, Tito Cusi Yupanqui y Túpac Amaru, el antepasado de José Gabriel Condorcanqui.

La resistencia de Vilcabamba, tuvo muchos matices de negociaciones y conatos de violencia, pero acabó en 1772 (treinta y siete años después de la captura de Atahualpa) luego de que el Virrey Toledo, mandara matar al joven rey.

Desplegado con fuerza el proceso de extirpación de idolatrías (dice Henrique Urbano muy grosso modo que en verdad no hay un proceso único, aunque se le puede aislar históricamente, porque allí donde la exclusivista religión monoteísta se posiciona, termina instituyendo una extirpación de idolatrías), sobrevivieron las incomodidades, eran anónimas. El Taqui Oncoy nos muestra un camino más duradero para resistir, en el campo de las ideas. Recuerdo haber leído en el Archivo Arzobispal juicios a curanderos que disfrazaban sus rituales prehispánicos con la fachada del culto cristiano. En el ayllu de Chaupis, en la sierra de Lima, un curandero se había robado las momias de sus parientes muertos, los había ocultado en una cueva y allí les ofrecía cuyes, chicha y maíz. Cuando le dijeron por qué hacía eso, respondió que era porque no le servían los dioses de los españoles, que eran de madera y no oían.

Sea como fuere, lo cierto es que fue con Juan Santos Atahualpa que se pasa de las ideas a la acción, levantado en la Selva Central hacia 1742, fue quizá el primer guerrillero de estas tierras. Inubicable y escurridizo, nunca pudo ser apresado, por lo que su leyenda solo avivó más a los pueblos subyugados. Demostró que se podía luchar contra el poderío español y de alguna manera ayudó «psicológicamente» al estallido de movimientos como el de José Gabriel.

No podemos finalizar sin recordar aquel poderoso poema de Alejandro Romualdo que terminó por reconstruir a José Gabriel.


Canto Coral a Túpac Amaru

Lo harán volar con dinamita.
En masa, lo cargarán, lo arrastrarán.
A golpes le llenarán de pólvora la boca.
Lo volarán:
¡Y no podrán matarlo!
Le pondrán de cabeza sus deseos, sus dientes y gritos.
Lo patearán a toda furia.
Luego, lo sangrarán:
¡Y no podrán matarlo!
Coronarán con sangre su cabeza; sus pómulos con golpes.
Y con clavos sus costillas.
Le harán morder el polvo.
Lo golpearán: ¡Y no podrán matarlo!
Le sacarán los sueños y los ojos.
Querrán descuartizarlo grito a grito.
Lo escupirán.
Y a golpe de matanza lo clavarán:
¡Y no podrán matarlo!
Lo pondrán en el centro de la plaza, boca arriba mirando el infinito.
Le amarrarán los miembros.
A la mala, tirarán:
¡Y no podrán matarlo!
Querrán volarlo y no podrán volarlo.
Querrán romperlo y no podrán romperlo.
Querrán matarlo y no podrán matarlo.
Querrán descuartizarlo, triturarlo, mancharlo, pisotearlo, desarmarlo.
Querrán volarlo y no podrán volarlo.
Querrán romperlo y no podrán romperlo.
Querrán matarlo y no podrán matarlo.
Al tercer día de sus sufrimientos, cuando se crea todo consumado,
gritando ¡LIBERTAD! sobre la tierra, ha de volver,
¡Y no podrán matarlo!