lunes, 28 de marzo de 2011

El Indigenista de San Bartolo


El indigenista de san Bartolo sale de su departamento de Surco y tiene que cruzar la pista al ver que por la misma acera vienen tres niños mal vestidos que podrían ser pirañas. Ya libre de un posible asalto el Indigenista de San Bartolo, maldiciendo este invierno repentino, mira al cielo y deja escapar algunas lisuras por lo gris que es Lima, se acomoda la chompa de lana de vicuña y se alegra un tanto al pensar que podrá abrigarse con un delicioso capuccino en el rinconcito miraflorino donde a veces va para relajarse.

El indigenista de san Bartolo mira una fotografía en su laptop y en ella aparecen él, sus dos hermanos y sus padres sonriendo junto al mar en su casa de San Bartolo a la que ama tanto como al verano o como a sus viajes a Máncora, donde aprovecha para pasar sus vacaciones de invierno —de Fiestas Patrias— porque como ya dijimos detesta quedarse en casa viendo el cielo gris.

Y así, mientras pasa las fotos en sus ratos de ocio, de un momento a otro el Indigenista de San Bartolo siente unas ganas de llorar que se le anudan en la garganta al ver la fotografía que les tomó a esos pobres niñitos de Puno en medio de las heladas, los tres acurrucaditos tratando de abrigarse de cara a un raquítico Sol de la tarde que se oculta en el horizonte altiplánico como tiritando. El Indigenista de San Bartolo, mientras limpia unas insoportables huellas dactilares que ensucian la pantalla de la laptop, piensa cuán injusta es la vida, en la que puede haber gente que se dedica a hacer más pobre a otra gente, algo debe hacerse.

El indigenista de san Bartolo se alegra pensando que el siguiente mes la ONG lo mandará a Juliaca nuevamente y entonces podrá ir a buscar a esos niñitos para invitarles una taza de chocolate caliente y se dice que tal vez esta vez les saque una foto menos triste en la que salgan abrazados a él, como hermanos,todos ataviados con esos lindos sombreritos que usan. Y de un momento a otro el Indigenista de San Bartolo se siente contento, piensa en el proyecto que ha estado creando para permitir que los pobladores de esa región generen toda una nueva línea de cocinas alternativas y así, con la mirada fija en esos pobrecitos niños el Indigenista de San Bartolo contesta su Blackberry para coordinar con su amiga la Indigenista de La Molina un encuentro en el café ese del rinconcito miraflorino en el que se abrigan con un rico capuccino mientras se lamentan de que haya gente que vive como ricos mientras los pobres sufren allá en la sierra.

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Hace algunos años, conversando con nuestro profesor Carlos Lazo, izquierdista de viejo cuño, el hombre nos comentaba de un peligroso vicio que consistía en creer que la revaloración de lo andino podía darse desde la conmiseración, desde la pena de verlos a los hombres del ande como pobrecitos desvalidos a los cuales se les da una manta para que —más nosotros que ellos— podamos dormir tranquilos. Esta visión tiene su origen en aquella idea impulsada por los españoles acerca de que los indios son hombres rudos y de poco entendimiento con… nada más y nada menos que la mentalidad de unos niños, o sea débiles mentales, brutos o algo semejante. De allí esta historia… sin duda una de las razones por las que Arguedas no fue indigenista, cosa que algunos creen y aún se enseña en los colegios.