viernes, 14 de octubre de 2011

¿Desarrollo? No, gracias

Día a día nos vemos, sin querer, inmersos en una campaña mediática que pretende repetirnos un estribillo que se viene repitiendo desde la homérica lucha entre el bueno de Ulises y el abominable antropófago Polifemo, y que no es otra cosa que esta: Existen dos cosas; la civilización y la barbarie.

Es en este orden de cosas que sitúa el mundo dividido entre lo bueno y lo malo, en que nos quieren mater. Diversos temas atestiguan eso, desde la oposición a Ley de Consulta Previa, en la que se argumentó incluso que la terquedad de unos pocos, es decir las comunidades, no podía oponerse al desarrollo de toda una nación. Otro cantar se produce en el tema de los transgénicos, en el que todo aquel que se oponga al tema es de plano descalificado aduciendo ignorancia en el tema, desconocimiento científico y se asegura que toda oposición se opone al incremento de la productividad (que no sabemos a quién beneficiará a fin de cuentas) por beneficiar una «inútil» biodiversidad. También he visto ataques a Gastón Acurio. Los transgénicos no hacen daño, dicen, nada lo prueba, agregan los defensores de su ingreso. No desaparecerán los productos orgánicos, aseveran. Supongamos que se cultiva una papa estándar, biomejorada que sale como pan caliente y los campesinos dejan de cultivar otras variedades que no son rentables, entonces pasarán al olvido ¿simple chauvinismo? Qué pasará cuando en el mundo desaparezcan los cultivos orgánicos, dónde cuernos estará entonces el potencial que todavía tiene el Perú. No importa, los que promueven los transgénicos, Monsanto y sus émulos ya se habrán llenado los bolsillos. Primera noticia, los transgénicos sí hacen daño, destruyen la identidad cultural, pero claro, como eso no les deja dinero inmediato, que se joda la identidad cultural.

Asimismo otro tema en el que influye todo esto del lavado del cerebro al que tratan de someternos, implica el que las costumbres de las familias se vean alteradas, por ejemplo, hace poco leí que de acuerdo con un estudio de la empresa de investigación de mercados CCR el incremento en el poder adquisitivo de los sectores C y D se traduce en cambios en su forma de vida y costumbres que implican cosas prácticas tan sencillas como dejar de consumir pata de res (la conocida patita con maní pasó al olvido) o chanfainita, las cuales reemplazan por pizza, pollo a la brasa y otros productos que implican renunciar a su identidad.

Todas estas cuestiones se traducen en reacciones violentas como por ejemplo las del «bullying» peruano, que, como ya dije en otro post, no es sino una respuesta a un sistema que desprecia todo lo que no sea occidental —pero se jacta de Machu Picchu, Caral, Kuélap o el señor de Sipán— y casi conmina a los jovencitos poco informados a arremeterla contra el otro, contra el cholo, el negro o todo aquel que se parezca a él mismo. Este acto —en apariencia irracional— tiene como único fin decir que el agresor, y por añadidura todos los que permiten con su apoyo activo o pasivo el hecho violento, es diferente del agredido.

Si lo pensamos bien, qué es el desarrollo, qué es Occidente sino armas de destrucción masiva, un demente con un arma automática que mata a otros porque está estresado, alumnos deun colegio que asesinan a sus compañeros para pasar el tiempo como ocurrió en Columbine, grupos de neonazis racistas que eliminan a todo aquel que se cruce en su camino, individuos sin escrúpulos que amasan fortunas sobre la vida de anónimos explotados.

¿Ese es el desarrollo que quieren traernos? No, gracias.