lunes, 29 de septiembre de 2008

Crítica hepática a la "Crítica de la sazón dialéctica" de Hildebrandt

(Favor, antes de leer esta nota leer el artículo de Hildebrandt, citado completamente en la nota anterior)

A propósito de APEGA, el último festival gastronómico de Lima, en una reciente nota, el periodista César Hildebrandt hace gala de su poco gusto por lo peruano y de sus ganas de joder. Quiere ser apóstata, iconoclasta y jodido, pues.


"Ahora que Gastón hace su feria y que todos quieren estar orgullosos de la comida peruana. Yo les digo que la comida peruana es una porquería", parece querer decir Hildebrandt, quien termina su nota tratando de hacerse el frugal, el poco interesado en estas cuestiones:

"Frente a las delicias del criollismo hervido, este columnista aguafiestas seguirá prefiriendo la precisión bíblica y la generosidad terrena de un buen plato de lentejas"


¿A quién quiere engañar César Hildebrandt? Hildebrandt se muestra como un acomplejado cuando describe la comida francesa y la italiana. Los adjetivos grandilocuentes se agolpan en su mente:

"No tiene la claridad de la exquisita cocina italiana, maestra de la sencillez hedonista"


Me pregunto dónde ha probado la comida peruana César Hildebrandt. En un mercado no ha sido, eso es claro; al bueno de César seguramente le daría diarrea solo entrar a un sitio de esos. ¿Habrá sido en una casa de familia peruana común y corriente? ¿No habrá comido en un restaurante como Brujas de cachiche, en el que las comidas ya tienen más equilibrio? Parece que esto no ha sido, porque no hablaría así.

¿Será que habla de la comida peruana sin conocerla? Yo creo que esto último es lo que pasa. Hildebrandt habla por que quiere joder, eso y nada más que eso. ¿Imagina alguien a César Hildebrandt en una cebichería, apagando su picor de rocoto con unas cervezas, rodeado de amigos?

Es más fácil imaginar a Hildebrandt como un niño mimado de esos a los que la empleada debe preparales comida especial, porque al niño Cesítar no le gusta la comida peruana. Qué pena, pobrecito el niño.

Que no joda, pues, no somos su madre para engreírlo.


Valgan verdades, gran parte de la comida peruana tiene cebolla, sí. Pero la cebolla no siempre se siente. Casi toda la comida peruana tiene ají, pero no toda la comida peruana pica.


¿Cree realmente Hildebrandt que un francés va a venir al Perú a comer comida francesa en el restaurante de Osterling? ¿Iría algún peruano -que no sea César Hildebrandt, obviamente- a París a comer comida peruana?

La comida peruana es un safari, dice finalmente. ¿Es eso malo? ¿Sigue creyendo Hildebrandt que existen civilizados y salvajes y que la diferencia entre unos y otros es de calidad, de progreso?

2 comentarios:

  1. Maestro, de acuerdo con usted y el chato es otra cosa, simplemente no sabe comer el hombre o nunca ha ido a un mercadito de provincias. Pero...

    Todas esta moda por la comida peruana y su puesta en valor no acaba de gustarme... hay un uso de lo popular que me parece impostado... no se trata de la cultura de la gente por sí misma, sino porque puede venderse bin en el mercado global que ahora paga precio por lo "etnico".

    En fin, da para seguir, pero con un aji de gallina de por medio.

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  2. Creo que la comida, simplemente, no tiene nacionalidad: simplemente hay buena y mala comida, de acuerdo con los gustos.

    Los mejores porotos con rienda de mi vida los comí en Tacna, y la mejor malaya con frejoles, en Arica (en realidad es el mismo plato, con diferente nombre y ligeras variaciones).

    El Chato, como González Prada, es bueno en lo suyo, que es el rajar; pero jode cuando quiere agarrar plan de exquisito y de árbitro de la elegancia. Para eso, mejor prendo la tele y veo a Magaly.

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